Gente inteligente

Decíamos hace un año, sobre el eje identitario:

Alguna de esa gente inteligente se fijó, por ejemplo, en Portugal, donde la conciencia colectiva de país atenuaba la dureza de los recortes y, aparentemente, sofocaba cualquier estallido social. El habitual desprecio español hacia el oeste impedía fijarse en ese ejemplo. Más exactamente, el habitual desprecio español hacia todo impedía fijarse en nada. Había que importar para Catalunya ese concepto de dignidad nacional para que el proyecto común se impusiera al malestar social, para que ese objetivo se ofreciera al grupo, cada vez más numeroso, de gente sin nada que perder y, en fin, para que la sensación de grupo se impusiera a la de saqueo de unos por otros. El concepto de lucha de clases, renacido por la evidencia de la miseria, debía quedar deslumbrado por el nuevo amanecer de la construcción nacional. Todo en positivo.

A priori, el objetivo está conseguido y queda perfectamente expuesto en un tuit de CiU escrito desde el subconsciente: “Tant important és la #consulta com la recuperació econòmica. L’agenda social i la nacional són la mateixa”. Todo es uno, todos somos uno.

La gente inteligente se ha dado por aludida:

El soberanismo catalán no romperá España y puede que este canalizando pasiones reactivas que, en su ausencia, habrían tomado otras formas y contenidos.

Recuerdo estos días el comentario que me hizo, hace dos años, un diplomático europeo recién llegado a Madrid: “España me sorprende. La cuestión territorial se ha convertido en un condensador tan potente de las tensiones internas, que ustedes casi no discuten de otra cosa. Si ese condensador estallase sería peligrosísimo, pero la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, son conscientes de que no debe estallar, de manera que acaba actuando de válvula de seguridad”. Creo que es una reflexión a tener en cuenta.

La situación política en Catalunya enerva los ánimos, tensa los nervios, excita las tertulias, anima las sobremesas, permite soñar en voz alta y evita que se hable de otros asuntos con equivalente pasión e intensidad.

En una metáfora de hace dos años:

[…] embridar definitivamente la manifestación hacia la cohesión nacional que, para entendernos, quiere decir que la madre de Cornellà que no pude pagar el comedor a su hijo porque le han quitado la beca y lleva las lentejas en el tupper siente como enemiga a la madre de Leganés que no pude pagar el comedor a su hijo porque le han quitado la beca y lleva las lentejas en el tupper y, aún más, que la madre de Cornellà se sienta en el mismo barco que los miembros del Orfeó, que tienen sus cuentas en Suiza y nunca han visto un tupper.

Por lo menos en la ciudad de Barcelona, la hegemonia cultural creada hace algo más de dos años muestra síntomas de agotamiento y es cuestionada por una nueva formación, Guanyem. Alguna gente, veremos cuánta, ha descubierto que Godó, Agbar o La Caixa (o Pujol) no pertenecen a su colectivo; mejor dicho, que ellos no pertenecen al suyo. Ni lo harán nunca.

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