En el mar del Norte no hay ítacas

El jueves, Escocia aprobó la normativa de su referéndum, que hace tiempo que tiene fecha y pregunta. El viernes, La Vanguardia, promotora del Grito de Yara hace un año, no le dedicó espacio; el sábado, tampoco. El domingo, una pieza sobre inversiones de Londres en Escocia que podrían malograrse si gana el sí. Nada sobre la consulta.

El quince de octubre del pasado año escribí:

Se habla poco de Escocia. Incluso, en Barcelona. La Vanguardia le ha concedido un espacio limitado y, sobre todo, ha evitado unir destinos. No hay vidas paralelas. No se ha buscado poner el espejo de Londres ante Madrid para forzar al Gobierno a aceptar la consulta sobre la independencia. No se ha buscado poner el espejo de Escocia ante quienes afirman que no hay sitio para nuevos países en la UE y que todo cambio en las fronteras es imposible, que es España o la nada. No tenemos ningún motivo para pensar que hemos llegado al fin de la historia y que estas entidades administrativas van a pervivir eternamente. Las fronteras cambiarán, como lo han hecho siempre, unos países desaparecerán y otros verán la luz bajo las formas de organización que hemos conocido o con otras; vaya usted a saber. Aunque, ojo, para poder, primero hay que querer. Catalunya quiere plantear una consulta sobre el derecho a decidir; Escocia decide y punto.

La explicación de que no se haya ofrecido el relato de vidas paralelas es que la solución escocesa es muy fría: referéndum a fecha marcada con una pregunta muy simple y condiciones claras. Ofrece realidad a un relato emotivo, algo siempre desaconsejable, una fecha a una profecía, un presupuesto por hacer más allá del arco irís, una hora de llegada al puerto de Ítaca.

[….]

El objetivo no es la independencia porque sería un proceso exhaltado y bullicioso con consecuencias económicas y sociales imprevisibles. El objetivo, tras la victoria electoral, es la recuperación de la autoimagen, la redefinición del sistema España hacia la desautonomización para que Catalunya no sea sólo una entre 17, para que vuelva a ser regeneracionista e intervenga en las decisiones.

Que es donde estamos, la llamada Tercera Vía, a la que también se veía venir desde hace un año (diez de octubre de 2012):

¿qué pasa con toda esa gente que se ha creído de verdad que esto iba en serio? ¿hay un plan B?, ¿cómo se va a modular, verbo de moda, la excitación provocada? La CEDA catalana les dirá que no se puede dar el paso, que no es el momento porque aún no existe una mayoría social. Los bardos hablarán del camino largo, de Ítaca, que es una metáfora que siempre ha cuajado muy bien en Catalunya. Añadirán que hay que resistir con dignidad, aguantar, se volverá a hablar de jansenismo, de la raíz protestante que tiene Catalunya (quizá las familias importantes de Catalunya tributan en Suiza en honor a esa raíz).

La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué pasa con la gente que se lo ha creído?, ¿los van a dejar a medio polvo?, ¿hay un plan B? Me temo que no hay nada más que Ítaca, Ítaca e Ítaca.

Mientras tanto, la miseria, oculta tras la tramoya llamada dignidad nacional, sigue ahí. Y no se va a ir.  Sigo pensando (aunque afortunadamente me equivoqué el año pasado) que Barcelona y Valencia tienen el ecosistema perfecto para un estallido social. Cuando suceda, tendremos que mirar los mapas de la pobreza de Barcelona que suele hacer Clara Blanchar en El País y, también, cómo se gestó la frustración.

1 comentario sobre “En el mar del Norte no hay ítacas”

  1. Javier dijo:

    Precisamente toda la maniobra es para descomponer ese ecosistema, diría.
    A ellos no les tiembla nunca la mano a la hora de purificar con fuego, siempre y cuando sean ellos los que provocan el incendio.
    Eso, y una profunda conciencia de clase, son dos grandes ventajas que han tenido y que tendrán siempre sobre nosotros.

    Salut i llibertat.

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