Descargarse libertad

Como otros países de nuestro entorno cultural, como Marruecos o Turquía, España quiere regular internet. El problema no son los insultos o las amenazas porque, entonces, un tipo que dice que hay que echar a la gente a hostias no podría ocupar un cargo público del que, además, depende el uso legal de la violencia porque controla a un cuerpo de policía. El problema es internet.

La red, como hizo la imprenta de tipos móviles o la máquina de vapor, lo cambia todo. Al principio, solo en el sector donde nace, pero despés se extiende por el resto de la sociedad. No se entiende la reforma luterana sin la imprenta, ni se entiende la democracia sin la máquina de vapor (sin las ciudades, para entendernos). Lo que sucederá no se entenderá sin internet y los que no quieren que suceda se esforzarán en controlarlo, lo mismo que se quiso controlar la publicación de libros hace siglos.

Al principio, la gente se bajaba canciones; después, discos, películas o libros. Ahora, la gente se está bajando casas para pasar el verano, poniendo de los nervios a los hoteleros, o plazas para viajar, poniendo nerviosos a los autobuseros. La gente comienza a bajarse otras cosas, como calzoncillos o tomates, y El Corte Inglés o Mercadona protestarán.

Insultando o amenazando, además de prolongar en la red su escasa inteligencia, la gente quiere bajarse impunidad. La misma que tiene los alcaldes de Sestao o Badalona o el presidente de la Diputación de Valencia; Esperanza Aguirre o Iñaki Urdangarin. La gente, en su territorio, también quiere hacer lo que le dé la gana, siguiendo el ejemplo de los que deben dar ejemplo.

Por eso, el gobierno quiere regular internet. Para que la gente no se descarge cosas que, como la música hace diez años, son de unos pocos. Cosas como la democracia, cuyo proceso de producción y distribución está acotado y dirigido, como la música hace diez años. Regular internet es algo que se lleva oyendo desde hace tres años cuando la gente se juntó en plazas y dijo que cómo coño podía descargarse libertad.

Las cosas van lentas, pero van. El paso de una sociedad horizontal a una en red, como todos los cambios sociales, no lo verán quienes lo han iniciado. Pero pasará. Como dice Pedro Vallín: Mientras, la política sigue distraída y ufana, levemente preocupada por el ruido pero convencida de que, al final, todo pasa. Todo pasa, sí. Y todo queda.

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