El cambio no cambia nada

El nueve de octubre de 2011, el PS francés celebró un proceso conocido como primarias ciudadanas. Cualquier persona podía participar en la elección del candidato a las elecciones presidenciales. Para participar, había que estar registrado en el censo, pagar un euro y firmar un documento de adhesión a los valores de la izquierda.

El proceso contradijo varias percepciones que existen sobre las primarias abiertas. Primera leyenda urbana: cambio generacional. Segunda leyenda urbana: renovación. Tercera leyenda urbana: resultado inesperado. Se presentaron: Martine Aubry (63 años), François Hollande (59 años), Arnaud Montebourg (51 años), Ségolène Royal (60 años) y Manuel Valls (51 años). También se presentó Jean-Michel Baylet (67 años) por el Partido Radical de la Izquierda.

Pasaron a la segunda vuelta Hollande y Aubry. Montebourg, con un programa ideológico interesante basado en la desglobalización, quedó tercero (17%) y Manuel Valls, clintoniano y concido por la dureza con los migrantes, quinto (5,63%). Sí fue un éxito de repercusión y casi tres millones de personas participaron en la segunda vuelta. El PS ganó las elecciones presidenciales y, posteriormente, las legislativas. Todo el poder.

Después todo ha ido como ha ido. El PS no logró usar esa legitimidad para defender el estado del bienestar y la amenaza de la precarización, ya visible en el Sur, han llevado al partido a unos resultados pésimos en las regionales y europeas. En estas últimas ganó Marine Le Pen, elegida por un sistema de elección más tradicional, la sucesión, y con un programa en el que hay desglobalización y dureza con los inmigrantes.

Abrir el sistema de elección de candidatos está bien, pero no quiede decir nada. Es solo representación. Lean a Guy Debord. Lo importante no es la imagen, sino que esta es el instrumento de una nueva relación social, y de poder, en el que las personas asumen su pasividad y ceden su potencialidad al espectáculo. Hollande y el proceso de primarias se transformaron en mercancía y sufrieron esa confianza taumatúrgica en el cambio.

El cambio no va a cambiar nada. Al cambio hay que dotarlo de sentido político. No se pide transparencia porque internet permita un mayor control, y facilite filtraciones, sino porque el poder es ciudadano. Ese es el punto de partida y de llegada, esa es la base ideológica y política; lo otro son causas y consecuencias secundarias. No hay que perder la base ideológica, el programa político y la organización social porque, si no, uno llega al poder y se diluye.

Y nos va la vida en ello.

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