Un Maidán en Atenas

En la antigua Grecia, no existía el concepto de pecado. Lo más parecido era la Hybris, que puede traducirse como desmesura. No se trata del abuso de los placeres, ni un impulso irracional y desequilibrado, sino que se acerca más a nuestra soberbia. La Hybris era la transgresión a los límites impuestos por los dioses, creerse más listo que ellos. A la Hybris, los dioses respondían con la Némesis, un castigo eterno como la piedra de Sísifo o la privación de Tántalo.

El transcurso de estos últimos años se parece más a ese binominio griego que a la estructura cristiana pecado-penitencia. La Hybris no ha sido el abuso de los placeres, ni un impulso irracional y desequilibrado; no ha sido ese vivir por encima de las posibilidades que tanto se repite. La Hybris ha sido no leer. Nos hemos creído más listos que los demás. La Hybris ha sido la soberbia de pensar que las cosas que habían sucedido en otras partes del mundo no podían pasar en Europa. No éramos como el Sudeste Asiático o Latinoamérica, zonas descritas en La doctrina del Shock de Naomi Klein hace ya siete años. No éramos como el mundo de los años 30 donde cada país primó traspasar la crisis a solucionarla.

Es desesperante leer y escuchar cómo gente teóricamente informada se sorprenden cuando las cosas suceden y veneran a aquellos que realizaron pronósticos. No se trata de escudriñar el vuelo de las aves. La mayoría de las cosas salen en los medios de comunicación tradicionales; basta con leer y pensar que los europeos, los españoles, no somos más listos que los demás. Este texto copia y pega otros de marzo de 2009 (La caída del Imperio Austro-Húngaro), marzo de 2012 (La UE estaba al borde del abismo y España dio un paso al frente), junio de 2012 (El suicidio de Europa: sacrificar la Periferia para salvar el Este) y, sobre todo, Política, de abril de 2013.

2007 es el origen del todo y merece la pena detenerse una vez más, aunque la historia es conocida. La crisis, iniciada en EEUU hace siete años que está arrasando, de momento, el Sur de Europa se debe a decisiones políticas concretas en momentos concretos. No ha sido un proceso inevitable, ni tampoco algo preparado. Personas concretas en días concretos tomaron decisiones concretas por motivos concretos que modificaron el alcance y la geografía de la crisis hasta llegar al punto en el que estamos.

Los primeros reportajes sobre la crisis subprime estadounidense llegaron durante el verano de 2007 y se referían a las entidades especializadas en la concesión de hipotecas. El tsunami tardó un año en formarse pasó de ser solo hipotecario a afectar a todo el sistema financiero anglosajón a través de los productos derivados.

Es interesante es señalar que no fue producto del liberalismo, ni del capitalismo, ni de la globalización, sino de una evolución de estos tres conceptos hacia otro modelo que está por definir: el estado corporativo. El sistema productivo regional en el que se basaba en capitalismo ha sido sustituido por una industria financiera globalizada que subordina a la estructura estatal limitada a sus fronteras. Esa industria financiera, que emplea el sistema de cártel, se basa en la especulación directa, llamada creación de valor, y no es enemiga del estado, como el liberalismo, porque necesita de sus recursos para mutualizar sus pérdidas periódicas.

Eso fue lo que sucedió en 2008. La industria financiera había comercializado, entre otros productos, titulizaciones hipotecarias. Cuando esas decenas de miles de estadounidenses dejaron de pagar, comenzó el efecto dominó; de las entidades que habían concedido las hipotecas a las que las habían comercializado a través de productos financieros. Fue la segunda vida de la crisis, la de los activos tóxicos. Afectó primero a EEUU; casi inmediatamente, a Reino Unido; siguió por los sistemas financieros globalizados (Irlanda o Islandia) y, por último, a los países ahorradores europeos (Benelux, Alemania, Austria y la zona nórdica).

En todos esos países, o sistemas regionales, los gobiernos, decidieron mutualizar las pérdidas del sistema financiero a causa de las terribles consecuencias de no hacerlo anunciadas por el propio sistema financiero (directamente, o a través de organismos, instituciones, consultorías o universidades). Además, entre el dinero desaparecido, había depósitos o pensiones y nadie quería un problema social que se pudiera solucionar poniendo dinero sobre la mesa. Para que la ciudadania lo aceptara, se aplicó la doctrica del shock, el peligro del abismo, y se anunciaron reformas para evitar que volviera a pasar: refundación del capitalismo, recuperación de los controles y fin de los paraísos fiscales. No se hizo nada.

