Profesocracia

Si eres profesor de universidad, tienes entre veinticinco y cuarenta años, y no te has metido en jaleos, enhorabuena. Este es tu momento. Si además tienes facilidad de palabra y buena presencia, incluso puedes llegar lejos, aunque es posible que tengas que participar alguna tertulia televisiva.

Más que un apocalipsis, habrá un cambio generacional, ese tantas veces hurtado, y los partidos no lo tendrán fácil para echar mano de su cantera. Ha echado raíces la visión extendida de la política como un grupo apartado, ajeno a la ciudadanía y lleno de privilegios. Susana Díaz suele recordar el oficio manual de su padre para negar su pertenencia a un círculo cerrado, pero no es suficiente. Cuesta aceptar ese paso del instituto al partido; el no bajarse del coche oficial.

La política española prefiere a los funcionarios porque, como explica Politikon en La urna rota, se minimiza el riesgo de entrar en política al tener un sitio al que volver si las cosas van mal. Era algo que ya decía la madre de Almodóvar: sácate la plaza, que con eso del cine nunca se sabe. También hay algo de rastro histórico. Además de por tener un sueldo vitalicio, ser funcionario siempre ha tenido prestigio en la España católica porque garantizaba la limpieza de sangre. No hace dos siglos del último ejecutado por la Inquisición.

Canteras clásicas, como los abogados del estado, tienen una pátina elitista que ahora es contraproducente. Es la hora de los profesores de universidad, tipos que son capaces de captar la atención de la generación que mejores relatos de ficción ha disfrutado.

Es la profesión más valorada en los estudios de opinión por detrás de la de médico. Ambas comparten prestigio con colectivos, militares o policías, cuyo paso a la política fue costumbre hasta la segunda mitad del siglo XX y aún lo es en Latinoamérica. Las últimas personalidades que han aparecido en la política española, Pedro Sáchez, Oriol Junqueras, Alberto Garzón y todo el grupo dirigente de Podemos procede de la universidad.

Las perspectivas electorales dibujan un panorama bastante más claro de lo que parece. Su único problema es que no encajan en el dibujo de los últimos cuarenta años. Lo primero que hay que tener en cuenta es que las encuestas tienen que adaptarse a las realidad de las elecciones: circunscripciones provinciales y ley D’Hont. Eso quiere decir que los resultados se distorsionan a favor de las dos primeras fuerzas políticas.

Los que hablan del fin del bipartidismo deberían considerar que la ley electoral española se hizo para consolidar un sistema bipartidista y todos los porcentajes absolutos que aparecen en las encuestas tienen que distribuirse en 51 provincias y pasar por la cocina de D’Hont. Hay tres partidos empatados; el que quede tercero se descolgará.

En 1977, la UCD logró un 34,4% de voto que se transformó en 166 diputados, el 47,43% del Congreso: 14 puntos más. En la sede del PP, indicaba El Confidencial hace semanas, hay varios informes que recuerdan este dato y hacen proyecciones. Con menos del 40% podría lograrse mayoría absoluta, pero llegar a esa cifra será complicado y pactar con los nacionalistas, imposible. CiU está gestando con ERC algo parecido a la Liga Norte italiana y el PNV, silencioso en los últimos años, no quiere que cualquier movimiento en falso le haga ser engullido por Bildu.

La segunda fuerza también sale beneficiada y, a partir de la tercera fuerza, a palmar. En esas elecciones del 77, por seguir con el mismo ejemplo, el Partido Comunista y Alianza Popular, izquierda y derecha, perdieron cuatro puntos de representación. La ley electoral española se hizo para consolidar dos fuerzas centristas, UCD/PP y PSOE, pero en las próximas elecciones puede matar a una de ellas. Si el PSOE o el PP pasan a ser la tercera fuerza, el tortazo en diputados sería aún mayor del que anuncian las encuestas.

Las encuestas dibujan dos bloques: Consenso de la Transición (PP + PSOE + UPyD) y Proceso Constituyente (Podemos + IU + Otros). Los primeros, aún en cabeza, llegarán al acuerdo por sentido de estado y, quizá, forzados por algún shock económico. Pero, salvo que ansíen sus respectivos harakiris, habrá que consensuar nombres nuevos. Es la ocasión de los profesores.

El primero, el presidente del Gobierno. Hay que tener en cuenta que la Constitución no dice que tenga que ser la persona que esté en primer lugar de la lista de la capital del estado. Para ser alcalde, sí hay que encabezar la papeleta, pero el presidente de Gobierno puede ni siquiera ser diputado. Es algo en lo que nadie había pensado, salvo los que organizaron la Operación Palace, la de Salvados y la otra.

La Constitución prevé que el Rey, una vez constituida la cámara, hable con los representantes de las diferentes fuerzas y proponga un candidato al presidente del Congreso. Normalmente, esto siempre ha sido un trámite más estético que práctico, como la entrega del premio Planeta, pero es probable que no sea así el año que viene y haya que buscar a alguien nuevo con prestigio y solvencia, tarea nada fácil, ya que el primer punto excluye a Jordi Hurtado. Después, el presidente tendrá que nombrar ministros, en los que también se buscará renovación e independencia.

Pero la gran oportunidad para los profesores está en el otro bloque, gane o no. De la entrevista con Jordi Évole en Salvados, se deduce que el grupo dirigente de Podemos, compuesto por profesores de universidad, está buscando gente solvente y con prestigio para construir el partido en toda España, elaborar proyectos concretos para hacer oposición o diseñar leyes para gobernar. La encontrarán en el descentralizado sistema universitario español.

“Los que ahora vienen acampan dentro del sistema, son figuras conocidas de la televisión, están preparando candidaturas con gente contrastada sin recurrir a ese personal de aluvión, arrastrado por la expectativa favorable”, decía Miguel Ángel Aguilar. El nuevo diseño de Podemos ofrece una mayor discrecionalidad al grupo dirigente para elegir a sus equipos, el central y los autonómicos, evitando la entrada de asambleomaniacos. El leninismo bético no es una estructura novedosa; sus inspiradores son el PSOE de Felipe y Guerra y la Peña verdiblanca Lo que diga Don Manuel.

No es probable que se produzca un cambio descomunal en los próximos meses. Pensar que la historia pasa ante los ojos de uno como si fuera una película es pretencioso, pero también lo es creer que todo puede seguir igual. La renovación, sobre todo generacional, a la que tanto se ha resistido la política española, está al caer y va a hacer falta gente.

PD: Pero la renovación generacional solo funcionará si hay una mejora económica. Aunque los medios no lo reflejen, hay un 1/3 de españoles en la precariedad, más o menos elevada, y otro 1/3 en la miseria, más o menos elevada. Si todo sigue igual, habrá otro catalizador del cabreo. Tendremos Torrente 6.

1 comentario sobre “Profesocracia”

  1. ralph dijo:

    Mi gato se llama guantes

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