La encrucijada diabólica de la Monarquía

Una Ley Orgánica sobre la Corona tiene dos opciones.

La primera es desarrollar el Título II de la Constitución, con lo que tendría el camino habitual de otras leyes orgánicas similares. El problema es que esa ley tendría que recoger todo el texto.

Por ejemplo:

La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don  Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos.

Un inciso para un caso concreto que no se sostiene para la generalidad. El Gobierno que hiciera esa ley tendría que asumirlo y tragarse el coste político.

La otra opción es quitarlo, pero el camino es complicado.

Artículo 168

1. Cuando se propusiere la revisión total de la Constitución o una parcial que afecte al Titulo preliminar, al Capítulo segundo, Sección primera del Título I, o al Título II, se procederá a la aprobación del principio por mayoría de dos tercios de cada Cámara, y a la disolución inmediata de las Cortes.

2. Las Cámaras elegidas deberán ratificar la decisión y proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras.

3. Aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación.

Uf, vaya jaleo. Un Gobierno tendría que ceder su calendario a la Corona que quedaría en medio de unas elecciones.

Después, el referéndum que, sin mucho esfuerzo, se convertiría en un plebiscito sobre la forma de estado. Una pataleta sin consecuencias previsibles, lo que más nos gusta.

Y, además, con serios problemas de participación. Salvo casos concretos, psiquiatras del PP o amigos del Ministro de Defensa, hay poca gente que comparta la Ley Sálica en 2013 y, en política, cuando no hay controversia, crece la indiferencia. Fue el problema, por ejemplo, del Estatuto de Autonomía de Andalucía.

Es decir, imaginemos un referendum sobre la monarquía, en el que solo fueran a votar republicanos para tocar las narices. Imaginemos un 60% de nulos. Es improbable, pero, cualquier resultado que no sea una alta participación y un bajo índice de voto nulo sería un desastre para la ya lastrada legitimidad de una forma de estado, recordemos, excepcional.

Todas las opciones son malas. Es una encrucijada diabólica.

PD: Perdón, queda una: saltarse la legalidad alegando cualquier cosa.

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