En Europa, la profundidad del agujero provocó la movilización de mecanismos de rescate que llegaron a alcanzar 1′6 billones de euros. En ocasiones, acuaron los gobierno; en otras, el BCE solo o en combinación con la Reserva federal o el Banco de Inglaterra. Se decía que era eso o el caos. Lo interesante es que todo ese dinero se puso en la mesa sin intervención, ni mecanismos de control, ni quitas a los depositantes. Se llamo acción combinada, fondo de solidaridad o escudo del euro.

En otoño de 2008, ya tal lejos, cuando los bancos holandeses estaban en quiebra y España, según consenso generalizado, tenía el mejor sistema financiero de Europa, no había troika, ni memorandos. Entonces, se decía que era un problema común y que debía solucionarse solidariamente.

Los países mediterráneos podían haber pedido la intervención del derrochador Benelux, un grupo de países con un sistema financiero desmesurado. También, haber forzado una quita para los ahorradores, relevado presidentes o modificado la constitución. No se hizo porque no hubo voluntad política de hacerlo. Era algo que no le encajaba a nadie; decisiones que pertenecían al grupo de cosas que no se pueden hacer.

La mutualización provocó que los problemas del sector privado pasasen al público y, por ejemplo, la deuda alemana pasó del 64,9% del PIB en 2007 al 83,2% del PIB en 2010. Nadie dentro del Eurogrupo planteó entonces intervenciones o poner límites a las cifras.

Merece la pena detenerse en Alemania, un país con más de 2.000 entidades financieras. Además de los grandes bancos, hay 400 cajas de ahorros, 7 bancos estatales de los länder (Landesbanken), 1.200 de los llamados bancos populares (Volksbanken) y cooperativas (Genossenschaftsbanken). Las 2.000 entidades, captadoras de depósitos y fondos de pensiones, invirtieron en todo tipo de productos; desde cédulas hipotecarias estadounidenses, españolas o húngaras; activos tóxicos anglosajones, bálticos o islandeses o deuda pública de toda Europa.

Ha habido muchas bankias alemanas. Hypo Real Estate fue rescatado con más de 100.000 millones de euros y en 2009 fue nacionalizado en un 90%; el Industriebank (IKB), con 10.000 millones de euros; el Dresdner Bank, segunda entidad del país, quebró y fue absorbido por el Commerzbank, que a su vez recibió un rescate de 100.000 millones. Según un informe del supervisor financiero alemán, filtrado en 2009, los activos tóxicos del país en 2009 eran de 800.000 millones.

Las 2.000 entidades financiaron fiestas por todo el mundo; de California a Letonia; de Islandia a Canarias. California e Islandia optaron por sistemas, directos o indirectos, de impago (quiebras, reestructuraciones, quitas etc.). Quedaban el Sur y el Este.

El dos de marzo de 2009, nueve países del Este de Europa (Chequia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania) solicitaron mercanismos de ayuda a la UE en una cumbre de urgencia convocada por el presidente checo, Topolanek. Todos estos países habían tenido su propia burbuja financiera (e inmobiliaria) financiada con dinero centroeuropeo, Austria, Alemania y Benelux, y estaban optando por otro método de impago: la devaluación de la moneda. Entre el uno de enero de 2009 y el 20 de marzo, el Florint húngaro cedió un 8,74; el Zloty polaco, un 6,78. Si alguien tenía algo en florines, como deduda pública o cédulas hipotecarias, en esos tres meses tenía casi un 10% menos.

La UE se negó inicialmente a la petición, pero cedió en menos de un mes por el riesgo de castillo de naipes. Los bancos belgas, ya muy tocados, tenían una exposición crediticia en Europa central y del Este, así­ como en Turquí­a, de una tercera parte de su PIB. Austria, 216.000 millones, poco menos de su PIB. El 21 de marzo, se decidió la movilización de 50.000 millones para las economías del Este. De nuevo, sin intervención, ni mecanismos de control. Los países del Sur podrían haber vetado esta partida o haber exigido algo a cambio a los países ahorradores. No sucedió así.

