Guanyem. Contra la hegemonia

Hace tres años, en Barcelona se hablaba de la imagen de Artur Mas llegando en helicóptero al Parlament. El edificio estaba rodeado por un grupo de manifestantes que increparon a la mayoría de diputados. Felip Puig, el capità collons, pedía más dureza, y la hubo, pero hubo otra gente, escasa, que buscó otro camino. No se podía enfrentarse directamente al malestar, ni ver conspiraciones. Revertirlo era imposible por la situación de (casi) quiebra; la única opción era encauzarlo. Construir una hegemonía cultural en la que ese malestar se atenuara por la aparición de un proyecto o, por lo menos, cambiara de objetivo.

Alguna de esa gente inteligente se fijó, por ejemplo, en Portugal, donde la conciencia colectiva de país atenuaba la dureza de los recortes y, aparentemente, sofocaba cualquier estallido social. Había que importar ese concepto de dignidad nacional para que el proyecto común se impusiera al malestar social, para que ese objetivo se ofreciera al grupo, cada vez más numeroso, de gente sin nada que perder y, en fin, para que la sensación de grupo se impusiera a la de saqueo de unos por otros. El concepto de lucha de clases, renacido por la evidencia de la miseria, debía quedar deslumbrado por el nuevo amanecer de la construcción nacional. Todo en positivo.

Tres años después, es evidente que esa construcción ideológica triunfó. El eje identitario es el más importante en los procesos electorales, provocando ganadores (ERC o Ciudadanos) y perdedores (CiU y PSC). Triunfo, incluso, superando la previsión de sus promotores que, desde entonces, tratan de reencauzar esa hegemonía cultural en una tercera vía que conserve esa cohesión social sin la existencia del proyecto concreto, la independencia. Quieren volver a colocar el barco hacía Ítaca y alejarlo de la costa, de las realidades.

Ayer se presentó en Barcelona una nueva iniciativa, Guanyem. Se trata de un proyecto de la nueva política, un grupo dirigente muy movilizado y reconocible, una estructura pequeña y activa, y una base difusa y heterogénea. Es una coalición de cabreados, cierto, pero también una convergencia de ilusiones. Es interesante que esta iniciativa nace rompendo esa hegemonía cultural. No habla de soberanía colectiva, sino individual. Quiere recuperar la soberanía ciudadana (auditoría de la deuda, servicios públicos, derechos, etc.) y no participa en el eje identitario.

El nueve de noviembre, fecha de la consulta, es el puerto. Cuando el barco no llegue o naufrague o el desembarco no tenga el amanecer de fondo esperado, algo se romperá. Esa hegemonia cultural que lleva tres años dominando la política catalana comenzará a resquebrajarse porque, en esos tres años, la desigualdad entre los barrios de Barcelona no ha dejado de crecer. Alguna gente, veremos cuánta, descubrirá que Godó, Agbar o La Caixa no pertenecen a su colectivo; mejor dicho, que ellos no pertenecen al suyo. Ni lo harán nunca.

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