No nos podemos permitir que no pase nada

Hace un año, el caso Bárcenas estaba en pleno apogeo. Ingreso en prisión, publicación de los papeles con la presencia del Presidente del Gobierno y revelación de los mensajes entre ambos, Rajoy y Bárcenas. En ese momento, la situación parecía insostenible. Incluso El País publicó algún artículo donde se establecía el agotamiento del actual sistema y la necesidad de un cambio profundo de la estructura.

A pesar de la tensión, lo más probable era que no pasara nada porque “los actores que podían povocarlo, partidos mayoritarios, sindicatos, ni el Jefe del Estado, ni el Poder Judicial, ni los medios o el ejército, no tenían ningún interés en mover nada. Nada, más allá de una pequeña regeneración, más estética que estructural, en forma de recambio generacional que disipará los rostros del malestar y quitará algo de caspa”.

Un año después, la renovación generacional se va concretando. Felipe VI, Susana Díaz y Soraya Sáenz ocupan u ocuparán el escenario. Si Rajoy no ha entendido que tiene que ceder el paso, se lo recordarán. Los casos de corrupción, Urdangarín, Eres y Bárcenas, han bajado su intensidad. De momento, no ha habido benevolencia judicial, pero sí, indiferencia mediática. Borrón y cuenta nueva.

Sí ha habido un cambio. Decía hace un año que “las personas que desean el cambio aún no son un actor, con lo que no puede pelear nada. Mucho menos, provocar o decantar un proceso. En Grecia, por ejemplo, sí”. El partido Podemos ha concretado ese deseo de cambio y, en poco tiempo, ha obligado a decantarse a otras fuerzas situadas en la frontera, como IU. De momento, no es más que la concreción del malestar, el país no ha virado a la izquierda, sino a la miseria; queda dotar de contenido al cabreo para provocar una evolución de la sociedad.

Los procesos nunca son explosivos, aunque lo parezcan porque nos fijamos en los hitos, y siempre funcionan por decantamiento: las ratas abandonan el barco y todo el mundo se va uniendo al carro ganador. Pero hay que provocar eso. Podemos lo ha hecho. Su irrupción impidió un proceso basado en que el crecimiento de IU condicionara la evolución del PSOE, el probable congreso, y forzara una convergencia entre ambos donde el primero aportaría la superestructura y el segundo, la infraestructura. Sigo pensando que, para forzar un cambio del consenso del 89, o del consenso de la transición, es necesario pactar con parte del continuismo y provocar su decantación.

Pero el resultado de las elecciones europeas abrió otro proceso: la construcción de un espacio político con posibilidades de acceder a cuotas de poder autónomas, sin coaliciones inmediatas con la socialdemocracia. Martínez Abarca señalaba cuatro posibilidades. El sistemas electoral perjudica el acuerdo a posteriori y el deseo de cambio es una barrera para la suma de siglas. Muchos sitúan a IU en la vieja política, reconocía el diputado Alberto Garzón.

Queda la constitución de un Polo Democrático: “Un espacio en el que cupieran partidos, mareas, plataformas de lucha, espacios ciudadanos, activistas sociales, ciudadanos no organizados… Tal espacio necesitaría partir de unas pocas líneas políticas que definieran la ruptura democrática (auditoría de la deuda, recuperación de los servicios públicos…)”.

Otra opción serían las Candidaturas de Iniciativa Popular. Es decir, las organizaciones deberían dar un paso atrás en la elaboración del programa, colaborativo, y las listas, elegidas de forma abierta. No solo habría renovación generacional: menos gente del aparato y más gente de músculo. Las organizaciones podrían reconvertirse en plataforma electoral, que es una de las lecciones del 25M, y de la que menos se ha hablado.

Podemos es un fenómeno nuevo, pero su funcionamiento ha tenido muchas similitudes con la política norteamericana. Un colectivo heterogéneo, 15M, mareas o activistas, ejerce de plataforma electoral con una infraestructura difusa (Izquierda Anticapitalista) para un grupo cohesionado con un proyecto político. Mucho trabajo local, mucha comunicación cercana y un liderazgo visible con mensajes directos. No en el programa, pero se parece al Partido Demócrata.

Las posibilidades electorales de las opciones de ese nuevo espacio político son altas. El debate sobre el modelo de estado ha ahondado en las divisiones dentro de la socialdemocracia, intensas tras su apoyo al consenso (neoliberal) del 89, explicitado en mayo de 2010. En las elecciones autonómicas y municipales, ese nuevo espacio podría situarse como principal oposición al PP e, incluso, como fuerza de gobierno, concretando el cambio.

Sin embargo, el nacimiento del Polo Democrático o las Candidaturas de Iniciativa Popular no es algo tan probable. El grupo que dirige Podemos tiene pocos incentivos para converger en ese espacio común donde, a pesar del paso atrás que tendrían que dar las organizaciones, correrían un serio riesgo de disipación. Las encuestas, además, le indican que podría obtener buenos resultados en solitario.

IU tiene estímulos, pero también, resistencias. Una organización, por dinámica que sea, es un organismo vivo que tiende, no solo a la supervivencia, sino a la continuidad. Dar un paso atras (disolverse, nunca, porque la infraestructura es necesaria) obliga a cambiar muchas rutinas y modelos de pensamiento establecidos.

El único motor es el propio cambio, pero ese proyecto precisa la posibilidad de ceder cualquier protagonismo. Es deseable, pero improbable. El factor que lo podría decantar es la tensión entre el grupo dirigente, la infraestructura difusa (Izquierda Anticapitalista) y el grupo heterogéneo, 15M, mareas o activistas, que ejerce de plataforma electoral. Al no haber organización, las personas tienen la imagen y su inclusión puede aportar la fuerza electoral necesaria.

Si no se crea ese nuevo espacio, lo más probable sigue siendo que no pase nada. El lenguaje de Podemos moviliza a mucha gente, muchísima, pero no toda a favor. Salvo que se produzca una grecificación, el nuevo partido tendrá un techo, alto, más que el de IU, pero también servirá de arbotante al bipartidismo, un sostén fuera de los muros.

La socialdemocracia, renovada generacionalmente y con un liderazgo emocional, se presentará como lenitivo del empobrecimiento sin cambiar el modelo socioeconómico. Moverá algún dinero del presupuesto para calmar heridas en servicios públicos y que el cabreo no se extienda, y se desborde.

Es tiempo de liderazgos, colectivos e individuales, pero no, de egoísmos, ni de amanecismos: todos somos contingentes, pero tú eres necesario. El cambio necesita a mucha gente, cuanta más, mejor. No nos podemos permitir que no pase nada. Nos va la vida en ello.

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