Merece la pena detenerse en los gráficos de El País y ABC, publicados ambos en marzo de 2009:

El País

ABC

Y compararlos con este de esta semana
mapa deuda

Entre ambos gráficos, se tomó el acuerdo político de sacrificar la Periferia para salvar el Este. El transcurso de los acontecimientos en estos cinco años no ha sido inevitable. Personas concretas en días concretos tomaron decisiones concretas por motivos concretos, su propio interés, y siguiendo un modelo concreto: el consenso del 89, el consenso de Washington.

Esas decisiones modificaron el alcance y la geografía de la crisis hasta llegar al punto en el que estamos. El Sur de Europa tenía problemas, muchos, pero no eran peores que los de otras zonas del mundo. Su única debilidad fue política. Por expresarlo con más precisión, la fortaleza de los demás fue política.

En verano de 2009, se pusieron en marcha las pruebas de esfuerzo de la banca europea, de las que Alemania excluyó a la práctica totalidad de sus entidades. Solo permitió el examen de sus grandes bancos. Nadie dijo nada. Ni siquiera cuando, ese año, se filtró un informe del supervisor alemán que situaba en 800.000 millones de euros los activos tóxicos dentro del sistema financiero. Activos tóxicos quiere decir que no sabes lo que tiene, pero es muy probable que no tengas nada.

En España, se hablaba del estallido de la burbuja del ladrillo y de los problemas que comenzaban a tener las cajas, con muchos activos inmobiliarios sobrevalorados. Se hablaba de España, mucho en Reino Unido, donde las empresas españolas habían invertido mucho, aunque la situación era mucho menos peligrosa que en Europa Central. El gobierno español decidió reestructurar el sistema financiero uniendo esas entidades en nuevos bancos, más débiles, a los que sometió a exposición.

Y llegamos a otoño de 2009. El nuevo gobierno griego informó de la manipulación de sus cuentas. Goldman Sachs había asesorado a Grecia para ocultar su deuda. La cantidad solicitada era pequeña comparada con las que se habían movido, pero la UE no repitió el esquema de la ayuda al Este, ni el de la banca de países ahorradores porque se ofrecía a ese grupo la posibilidad de transformar una crisis de activos tóxicos en una de deuda pública. Eso fue lo que sucedió.

Los gobiernos de los países ahorradores, Alemania, Austria, Finlandia y el Benelux, con la ayuda de Francia, optaron por “joder al vecino” del Sur. Se dilató la ayuda, se exageró el problema, los bancos de los países ahorradores apostaron contra Grecia y el resto de países del Sur para hinchar los intereses y el presidente de Goldman Sachs Europa, responsable de la manipulación de las cuentas, fue nombrado presidente del BCE. Alemania, Austria, Finlandia y el Benelux, con la ayuda de Francia, comenzaron un plan que podía poner en riesgo al euro (aún está) para salvarse ellos mismos. Lo extraño fue que el resto aceptara su suicidio con tanta sumisión.

La situación de Grecia se dejó pudrir políticamente para que afectara al resto de la periferia mediterránea, Portugal, Italia y España. Todos esos países tenían problemas, pero eran bastante menores que los del Norte (activos tóxicos y hundimiento del Este); bastaba con poner el foco sobre ellos. De todas las zonas donde los países ahorradores habían financiado fiestas, el sistema financiero anglo-sajón, los sistemas financieros globalizados y el Este habían optado por sistemas de impago. El único que podía responder era el Sur de Europa.

Tras meses y meses de discusiones, cumbres, reuniones, planes de ajuste y llamadas de auxilio en los que solo se hablaba de los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España), el 25 de marzo de 2010 Francia y Alemania acordaron un plan para rescatar las finanzas griegas. Seis meses en ayudar a un país de la zona euro; la ayuda al Este había tardado 19 días. El plan griego tenía mucho menos dinero, la participación de otros actores, como el FMI, intervención política, mecanismos del control y condiciones que condenaban a Grecia al desastre. Que Alemania invadiese Grecia, que el Norte ahorrador interviniese en el Sur perezoso y derrochador sí era algo admisible. Era algo que sí se podía hacer.

Los países mediterráneos, débiles políticamente, no resistieron y el plan funcionó. Mientras el Sur se freía en medio de tensiones de deuda, Alemania (el país y su sistema financiero) se financiaba a costes, incluso, negativos y tenía cifras récord de empleo (una situación que podría ser una futura burbuja). La sumisión mediterránea permitía a Alemania establecer normas para garantizar el hundimiento económico de la Periferia, como las políticas de austeridad.

