Descargarse libertad II (compartir)

Decíamos ayer:

Al principio, la gente se bajaba canciones; después, discos, películas o libros. Ahora, la gente se está bajando casas para pasar el verano, poniendo de los nervios a los hoteleros, o plazas para viajar, poniendo nerviosos a los autobuseros. La gente comienza a bajarse otras cosas, como calzoncillos o tomates, y El Corte Inglés o Mercadona protestarán.

Hoy leo:

Fomento advierte de multas de hasta 6.000 euros por compartir coche sin licencia

Que se une a las tasas a la autoproducción energética, las limitaciones al crowfunding y la legislación sobre intercambio de casas o cesión de apartamentos turísticos. La gente quiere descargarse cosas. No es prescindir de los intermediarios, sino cambiar viejos, analógicos, por nuevos, digitales (operadoras, suministradores de redes, proveedores de servicios de internet, creadores de aplicaciones, etc.).

Hay ganadores y perdedores y, claro, nadie quiere perder. Uber es una de esas empresas para compartir coche.
Leo en el blog de Norberto Gallego

En 2011, Benchmark Capital invirtió 11 millones de dólares, que le dieron derecho al 18% de Uber, fundada un año antes por Travis Kalanick. Si hoy pudiera enajenar sus acciones de serie A –no puede, claro-  valdrían 3.000 millones, 280 veces su aportación inicial. En 2013, Menlo Ventures lideró una ronda de 37,5 millones que elevó la valoración teórica a 300 millones. Poco después, otro empujoncito de 258 millones invertidos por Google Ventures la elevó a 3.500 millones. Hay pastel para todos: el pasado mayo otra ronda dirigida por Fidelity Investments recaudó 1.200 millones. Aritméticamente, 17.000 millones de dólares. Sobre el papel, insisto.

El papel. Es cierto que, como dice Gallego, la clave está

en la ingente liquidez que manejan los fondos de capital riesgo […]. Durante el primer trimestre de este año, según cálculos de Dow Jones, en Estados Unidos se han invertido 10.700 millones de dólares en rondas de financiación de startups que, sin lugar a dudas, sueñan con un futuro como el de Uber, o con una salida a bolsa espectacular, o con ser protagonistas de un acontecimiento sensacional como la compre de WhatsApp por Facebook.

Porque esa ingente liquidez podría ir a otras empresas. Gallego compara.

Para medir la escalada, considérese que Hertz, que explota una vasta flota mundial de vehículos de alquiler, tiene una capitalización bursátil de 12.400 millones de dólares, y su rival Avis supera por poco los 6.000 millones.

Uber, 17.000, poco más que Hertz y Avis. Aquí hay una nueva burbuja, pero lo importante es el cambio. Como dice Pedro Vallín, “es irrelevante la suerte que corra Uber, como lo fue la de Napster o la de Wikileaks. Ellos se fueron derrotados, pero quienes perdieron de verdad fueron otros, la RIAA y el Pentágono/la CIA. El futuro no negocia, sólo se cobra sus cadáveres”.

Por eso, el gobierno quiere regular los coches compartidos, las casas compartidas o la financiación colectiva; todo lo compartido, todo lo colectivo. Para que la gente no se descarge cosas que, como la música hace diez años, son de unos pocos. Cosas como la democracia, cuyo proceso de producción y distribución está acotado y dirigido, como la música hace diez años. Regular internet es algo que se lleva oyendo desde hace tres años cuando la gente se juntó en plazas y dijo que cómo coño podía descargarse libertad.

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