El injusto cese de Pablo Abejas

Es comprensible que Pablo Abejas esté cabreado por su cese con director general de Economía de la Comunidad de Madrid. Miembro de la Comisión de Control de Cajamadrid, de la que llegó a ser presidente, gastó una media de 35.200 euros en los siete años en los que disfrutó de su tarjeta opaca. Abejas, que se presenta como “víctima”, sostiene que “era práctica habitual en la caja y en las empresas en general, nada hubo de irregular o ilegal en ello”.

Abejas tiene toda la razón y es injusto que haya sido cesado porque solo ha tenido mala suerte. No tiene nada que ver con un repentino acceso de moralidad. Su problema es que el caso se ha conocido a menos de medio año de unas elecciones y él es un cargo menor de una administración cuyo gobierno no tiene clara la reelección. No entiende, y es razonable, por qué cesa él y no, Ana Mato, Rita Barberá, Sonia Castedo o Mariano Rajoy.

Hace años, poco después de una nueva victoria de Berlusconi, un amigo me explico por qué había ganado. Los italianos no quieren que nadie los controle porque la mayoría, en mayor o menor medida, interpretan la ley como algo flexible. No piden permisos de obras, cobran en B o no dan de alta a los trabajadores. El Partido Democrático no garantiza esa laxitud, quizá, dijo, porque hay muchos excomunistas.

La corrupción no es un castigo divino, ni una maldición. Fabra, Castedo o el tipo de la UGT que tenía dinero “para asar una vaca” no son ultracuerpos, no han venido de otra galaxia. Como ocurría en Italia, es reflejo de la sociedad. Si en Dinamarca o Alemania los políticos dimiten por no pagar una multa de tráfico o copiar una tesis, no es que hayan sido bendecidos por otro dios, sino que su sociedad es diferente.

Todos, quizá ahora ya no, conocemos a gente, familiares o vecinos, que no pide permisos de obras, cobra en B o no da de alta a los trabajadores. A nadie se le ocurre denunciarlos, salvo que tengas una querella personal. La relación está por encima de la ley y es algo histórico. La Contrarreforma estableció la fe por delante de la ciencia, la apariencia pública por encima de la moral personal, el enriquecimiento por encima del trabajo o lo personal (los contactos) por encima de lo general (la ley). La familia Pujol, por ejemplo.

La corrupción es historia de España. Nada es nuevo. Las excusas por abajo son similares a las de arriba: lo hace todo el mundo, es algo que se sabe, no es ilegal o tengo un tío en urbanismo que me ha dado el permiso. La diferencia es que los de arriba tienen acceso a otro tipo de contactos que les permiten archivar casos, anular pruebas o dilatar los casos hasta su prescripción.

Por eso, la corrupción no ha sido una cuestión clave en los procesos electorales y los cambios legales, en transparencia o financiación de los partido, no han tenido ningún efecto. No creo que Miguel Blesa sienta vergüenza o, más aún, no creo que nadie le haya hecho sentir vergüenza. No creo que haya perdido amigos o que alguien le vuelva la espalda en el club de golf.

Hoy, la corrupción es un problema porque el país camina con paso firme a una amplia miseria, precariedad en el mejor de los casos. Pero no avergüenza, cabrea. De ahí vienen los movimientos políticos, en los que la ira tiene un papel clave, más que las alternativas. Es comprensible que Pablo Abejas esté enfadado por su cese porque no se ha ido por moralidad, sino por cosas tan españolas como la envidia o el oportunismo.

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