Por ejemplo, el 23 de octubre de 2011, la UE admitía que los activos tóxicos, los que los países del Norte habían adquirido (recordemos, 800.000 millones de euros en el sistema financiero alemán, según su supervisor), pudieran valorarse al 100% en la contabilidad, mientras que se recortaba el valor de la deuda soberana periférica, que era la base de la banca de esos países.

Grecia (240.000 M¤), Irlanda (85.000 millones) y Portugal (78.000 M¤) sufrieron rescates con condiciones que, tal y como se pretendía, hundieron sus respectivas economías. En algunos casos, como el griego, hasta la devastación. Recordemos que, en 2008, se movilizaron mecanismos de rescate por valor de 1′6 billones de euros. Sin condiciones.

España tuvo su propio modelo. Teóricamente, el incendio era limitado y el dinero exterior (1000.000 M¤) debía destinarse al sistema financiero. Sin embargo, hubo un rescate en B. Los bancos españoles, además de la mutualización de pérdidas a través del banco malo y la financiación exterior, tomaron el dinero del BCE para la compra de deuda española, en máximos por la especulación financiera, operación que contrajo el crédito al sector productivo y consumidor. Desde noviembre de 2011 a septiembre de 2013, los bancos dispararon un 81% la compra de bonos nacionales; de 165.000 millones de euros a casi 300.000 millones de euros (135.000 M¤). Y otro factor: desde su llegada al Gobierno, el Fondo de Reserva de la Seguridad Social ha mermado en 24.651 M¤. La suma es de 260.000 M¤, superior a la de Grecia. Un rescate en diferido en forma de simulación, por usar terminología gubernamental.

En España, la contracción del crédito debido a la compra de deuda pública y a la desaparición de la red descentralizada de cajas, músculo de un país basado en la pequeña empresa (en 2008, teníamos 49 bancos y 45 cajas de ahorros en España; hoy, hay tres (Santander, BBVA y Caixabank) con un 70% de cuota de mercado), junto con las primeras decisiones del nuevo gobierno (subidas de impuestos, recortes y devaluación salarial a través de la reforma laboral), aseguraron que la crisis económica evolucionara a depresión.

La depresión económica es el punto en el que, en mayor o menor medida, está toda la economía de la Unión Europea y sus consecuencias sociales están descritas en el libro de Klein o en cualquiera de las intervenciones del FMI: recortes, privatizaciones, desregulación, devaluación social, desigualdad, paro, precariedad y miseria. Si la crisis es historia, solo lo es en cifras. Un tercio de la población resiste; otro tercio ha caído en la precariedad con la amenaza de la miseria, que es donde está el otro tercio. No se puede lanza un mensaje optimista sin enfurecer a esos 2/3 de la población.

En todos los países de la Unión Europea, en mayor o menor medida, la crisis social se está transformando en política. El Estado cobra más y ofrece menos. Podría decirse que la lógica del mercado, sobre la que se basa nuestro consenso ideológico, obliga a los ciudadanos a buscar alternativas. El sistema bipartidista europeo, que ha cedido soberanía a instituciones fantasmales como la Troika o los mercados, se revela como inútil.

La ruptura del pacto social establecido tras la II Guerra Mundial provoca, en palabras del periodista Andy Robinson, la extensión del discurso de “todo ha de saltar por los aires” que, para él, abarca desde los procesos de secesión de ciertos territorios, como Escocia o Catalunya, a Podemos en España o Syriza en Grecia, pasando (y salvando las enormes distancias) por la derecha populista en Francia y Escandinavia o el movimiento Cinco Estrellas en Italia, podría añadirse.

No son movimientos similares. Hay partidos de izquierda, como Syriza, y de derechas, como el Frente Nacional, ambos basados en la tradición política de sus respectivos países. Otros, son partidos fascistas, como Amanecer Dorado en Grecia o el JMM (Movimiento para una Hungria Mejor), que desfilan con camisas de colores como el los años 30. Otros, son conservadores más o menos xenófobos, como el UKIP británico, el Partido de la Libertad holandés o austriaco o los Auténticos Finlandeses. Otros, usan estrategias populistas en un espectro ideológico amplio o difuso, como Podemos o Cinco Estrellas.

