Hegemonía

El quince de junio de 2011, Artur Mas tenía que acceder en un helicóptero al Parlament. El edificio estaba rodeado por un grupo de manifestantes que increparon a la mayoría de diputados. Hubo muchas voces que pidieron más dureza, pero hubo otra gente, escasa, que buscó otro camino. No se podía enfrentarse directamente al malestar, ni ver conspiraciones. Revertirlo era imposible por la situación de (casi) quiebra; la única opción era encauzarlo. […] Alguna de esa gente inteligente se fijó, por ejemplo, en Portugal, donde la conciencia colectiva de país atenuaba la dureza de los recortes y, aparentemente, sofocaba cualquier estallido social.

Había que importar para Catalunya ese concepto de dignidad nacional para que el proyecto común se impusiera al malestar social, para que ese objetivo se ofreciera al grupo, cada vez más numeroso, de gente sin nada que perder y, en fin, para que la sensación de grupo se impusiera a la de saqueo de unos por otros. El concepto de lucha de clases, renacido por la evidencia de la miseria, debía quedar deslumbrado por el nuevo amanecer de la construcción nacional.

Según Gramsci, el poder de las clases dominantes sobre todas las clases sometidas en el modo de producción capitalista, no está dado simplemente por el control de los aparatos represivos del Estado, pues si así lo fuera dicho poder sería relativamente fácil de derrocar (bastaría oponerle una fuerza armada equivalente o superior que trabajara para el proletariado); dicho poder está dado fundamentalmente por la “hegemonía” cultural que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación.

A través de estos medios, las clases dominantes “educan” a los dominados para que estos vivan su sometimiento y la supremacía de las primeras como algo natural y conveniente, inhibiendo así su potencialidad revolucionaria. Por ejemplo, en nombre de la “nación” o de la “patria”, las clases dominantes generan en el pueblo el sentimiento de identidad con aquellas. Se conforma así un “bloque hegemónico” que amalgama a todas las clases sociales en torno a un proyecto burgués.

Veamos un ejemplo:

Mas

No es una manipulación, como sostiene la prensa de Madrid. Es un proceso de hegemonía. Se diferencian, entre otras cosas, en que el segundo concepto requiere de intelectuales. Las circunstancias objetivas estaban ya hace cuatro años: “No está claro qué va a pasar [en Catalunya], pero intuyo que todos esos procesos (ensimismamiento, preplejidad, frustración, anticatalanismo) harán más amplias las zonas de incomunicación y más limitadas las de encuentro”. Bastaba, que no es poco, la labor intelectual, política, simbólica y organizativa.

Catalunya ha iniciado su transición. Conviene asumirlo al modo pragmático inglés. El presidente del Gobierno se pregunta quién manda allí, asumiendo que él ya no tiene capacidad de hacerlo. El presidente del Govern dice que el enemigo es el estado español, al que él mismo pertenece. Incomunicación.

El acto del 9N fue un éxito estético y emotivo, las dos bases de la política actual. Pero sus promotores no buscaban lo que han conseguido y su presuntuosidad puede rozar la soberbia. La posibilidad de encauzar esta emotividad hacia otro camino, una tercera vía, es ya imposible porque el tiempo de la política no se adapta al ritmo de las emociones. Será necesario situar pronto una nueva fecha, un nuevo horizonte, un nuevo desafío que tendrá que ser cada vez mayor. La corriente tiene más profundidad de la que querían sus promotores y, por esa razón, la gestión queda ya fuera de sus posibilidades.

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