Diezmos y encomiendas

Me he pasado más de media vida escuchando a los músicos quejarse de la industria. Cláusulas vampíricas, imposiciones estilísticas, contratos leoninos, etc. Los grupos desaparecían si se enfrentaban a la compañía y, ante cualquier problema, perdían el control, artístico y económico, de su obra. La industria era lo peor, pero era un peor del que no se podía prescindir. Era imposible conectar con el público.

La otra casi media vida me la he pasado viendo a esos mismos artistas defendiendo a esa industria, que había pasado a ser el paraíso perdido. Internet, el invento que hacía realidad el sueño de conectar con el público, que permitía la libertad artística y la independencia económica, era lo nuevo peor, lo más peor, lo peor peor, la devastación.

Internet no era, es, nada más que un cambio. Una herramienta que ha provocado, provoca o provocará, los tiempos son diferentes en cada sector, una reconversión total (cultural, social, económica y política). Es lógico que todos los antíguos actores industriales sean remisos al cambio y busquen perpetuar su modelo de negocio, aunque ya esté desfasado.

Es lo que sucede en los medios de comunicación. Hace veinte años montar un medio de comunicación, como un sello musical, una editorial, una productora o una agencia de publicidad, era algo muy costoso y al alcance solo de unos pocos. La puerta de entrada era pequeña, lo que facilitaba el reparto. Hoy, no. Las exclusividades se han perdido.

En España, los medios se financiaban a través de las las ayudas públicas, la publicidad y, en menos medida, los lectores. Internet eliminó la exclusiva de las dos últimas. Ya no era necesario anunciarse en un medio para lanzar una campaña u ofrecer un piso en alquiler. El mercado publicitario pasó de rozar los 2.000 millones en 2007 a 600, el año pasado. Y bajando. La minería de datos ajustará aún más la indidualización de la publicidad. Los medios de comunicación de masas resultan prescindibles cuando puede haber medios de comunicación personalizados.

Los lectores también han ido desapareciendo, lógicamente. El pasado lunes, había varios titulares como este: David Trueba, gran triunfador en los Goya. Si a uno le interesa el tema, vio los premios por televisión y, sobre todo, los siguió a través de internet, con lo que tuvo acceso a todo, salvo al periodismo, la elaboración de ese todo a través del oficio de contarlo. Es algo que no se intuye en ese titular.

No se puede pretender que una persona pague por una recopilación maquetada de notas de prensa o de informaciones de agencia. Si se quiere cobrar por periodismo, habrá que hacer periodismo; eldiario o infolibre son dos buenos ejemplos.

Quedan las ayudas públicas. El pasado viernes, el Gobierno presentó la reforma de la ley de propiedad intelectual. Una ley industrial para un mundo digital. Como explicó Pedro Vallín en La Vanguardia, se centra en la posesión cuando la clave ya es el acceso. Respecto a los medios, la ley es un pequeño rescate basado en dos figuras tradionales: la encomienda y el diezmo. El Gobierno no obligará a los agregadores de noticias a pagar a los editores por usar sus contenidos, como dice la prensa, sino que obligará a los editores a cobrar por el uso de esos contenidos a los agregadores de noticias, Google, básicamente.

La diferencia no es menor. Lo primero permite la negociación libre entre ambos actores; de hecho, cualquier medio puede solicitar su baja. Lo segundo, no. Google negociará con un actor institucional, la Asociación de Editores de Diarios, al que se ha cedido la encomienda, un diezmo, una cantidad fija, independiente de la cantidad de contenido que agrege o las entradas que haya, y se la hará llegar todos los meses.

El Gobierno ha preferido forzar a los agregadores a ese pago, en lugar de reclamarles los impuestos. Google sólo paga 33.000 euros en impuestos en España (su facturación en España en 2011 fue de 38,5 millones de euros; es menos del 0,1%).

El Gobierno no gobierna para los ciudadanos y los medios no se imprimen para los lectores. Son dos actores industriales que buscan perpetuar su modelo de negocio aunque ya esté desfasado. Los medios tratarán de poner más trabas a la pérdida de la exclusividad del relato; los gobiernos no dejarán la exclusividad del poder sin pelear. Y mucho.

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