La gente no se ha salido de la Constitución; la han echado

Sucedió en tres tandas.

La primera, a mediados de los noventa. El gobierno del PP echó mano del concepto de Patriotismo Constitucional, acuñado por Dolf Sternberger y difundido por Jürgen Habermas, para pelear terreno ideológico a los nacionalismos. El patriotismo constitucional no se remite a una historia o a un origen étnico común, sino que se define por la adhesión a unos valores comunes de carácter democrático plasmados en un texto constitucional. En Alemania tenía sentido porque se contrapuso al III Reich, pero en España, ay.

Los movimientos nacionalistas catalán y vasco tuvieron un origen étnico, sobre todo, el segundo. Pero, a finales del XX, sobre todo el primero, estaban muy alejados de esa concepción. “Catalán es quien vive y trabaja en Cataluña y quiere serlo”, dijo Jordi Pujol a principios de los ochenta y la construcción de la autonomía tuvo un carácter fuertemente integrador, culminado en la presidencia de José Montilla. No tengo claro que un inmigrante pudiera aspirar aún a la presidencia del gobierno español. El nacionalismo vasco no ha llegado a perder su aroma decimonónico, pero la integración llegó por otra vía, el sacrificio, un camino abierto en 1975. Lo he leído en varios libros: Txiki y Otaegi, unidos, simbolizaron la ruptura del abertzalismo con el carácter étnico del nacionalismo sabiniano.

Sin ver esta evolución, el gobierno de Aznar se lanzó a promover el patriotismo constitucional y, como siempre, se pasó de frenada. La Constitución dejó de ser un punto de encuentro, algo flexible donde todo el mundo se podía sentir agusto porque era origen de libertades. Pasó a ser un territorio delimitado y origen de silencios. El gobierno Aznar creó el llamado bloque constitucional, que precisaba de adhesiones inquebrantables a los proyectos políticos personales, como el de Mayor Oreja, y lo llevó a las elecciones. Conmigo o contra mí. Gente fuera.

La segunda tanda de exclusión se produjo en la tramitación del Estatuto de Catalunya. La historia es conocida. El proceso que pronto se enmerdó. El tono emotivo fue subiendo al tiempo que bajaba el nivel intelectual. El PP vio en esa cuestión un buen enganche electoral para recuperar terreno y, por ejemplo, afirmó que ETA estaba detrás de la confección del estatuto, es decir, que ETA dirigía al legislativo autonómico. No fue lo peor que se dijo, pero sigue siendo una frase representativa. La tramitación en las Cortes y el resultado del recurso ante el TC terminaron de crear un turbio ambiente de agravios. Fuera de la Constitución no hay nada. De nuevo, delimitación de territorios. Gente fuera.

La última, en verano de 2011. La reforma del artículo 135, hecha en un fin de semana, situó el pago de la deuda externa por delante de los servicios publicos. A pesar de la crisis, la Constitución era el origen de lo más parecido a estado del bienestar que había tenido España; España se constituye en un estado social, dice. La palabra dejó de tener el escaso significado que había tenido y, si se deja a la gente fuera, es normal que la gente se sienta fuera. Y se vaya.

La gente no se ha salido de la Constitución, la han echado. La Constitución, por la gestión por los partidos políticos, se ha ido haciendo pequeña y ha dejado a la gente fuera.

PD: Conviene pensarlo porque casi todo el mundo está de acuerdo en que habrá que reformarla. Y ya no puede ser punto de de encuentro ni de consensos porque, si cedes, te recordarán que has cedido y te negarán la evolución.

1 comentario sobre “La gente no se ha salido de la Constitución; la han echado”

  1. Hugo dijo:

    Esperanza Aguirre debe tener muy claro lo que escribes en la PD. Hoy ha dicho que la República dividió a los españoles porque dejaba fuera a las minorías. Claro, la minoría tenía el dinero, las armas y los templos, y no estaba dispuesta a que nadie le recordara nada por haber cedido.

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