Gaza, asesinato y suicidio

Lo primero que deberíamos entender es que esa gente no debería estar ahí. Lo explica, entre otros, Stefan Zweig. No eran judíos, sino austriacos, checos, eslovacos o alemanes, y participaban de la economía y la cultura de sus respectivos países. Cuando podían, incluso luchaban en sus ejércitos. Eran conscientes de la segregación o los pogromos, pero lo veían como algo lejano, de zonas rurales o de mentalidades reaccionarias. El progreso iba a acabar con ello y el contrato cívico con el que los nuevos países se creaban diluiría las diferencias religiosas.

Al final, fue al revés. Perdió el progreso y esos austriacos, checos, eslovacos o alemanes dejaron de serlo. No inmediatamente; pero, generaciones después, la religión ha ocupado el espacio del contrato cívico y la confianza en el progreso ha dejado paso a la fe. Es un proceso catalizado hace veinte años con la llegada de un millón de rusos, el 15% de la población, mucha confianza en los liderazgos fuertes, poca en el diálogo y menos aún en el valor de la vida humana.

Lo segundo no es la magnitud del Holocausto, sino la evolución del concepto de víctima, que ha dejado de ser alguien meceredor de empatía a ser un cobrador de indemnizaciones. El que pertenece a un colectivo que ha sufrido una desgracia o una marginación histórica, no solo cree que tiene derecho a que la actual legislación subsane lo anterior, sino a recibir un reparación moral que, en muchos casos, implica la flexibilidad o, incluso, la exclusión de la ley. La impunidad de hoy como resarcimiento del ayer.

Lo tercero tampoco es la magnitud del Holocausto, sino su procedimiento. La historia de la humanidad es pródiga en matanzas, pero las dimensiones de esta fueron posibles por la despiadada crueldad de los verdugos, los medios técnicos a su alcance, la complicidad de toda la estructura social y la falta de resistencia de las víctimas.

Estos dos últimos factores suelen olvidadarse, pero ambos pesan (y perdón por la licencia). Detrás de la desconfianza diplomática israelí no es difícil ver la sombra del colaboracionismo y detrás de la desmesura de todas las acciones tampoco es complicado ver el deseo de redimir la sumisión pasada.

El cuarto punto es que se trata de una guerra vieja. Vietnam provocó un cambio en el modo de explicar la guerra. Había que quitarle barro, niños muertos y soldados mutilados para videojueguizarla. Asépticos ataques aéreos dirigidos desde bases lejanas para provocar la rendición; cómo no hacerlo ante semejante dies irae.

Pero la mayoría de las guerras siguen siendo lo mismo, luchas pueblo a pueblo, gente que huye, fosas comunes, bombardeos indiscriminados, barro, niños muertos y soldados mutilados. Por eso, occidente suele perderlas, Irak, o no darlas, Ucrania. No hay opinión pública en la UE, salvo la británica, quizá, que acepte un Platoon II en Donetsk.

Todos los puntos anteriores sirven para explicar, aunque en España es un verbo que se suele confundir con compartir, la exacerbada crueldad israelí; ya casi patológica. Y el silencio interacional. La acción de estos días tiene mucho de sacrifcio ritual, 100 cabezas por cada uno de nosotros, o acción de castigo feudal. Recordemos: perdió el progreso, la civilización, el contrato cívico; ganó la fe. La imagen de la gente viendo los bombardeos desde las colinas revelan una psicopatía en el que el otro ha dejado de ser humano.

Como las guerras viejas, el objetivo es la desaparición física del otro, por muerte o por huida. No es un genocidio, palabra ya gastada, sino un pogromo. Tampoco es difícil ver en la reiteración del castigo sobre Gaza el objetivo de expulsar a los palestinos para colonizar el territorio. Así, no olvidemos, se ha construido Europa. Se echaba a la gente de un sitio y se llenaba con otra gente.

Además de todas las categorías morales que querramos añadir, se trata de una evolución poco inteligente y que, a largo plazo, va a dar malos resultados. Israel es un país que, además de una gran estructura de información y análisis, y una portente infraestructura armamentística, necesita una superestructura de simpatía y/o admiración. La provocó el Holocausto (y,  más aún, el cambio en la evolución del concepto de víctima), la aumentaron las sucesivas guerras y la consolidó el enemigo común. Pero está desapareciendo.

En las próximas décadas, el petróleo dejará de ser oro y los países de Oriente Medio pasarán a estar sentados sobre arena y mierda, como la mayoría. No será mañana, pero tampoco será un proceso lento. La burbuja estallará y, como todas, habrá poca gente que ganará mucho dinero y dejará un futuro incierto. Un empobrecimiento de esa zona puede provocar más desigualdad y, claro, más violencia.

Si hay un recrudecimeinto, Israel necesita a Occidente. Para la ayuda directa, la indirecta a través de ayudas a países limítrofes o la disuación de las amenazas. Y toda esa infraestructura solo será posible si sigue habiendo superestructura intectual, que se está acabando. Todo esto, además de una salvajada, es un suicidio.

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