Leer, pensar, escribir y organizarse

Nadie debería esperar nada de las elecciones del 25 de mayo. De momento, los procesos políticos, ya no digamos los sociales, no se adaptan a los formatos televisivos, ya no digamos a twitter. Todo se mueve más lentamente, a través de consensos que no cambian por unas elecciones y hacia el resultado de esa votación concreta, sino que evolucionan por crisis y hacia nuevos consensos basados en programas ideológicos ya desarrollados previamente.

Los consensos son amplios terrenos de juegos pactados por élites políticas, económicas y, sobre todo, intelectuales, y legitimados por las sociedades a través de instituciones como el sufragio o mecanismos como el no uso de la violencia.

Hoy se celebra el aniversario del fin de la II Guerra Mundial, el nacimiento del consenso del 45, llamado también estado del bienestar. Vamos a simplificar. La crisis, más que el conflicto, fue la previa ascensión de los totalitarismos. El diagnóstico fue que la causa había sido la excesiva desigualdad que provocaba una sensación de desamparo en amplias capas de la sociedad. El progreso, base del consenso burgués del XIX no bastaba.

El concepto filosófico fue la igualdad y el proyecto político concreto, la cohesión social. La base filosófica fue Marx y los proyectos políticos concretos, dos derivaciones recogidas en el Manifiesto: el socialismo burgués (Keynes, social-democracia) y el socialismo caritativo (doctrina social de la Iglesia, democracia-cristiana). Ambas recogían la canalización institucional de las demandas sociales. De nuevo, perdón por la simplificación.

Establecido el consenso, se establece la medida de lo posible. Con una economía por los suelos y una deuda pública disparada, Reino Unido levantó su sistema de cohesión social: sistema nacional de salud, prestaciones por enfermedad, desempleo o jubilación y búsqueda del pleno empleo. Su ‘padre’, William Beveridge, llevaba en la administración británica desde 1907 desarrollando proyectos y, sobre todo, publicando informes.

De esa cohesión social, nació la sociedad de consumo, un sistema basado en la rápida producción y comercialización de bienes y servicios. Esto era posible gracias a la existencia de amplios grupos de población con excedentes de renta periódicos y asegurados.

Hoy, con una economía mucho más saneada y una deuda pública muy inferior ese sistema es insostenible. No han cambiado las cifras; ha cambiado el consenso.

Estamos en el consenso del 89. Su crisis no fue la caída del Muro, sino la previa sensación de debilidad occidental, concretada en la derrota asiática. El diagnóstico fue que la causa era un exceso de bienestar. El consenso del 45 había provocado un profundo cambio social basado en la aparición pública de las minorías y el cuestionamiento de las superestructuras previas: dios, patria, familia o propiedad. Era necesiario romper la confianza de la sociedad en sí misma provocada por la cohesión social y recuperar esas creencias.

El concepto filosófico fue la libertad y el proyecto político concreto, el progreso individual. La base filosófica fue el liberalismo centroeuropeo y los proyectos políticos concretos, tras entroncar con el conservadurismo anglosajón, la evolución de la social-democracia hacia el liberalismo compasivo y la evolución de la democracia-cristiana hacia el neoconservadurismo.

Establecido el consenso, se establece la medida de lo posible. El sistema de servicios públicos es insostenible y el pleno empleo, una utopía, pero sí es posible ‘crear’ billones de euros para rescatar un sistema financiero ineficiente. Ya no estamos en la sociedad de consumo, ni en la soceidad de comercio, ni en sociedad de producción, sino en un sistema económico basado en la economía financiera, los rápidos flujos especulativos.

Los principales actores de ese nuevo consenso llevaban ya mucho tiempo en las administraciones o los centro de pensamiento.

El consenso del 89 está provocando en Europa efectos ya vistos en Latinoamérica o Asia: depresión económica, desigualdad, miseria, en resumen. El diagnóstico está comenzando a quedar establecido, pero el resto está por escribir. Falta por definir la base filosófica o el proyecto político concreto. Ahí es donde se deberían concentrar los esfuerzos para aprovechar la crisis de la que nacerá el nuevo consenso.

Las elecciones no cambiarán nada, pero son una parte del cambio. No basta con votar. No es la única forma de participación política; incluso, no es la más importante. Hay que leer, pensar, escribir y organizarse. El resto es mear en el mar.

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