De Meirás a Queralbs

Pedro Ferrándiz, mito vivo del baloncesto, suele decir que solo dos personas en España han tenido éxito en la elección de sus sucesores: Francisco Franco y él. El resto se dividen entre los Almunia y los Rajoy; o no funcionan o se desligan de su promotor.

¿Qué pasaría en Alemania o Italia si las nietas de Hitler o Mussolini posaran en propiedades adquiridas por sus abuelos? La pregunta se ha formulado varias veces desde que Carmen Martínez-Bordiú, nieta de Francisco Franco, posara en el Pazo de Meirás, propiedad conseguida por su abuelo a base de contribuciones obligatorias o expropiaciones forzosas.

Hay una diferencia importante que esa pregunta no tiene en cuenta. Hitler o Mussolini perdieron; Franco ganó. No hay que ser un especialista en historia militar o en política internacional para entender que hay una diferencia entre ambos conceptos. Y, aún más, Franco no solo ganó la guerra, sino la posguerra y la posterioridad. Como decía Ferrándiz, tuvo éxito en la elección de su sucesor.

El desprecio personal hacia Franco, extendido a finales de los setenta, fue una cuestión estética relacionada con el cambio generacional que significó el cambio formal de régimen. El respeto al sistema socioeconómico, incluso en parte político, fue absoluto. No se tocó nada, ni en el registro de la propiedad, ni en el modelo productivo de las élites extractivas: cacique-sobre-concesión. Alguna gente, poca, bajó de la élite y otra, bastante más, se incorporó.

No hay grandes diferencias de fondo entre cómo los Martínez-Bordiú adquirieron el Pazo de Meirás y cómo los Pujol se hicieron con su residencia de Queralbs. Ambos pertenecen al mismo grupo de élites extractivas que, además, está situado en ese territorio reservado a unos pocos, más allá del muro de la ley.

Cuando se hacen las transiciones poniendo comas en lugar de puntos, los sujetos y los verbos siguen siendo los mismos; solo cambian los complementos circunstanciales.

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