Las razonables esperanzas

Hace año y medio, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) catalana (CiU y La Vanguardia) lanzaron un órdago, una maniobra política cuyas formas trataban de imitar la rudeza castellana. Los objetivos eran variados: desde lograr una mayor cohesión para ocultar el problema social, la vía portuguesa, a presionar al gobierno para lograr un mejor trato fiscal, empresarial o en inversiones.

El objetivo no era modificar el marco constitucional; esa solo era la tramoya. La CEDA catalana es el partido de Ítaca, reza para que el viaje sea largo. La Caixa (donde son consejeros el Conde de Godó y López Burniol, coautor del editorial sobre el Estatut), con más de 6.000 oficinas en territorio español y creciendo, nunca estará por la independencia; tampoco, Abertis, Gas Natural o Agbar. La Reconquista marcó un modelo económico, las élites extractivas, que comparten Portugal, Castilla y Aragón. No son muy diferentes los empresarios de Barcelona, Madrid o Lisboa.

El primer hito tenía que ser una gran movilización la Diada. Se logró. El segundo, una gran mayoría de CiU en las elecciones. No se logró. Desde entonces, los vaivenes han sido muchos. A veces, se recalentaba; a veces, se enfriaba. El último, la tercera vía, la moderación, la alizanza, el consenso; un juego win win para mantener el equilibrio. Es una propuesta desde la política politizada, desde los despachos, desde la ignorancia de la realidad social de la creciente miseria. La subida de Ciudadanos tiene tanto que ver con el nacionalismo como con el empobrecimiento.

Es una propuesta que se abandonará dependiendo de las circunstancias. Es probable que la CEDA vuelva a necesitar recalentar la cuestión; por ejemplo, para ganar las próximas elecciones generales: “Un discurso de reafirmación nacional por encima de los avatares de la crisis. Frente al soberanismo catalán, soberanismo español”.

PD: La desgracia de los hombres de genio es que tienden a subestimar y, por tanto, a desoír, la influencia que la gente de menor inteligencia es capaz de ejercer sobre sus compañeros. El castigo del cínico, que cree que los seres humanos solo son movidos por motivos de codicia o temor, está en que, por su mismo cinismo, levanta pasiones de humillación y resentimiento que, al final, resultan más poderosas que cualquier cálculo lógico. El hombre de un rectilínea energía cerebral, el hombre de ambición indesviable, olvida frecuentemente que la gloria también está sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes, y que aquellos que se aprovechan más de sus éxitos vienen a perder con el tiempo su sentido de aventura, su deseo de engrandecimiento personal, y solo desean disfrutar en reposo de lo adquirido. Y la persona que se ha acostumbrado a tener una visión de la vida puramente mecanicista o matemática, no puede comprender que aquello que impacientemente rechaza como ideologías, son realmente ideas; y que lo que él descarta como sentimiento es la expresión de algo sentido profunda y poderosamente. Así, llega un momento en que las razonables esperanzas vienen a ser demasiado razonables para ser verdaderas. (El Congreso de Viena, de Harold Nicolson)

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