Órdago y tragaperras

El órdago es una jugada del mus en el que se apuesta el juego completo. Si se acepta, el jugador que gane ese lance, que puede ser cualquiera, se lleva el juego sin importar los tantos que haya habido hasta el momento. Si el lector no ha disfrutado del mus, posiblemente tenga en la cabeza una partida de póquer en la que uno de los jugadores empuja todas las fichas al centro de la mesa. Para nada.

Una partida de mus, aunque cada lugar tiene sus reglas, se juega a tres o cinco vacas, dependiendo del tiempo disponible. Cada una de ellas tiene tres o cinco juegos que, a su vez, se componen de 40 tantos (ocho amarracos, cada uno de los cuales vale cinco piedras). Es decir, el órdago no es una jugada definitiva. En una partida corta, tres vacas a tres juegos, hablamos de 1/9 del tanteo total.

He ahí la clave y la gran diferencia del proceso catalán con el vasco de hace años. Ese sí fue un órdago. Ibarretxe, vasco, la tierra del mus, lo lanzó, presentó su cartas, perdió y a seguir jugando, que queda mucha partida. El PNV sigue sentado a la mesa y presencia con un silencio, entre prudente y ominoso, lo que sucede en Barcelona.

El proceso catalán, lugar sin tradición de mus, recuerda más a un casino, pero no la zona del póquer, donde acaban de jugar los anglosajones, sino el cuartito de las tragaperras Allí, un tipo ya cansado agota sus monedas, el dinero de la compra del día siguiente, en una máquina luminosa pensando que, en la siguiente jugada, saldrá el premio.

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