Una deuda mística e infinita

La última novela de Petros Márkaris está situada en un Mediterráneo desolado, fuera del euro, y con graves problemas de miseria y violencia. En ese contexto, comienzan a ser asesinadas personas de 60 años con una biografía común: todos participaron en la revuelta de la Politécnica, inicio de la transición griega, y después se enriquecieron durante la democracia aprovechando su posición. Todos tienen graves problemas con sus hijos, que han elegido no aceptar su herencia personal y material.

Uno de los personajes sostiene que los asesinados lograron prosperar gracias a sensación de deuda que todo el país tenía con ellos. Ellos habían traído la democracia; se habían sacrificado por ello. Y no bastaba con el recambio generacional. Toda la sociedad tenía una deuda mística e infinita que se convertía en irresponsabilidad e impunidad. Un narcisismo casi infantil. Todos estaban enamorados de su activismo y de los éxitos nacidos de áquel, dice uno de los policías.

Yo traje la democracia, yo luché por todo lo que tenéis ahora, yo me dejé la piel, cómo os atrevéis a pedirme cuentas. Eso piensa también una generación en España. Es algo que solo es posible en tradiciones políticas personalistas, caudillistas y providencialistas, donde las instituciones o las leyes siempre son discrecionales y contingentes, y están por debajo de la persona que las ocupa o las aplica.

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