Siempre que llueve escampa es un refrán acertado, pero no lo sueltes en New Orleans

Que quede claro: yo también creo en las virtudes de cierto grado de indolencia. A menudo, hacemos demasiadas cosas. Hablamos mucho, escribimos mucho y la mayoría de ideas que ocupan ese tiempo no merecerían más que la duración de una meada. A veces, tras escribir algunos textos o leer algunos libros pienso que ese tiempo hubiera sido más provechoso dedicado a la indolencia.

También creo que la inactividad puede ser una buena estrategia política. A menudo, se reacciona hiperexcitadamente por la necesidad artificial de estar en todo. La creación del marco mental no quiere decir ser la novia en la boda, el niño en el bautizo o el muerto en el entierro. Sobre todo, si uno es mal actor. Pero la inactividad política solo funciona si está dentro de una estrategia, es decir, si está pensada; no, si forma parte de un general ‘ya veremos’. Siempre que llueve escampa es un refrán acertado, pero no lo sueltes en Nueva Orleans.

Rajoy ha hecho del pasotismo una marca de la casa y eso puede ser algo bueno, por ejemplo, para no hacer o decir bobadas sobre ciertos temas, por ejemplo, la cuestión territorial, un campo en el que mucha gente ha corrido a despejar las pocas dudas existentes sobre su estupidez y falta de capacidad política. Sin embargo, perpetuar el pasotismo sin una estrategia en esta cuestión puede ser nefasto (para sus intereses). Una condición necesaria para que las cosan sean posibles es que la ciudadanía las asuma y, desde el grito de Yara de La Vanguardia de hace poco más de un año, la idea de la secesión se está convirtiendo en posible por la indolencia del Gobierno. (Ónega informaba el sábado que se habían constituido dos comisiones en Moncloa, Butifarra y Barretina, qué homenaje a Vizcaíno Casas).

Hace dos años, ETA anunció el cese definitivo de la violencia. El gobierno Rajoy ha tenido todo este tiempo para preparar una estrategia que promoviera la disolución de la banda. Había que hacer algo. Quizá no hacía falta ninguna concesión, bastaba con la importancia, una conferencia de desarme y disolución con mediadores internacionales. Nadie, no hay que leer muchos libros sobre ETA para saberlo, quiere aparecer como el liquidador; hace falta el marco apropiado para facilitar esa decisión. Como decía un entrevistado de La pelota vasca, es muy duro admitir que has entregado tu vida por nada. Pero predominó la confianza en la inacción y, dos años después, la organización sigue existiendo.

También ha sucedido algo parecido en la corte de Estrasburgo. El País de hace unos días sostenía que el Gobierno confiaba en un fallo ambiguo, pero no había ninguna previsión en ese sentido. Ha pasado lo que todo el mundo que sabía pensaba que iba a pasar. De forma más o menos escalonada, casi sesenta miembros de ETA van a salir a la calle y se van a encontrar con una organización de liderazgo débil, no les costará convertirse en los jefes, pero que aún existe.

Los casi sesenta miembros de ETA, además, son de los que tienen dos características. Primero, han incorporado la violencia como parte de su vida. Todo lo que habíamos teorizado sobre el uso de la violencia, dijo Teo Uriarte, se cayó cuando murió Txabi Etxebarrieta después de matar a un policía. La teníamos ahí; ya no podíamos escapar. La violencia es un hecho; su ausencia, también. Segundo, disponen del conocimiento práctico. Saber hacer es tan importante o más que querer hacer.

Ayer, escuché a un tipo decir que el Gobierno no ha hecho nada porque forma parte del proceso de paz. Que había gente dispuesta a ir a Estrasburgo a presionar; “a hacer ver que un país con terrorismo necesita excepcionalidad”, fueron sus palabras, de tan difícil encaje en la Constitución como la secesión de un territorio. Decía que todo está pactado. Lo espero. De verdad.

La historia de ETA es cíclica. A finales de los sesenta, la acción policial tras el atentado de Manzanas había dejado muy tocada a la banda, pero entraron cientos de militantes de EGI, las juventudes del PNV. Sucedió algo parecido en los setenta con los comandos especiales de ETA pm, bereziak, responsables de la decisión del uso del coche bomba en los ochenta. En los noventa, la cantera de Jarrai suplía las cada vez más numerosas bajas y fueron los ejecutores de la socialización del sufrimiento. Espero que no haya otra resurección más.

PD: Nunca es un buen momento para que determinada gente salga en libertad, pero tenemos que elegir cuál es el símbolo de la justicia: una mujer con los ojos vendados y una balanza o un vaquero con un rifle en una mano y la Bibllia, en la otra. Y hay que elegirlo democráticamente, sin puerta de atrás de última hora.

Deje un comentario