Mear en el mar (Leviatán en España)

También Ajab, el revolucionario, está de caza en España. Su objetivo es la ballena blanca, el Leviatán, el Estado, la Estructura o el Sistema. Nunca antes se habían oído tanto las expresiones cambio de régimen y cortes constituyentes. Ni siquiera a finales de los 70, cuando sí tuvieron lugar ambos procesos. Ambas han pasado de las asambleas de barrio a las redes sociales y, ese verano, incluso a la prensa que pertenece al Leviatán. El País ha publicado algún artículo donde se establecía el agotamiento del actual sistema y la necesidad de un cambio profundo de la estructura.

Observando el ruido, de la corrupción a la tensión territorial, es probable que el análisis sea correcto, pero no lo es tanto fijándonos en el silencio. Para analizar las posibilidades del cambio profundo, tenemos que ver qué actores podrían provocarlo y qué intereses tienen en hacerlo. Voy a ahorrarme todas las matrices de la teoría de juegos; los dilemas del prisionero y las batallas de los sexos. No sale. Ni los partidos, ni los sindicatos, ni el Jefe del Estado, ni el Poder Judicial, ni los medios, ni el ejército, actores que podrían liderar el cambio, tienen ningún interés en mover nada.

El sistema político español, especialmente cerrado, no valora la novedad, la creación de consensos o el pluralismo, sino la concentración de poder, la imposición unilateral y las decisiones excluyentes (Colomer, 1998); una revisión de la vieja tradición del trágala. No es permeable. Además, fue un sistema creado a través de negociaciones y pactos entre élites, con escasa participación popular. La ciudadanía, acostumbrada a la pasividad política, dejó hacer y solo se decantó mayoritariamente por la democracia a través de actuaciones con escaso riesgo como los procesos electorales y las manifestaciones institucionales.

El recorte de derechos, la extensión de la precariedad o la impunidad de la corrupción presentan un fuerte rechazo, pero ese es un sentimiento pasivo que no conlleva implicarse en el cambio, ni siquiera participar. No es lo mismo. En los huevos con bacón, la gallina participa y el cerdo se compromete. La mayoría de la ciudadania solo ha pasado de la pasividad a la acción pasiva, la manifestación. Ni siquiera ha llegado a la pasividad activa, la militancia, por los riesgos que conlleva.

Hay cuestiones concretas, como la privatización sanitaria o los desahucios, que sí han provocado el paso a la implicación, pero solo de pequeños grupos de personas. En el primer caso, las directamente implicadas profesionalmente; en el segundo, militantes de movimientos sociales con un alto componente altruista. Pero, aunque sus actuaciones son importantes, no se han establecido conexiones entre los grupos por la ausencia de un marco ideológico. Es importante parar un desahucio, pero lo es más poder crear una ley que los detenga todos.

Algunos partidos, algunos sindicatos y algunos periodistas del algunos medios quieren deshacer algunos cambios recientes, pero es una voluntad pasiva, incluso más nostálgica que resistente. En el caso de posibilidad de cambio, se unirán a los inmovilistas porque, personalmente, tienen mucho que perder en una modificación profunda de la estructura. Solo algunos militantes de algunos partidos y algunos movimientos sociales apuestan por un cambio profundo político, social y económico. Sin embargo, su cohesión es escasa, y no han efectuado ningún tipo de proceso de convergencia ideológica o ni colaboración institucional, salvo para pequeños actos concretos. De hecho, su desconfianza mutua es grande.

Sin base ideológica y sin actores, no hay nada. Un cambio, ya sea por reforma o por ruptura, necesita liderazgos para provocar descreimiento en el presente, y, sobre todo, disminución del miedo al futuro. Los procesos nunca son explosivos, aunque lo parezcan porque nos fijamos en los hitos, y siempre funcionan por decantamiento: las ratas abandonan el barco y todo el mundo se va uniendo al carro ganador. Pero hay que provocar eso. El futuro es un lugar oscuro y frío, en el que puedo haber perdido lo que tengo hoy. La propiedad hace a la gente conservadora y la mayoría, pese a todo lo sucedido, aún posee muchas cosas.

Y, previamente, hay que disponer de un marco ideológico con el establecer la base del nuevo proyecto y, también, negociar con los continuistas, que siempre habrá. Pensar lo contrario es una de las ingenuidades que aborta cualquier posibilidad. Los movimientos idealistas suelen caer en el subjetivismo de hipervalorar su propia amplitud y fuerza, y creen que el decantamiento social se producirá por una cuestión de pureza moral. No suele ser así. En política, los huecos no los ocupa quien los merece, sino quien pelea por ellos. Las personas que desean el cambio aún no son un actor, con lo que no puede pelear nada. Mucho menos, provocar o decantar un proceso. En Grecia, por ejemplo, sí.

Tampoco cabe confiar mucho en la ciudadanía a corto plazo. La zona de turbulencias económicas, de momento, ha pasado y se recupera la velocidad de crucero tras soltar lastre. Un porcentaje no pequeño de españoles ya vive en la miseria, una cifra inmoral, pero sostenible. Además, esa cifra ayuda a cohesionar el miedo de la mayoría. Su capacidad de aceptación de la precariedad social y política crece y mengua su incentivo para el cambio. Otra cuestión es que el país que estamos creando no es el que había, pero eso es algo de lo que nos daremos cuenta en unos cuantos años.

Pocas cosas se pueden asegurar sobre el futuro a corto plazo, pero una de ellas es que no habrá cambio de régimen, ni cortes constituyentes. El óxido, provocado por la estupidez que proporciona la impunidad, corroe todas las instituciones, partidos, medios, Poder Judicial o Jefatura del Estado; ojo, salvo el Ejército, único actor que ha ganado prestigio en los últimos 30 años. Sin embargo, ante la inexistencia de una confrontación política, más allá del malestar social, el Leviatán volverá a escaparse de Ajab y se hundirá de nuevo en los mares, como hizo en Islandia.

Lo previsible es que no pase nada, salvo una pequeña regeneración, más estética que estructural. La política española vivirá un recambio generacional que disipará los rostros del malestar y quitará algo de caspa. Muy poco, porque los nuevos políticos están criados en ese sistema que no promociona el consenso, ni el pluralismo, sino la concentración de poder, la imposición unilateral y las decisiones excluyentes. Ese recambio se combinará con benevolencia judicial para no prolongar el relato y la ciudadanía, acostumbrada a la pasividad política, dejará hacer. Borrón y cuenta nueva.

Pero, de esa realidad, no debe deducirse la desesperanza. Si no hay actores que puedan liderar un proceso, habrá que trabajar para crearlos. Las personas favorables al cambio deberán hacer un esfuerzo y buscar esos procesos de convergencia con consensos y negociaciones, y establecer un marco ideológico común. Solo así se consiguen las cosas. Lo otro es mear en el mar.

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