La memoria de la violencia

Ese mundo (1945-1989) tuvo muchos padres y madres, pero solo un parto: las ruinas de Europa. De ahí, de esa desolación, nació el convencimiento de que eso no podía volver a suceder. Pero todo, incluso la devastación, se olvida. No hace falta ninguna conspiración; solo, el paso del tiempo. Todas las generaciones reclaman su capacidad de probar la destrucción.

El origen de la II Guerra Mundial está más en la Gran Depresión que en la I Guerra Mundial, pese al relato canónico. Si este fuera cierto, todos los actores de la Primera hubieran corrido prestos a participar en la Segunda y, por ejemplo, hubiera comenzado mucho antes. La Gran Depresión, que revivió el marco desolador de la hiperinflación, provocó una desigualdad sobrevenida en el corazón de Europa; es decir, miseria y precartidad a grupos sociales que estaban convencidos de haberla dejado atrás.

Esos grupos sociales se rebelaron contra la certidumbre ajena de la inevitabilidad y buscaron una alternativa. Primero, dentro de lo posible; después, en lo imposible. No optaron por la ruptura directa, sino por la violencia vicaria, a través del estado. En los años 30 cabía la posibilidad de optar por un régimen que desmontara la estructura social.

El recuerdo de esa alternativa fuera de lo posible provocó un nuevo pacto social frente a las ruinas de Europa: el estado del bienestar. Las élites aceptaron limitar sus privilegios a cambio de que la sociedad aceptara lo posible. Del marxismo, filosofía de la existencia de la sociedad, se tomó el socialismo burgués, keynesianismo, codificado políticamente como social-democracia, y el socialismo cariativo, doctrina social, codificado como democracia-cristiana.

Ambas opciones se turnaron en Occidente durante décadas, gestionando un sistema basado en la inclusión y la igualdad: servicios sociales públicos y gratuitos, amplia carta de derechos, asimilación de la disidencia, impuestos proporcionales y directos, limitación del sistema financiero, etc.

Hasta que la memoria de la violencia desapareció. Se estableció una nueva visión del mundo en la que la desigualdad dejó de ser la antesala de la devastación para convertirse en el motor de la humanidad. La base del sistema anterior (servicios sociales públicos y gratuitos, amplia carta de derechos, asimilación de la disidencia, impuestos proporcionales y directos, limitación del sistema financiero, etc.) fue desapareciendo y, con ella, las dos opciones políticas que lo habían gestionado.

La nueva Gran Depresión también está provocando una desigualdad sobrevenida, miseria y precariedad, a grupos sociales que creían haberla dejado atrás. Esos grupos sociales se irán rebelando contra esa certidumbre impuesta de la inevitabilidad y buscarán alternativas; si no las hay en lo posible, lo harán en lo imposible.

1 comentario sobre “La memoria de la violencia”

  1. javier dijo:

    La madre de un amigo, al ver las imágenes de la caída del muro de Berlín, dijo: ya nos hemos quedado sin seguridad social.

    Saludos.

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