Creacionismo político

Con mayor o menor fortuna gramatical y argumentativa, todas las semanas suele leerse una frase como esta referida a autonomías con lengua propia: “En los últimos treinta años, los gobiernos nacionalistas han llevado a cabo una manipulación social a través de la educación, la cultura y los medios de comunicación”.

Claro que esto ha sucedido. El catalán ha recuperado terreno de esta forma y así, se expandió el castellano en muchos lugares; Catalunya, por ejemplo. También así se expandió el inglés en Estados Unidos y, previamente, en Inglaterra y, en general, así se expandieron todas las cosas culturales que en el mundo son y han sido. Los paganos, si quedaran, podrían considerar artificial y dirigida por los gobiernos la expansión del cristanismo, o del islamismo, y tendrían razón.

La cuestión es otra, u otras dos.

Primero, esas fechas concretas. Es inquietante que se considere 1977 como un buen punto de partida y 2013 como un destino incorrecto. Es decir, la situación sociocultural tras cuarenta años de dictadura es la natural y la situación sociocultural tras treinta años de democracia es la artificial. Es decir, el marco legislativo democrático es producto de la manipulación, mientras que el resultado de un marco legislativo totalitario es la normal evolución. No parece muy razonable.

Después, la consideración de que deben existir fechas concretas; es decir, que las cosas no evolucionan, sino que existe una suerte de creacionismo político. Hay hitos en los que se borra el pasado y todo es posible. Las sociedades, lamento dar la noticia a los que no leen, cambian. Y mucho. Cambian de lengua, de religión, de formas de gobierno y de territorio. Unas veces, pocas, pacíficamente; otras, no.

Los cambios lentos precisan de algún tipo de red económico-administrativa. Los rápidos solo son posibles con unos altos niveles de violencia. No hay que ir muy lejos. La homogeneidad centroeuropea es producto de los millones de muertos de la II Guerra Mundial. Hace poco más de doscientos años, no existía Estados Unidos y no tenemos ninguna razón para asegurar que, dentro de doscientos años, siga existiendo en la misma forma que hoy. Es probable que sí, pero deberíamos evitar esa estupidez de pensar que hemos llegado al fin de la historia.

Nos guste o no, la historia seguirá. Las fronteras cambiarán y las sociedades mudarán de lengua, religión o costumbres. Lo importante debería ser si esos cambios se producen democráticamente. Y, también, si las opciones que se plantean lo son. Si no, si se legitiman fórmulas pasadas porque su resultado final se adapta más a nuestro deseo, es probable que tengamos poco éxito o que legitimemos, involuntariamente, fórmulas futuras de las que solo nos importe el resultado prometido.

El idealismo en política es nefasto; el resultadismo, más.

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