Los cambios políticos funcionan a menor velocidad que los económicos porque, salvo crisis o incluso en ellas, las sociedades son conservadoras. Como cualquier ser vivo, buscan permanecer en su estado hasta que ya no le queda más remedio que la evolución. Las estructuras políticas y los sistemas electorales, en Francia, por ejemplo, han servido de barrera a ese cambio político, pero el calendario es inevitable. Si la depresión económica sigue, los ciudadanos se revelarán contra la desigualdad.

En 2015, habrá elecciones en España y Grecia. En el primero, habrá una fragmentación del parlamento, menos de la esperada por el sistema electoral, que dificultará la formación de mayorías y es probable que veamos una gran coalición que sostenga un gobierno con un fuerte componente técnico. El presidente de Gobierno puede ni siquiera ser diputado. Es algo en lo que no se había pensado desde el 23-F.

En Grecia, es probable que haya juego sucio contra Syriza en forma de nuevas amenazas de nuevos abismos que, si no amedrentan a un país devastado, se complementarán con compras de votos o pucherazos. Si no se logra evitar su victoria, tendremos un nuevo foco de tensión. No es difícil imaginar un golpe de estado siguiendo el modelo ucraniano. ¿Por qué debemos descartar un acción así en la Europa del siglo XXI?

La presión exterior colapsa la economía del país, la ultraderecha (Amanecer Dorado) toma las calles y los medios de comunicación lo presentan como la lógica reacción ciudadana ante el desmadre político de los radicales, Hybris y Némesis. El ejército interviene para colocar a un gobierno técnico que, pronto, recibe financiación exterior y las calles, gracias a la policía, el ejército y Amanecer Dorado, se vacían.

Sobre la violencia, silencio. Por qué deberíamos pensar que, en esta ocasión, los medios europeos sí denunciarán a tiempo las desapariciones. Por qué deberíamos pensar que, en esta ocasión, los medios europeos primarán la democraia sobre la estabilidad o los intereses concretos de las corporaciones.

Y todo serán decisiones políticas. Personas concretas en días concretos tomarán decisiones concretas por motivos concretos siguiendo un modelo concreto: el consenso del 89, el consenso de Washington. Ese consenso provocará que se considere que ese golpe de estado sea un mal menor, un bien necesario en función de la estabilidad. Ese consenso es que el hay que cambiar. Sin política, no hay nada. Sin ideología, no hay nada. Las elecciones pueden cambiar rostros, pero el cambio importante es el que define las cosas que se pueden hacer.

La gestión pública de los servicios, la reforma del sistema impositivo, la desglobalización de los relaciones económicas o el nuevo modelo energético precisan de un nuevo consenso que los defina no solo como posibles, sino como necesarios. Es inútil hablar de una reestructuración de la deuda o de una nacionalización de la energía si no hay una base ideológica que las respalde. La evolución política está abierta y puede acabar en una sociedad mejor o en una peor. La aparición de formas blandas de autoritarismo político es la evolución lógica del sistema económico corporativo.

Todo se cambiará mediante la política y, previamente, mediante la acción intelectual. No ha habido nada inevitable, ni ha sido una conspiración. No se trata de grupos coordinados que tienen un plan establecido, sino personas que van tomando decisiones. El objetivo no puede ser solo sustituirlas para tomar otras, sino establecer un nuevo marco y, sin política, sin acción intelectual, no se logrará nunca.

3 comentarios sobre “Un Maidán en Atenas”

  1. Enrique Girondo dijo:

    Impresionante, sobrecogedor y muy clarificador. Muchas gracias, permiteme que lo difunda porque es de lo mejor que he leido a este respecto.

  2. Enrique Girondo dijo:

    Brillante artículo, estremecedor y esclarecedor.

    Hacía tiempo que quería escribir al respecto de lo que pasados los años parece una estafa en toda regla por la que deberían responder judicielmente aquellos que contribuyeron a ponerla en marcha desde las instituciones europeas. Tu artículo me ha decidido al fin a escribir al respecto y a intentar que entre todos exijamos que se ponga en marcha una investigación de los hechos que ocurrieron del 2010 al 2012

    http://girondoe.blogspot.fr/2015/01/debemos-sentar-draghi-trichet-y-el.html

  3. jorgedioni dijo:

    Gracias, Enrique. Ojalá que se abrá esa investigación, pero bastaría con tomar conciencia. Un abrazo.

Deje un comentario