Una explicación razonable de casi todo (Ferrer-Salat, el Partido Alfa, el Lazarillo y los WikiLuis)

Confío más en Ockham que en Dios; por lo menos, el primero existió alguna vez. Ante cualquier historia, me decanto siempre por la explicación más simple, la que lleve menos pasos y la que necesite menos gente, aunque conlleve más estupidez. Las conspiraciones son infrecuentes y precisan una fe que ya no tengo. Como dice mi amigo Pedro, ¿dónde se reunieron los que tramaron el asesinato de JFK?, ¿quién llevaba el orden del día?, ¿como eran las votaciones?, ¿ponderadas o directas?, ¿se podía fumar? Siempre son más razonables los intereses concurrentes. Gente que tiene, o cree tener, objetivos comunes y que o actúa, ayuda o deja hacer, la mayoría de veces, modificando su proposito inicial y provocando situaciones inesperadas. Nadie tiene un plan cerrado y nadie sabe lo que va a pasar.

Por mi desconfianza en las conspiraciones, nunca me creí que Gürtel fuera una ejecutada por Baltasar Garzón y Mariano Fernández-Bermejo, diseñada por Rubalcaba y amparada por Zapatero. Hace cuatro años, en un día soledado como hoy, la secretaria general del PP, Dolores de Cospedal, lo dijo en una entrevista en Europa Press (agencia de la que hoy sabemos que recibió donaciones del PP, según la contabilidad de El Mundo, algo que sí parece razonable). La conspiración colocaba al malvado Rubalcaba, Fouché de la política española, detrás de todo y muchos medios, sobrecogedores como EP o no, la recogieron.

Hoy, tampoco soy capaz de creerme que todo-lo-que-está-pasando sea una conspiración de Pedro Jota Ramírez, Esperanza Aguirre y otros para desestabilizar al gobierno y derribar a Mariano Rajoy. Nadie le forzó a recibir trimestralmente un millón de pesetas en una caja de puros durante años y tampoco nadie le obligó a callar durante décadas, casi siempre en puestos relevantes, ante la existencia de una trama de donaciones a cambio de favores. Ni siquiera creo en el control del calendario. Si todo sale ahora, no es por deseo de nadie. El caso Gürtel comenzó hace casi cinco años tras la denuncia de un concejal que, previamente, se había dirigido a los órganos de control interno del PP. Si el partido hubiera colaborado con la justicia desde el inicio o, por lo menos, no la hubiera obstruido, hace años que el caso se habría cerrado. Eso sí, con resultado incierto.

Nadie sabe lo que va a pasar, Nadie sabe qué documentación hay circulando, ni qué va a hacer el personal. Todo el mundo tiene sus intereses, sus objetivos y, a la hora de intentar coordinarlos, actúa según su personalidad. Garzón era justiciero y radioactivo; Fernández-Bermejo, un niño de papá veleidoso e imprudente; Pedro Jota, casi perdido su reino terrenal, busca recuperarlo a la vez que ansía la inmortalidad. Esperanza Aguirre ha acudido pronta a la hora de los zascandiles.

Lo siento, me decanto por la explicación más razonable, aunque tenga grandes dosis de avaricia y estupidez. Comencemos por el principio; hace más de 30 años.

La época del miedo. He leído la escena en varios libros sobre la Transición. El presidente de la CEOE, Carlos Ferrer Salat, atemorizado ante la posibilidad de que socialistas y comunistas consigan el poder y expropien y nacionalicen, dos cosas que se hacían entonces, se pone al frente de la recaudación de dinero para UCD y AP, las dos apuestas de la derecha, además de promover su unión en la ‘mayoría natural’. Hay que arrimar el hombro, dice Ferrer Salat, a los empresarios para compensar los cheques que llegan de las capitales europeas hacia el PSOE y el, supuesto, dinero que viaja desde Moscú hacia el PCE. Hay que dejar de llevarse el dinero a Suiza y dejar algo aquí para los nuestros.

La apuesta acaba saliendo mal por dos factores que se meterán dentro del adn de la derecha española: la división interna y Andalucía. Desde entonces, será una obsesión bajar la ideología para ocupar todo el espectro, del Ateneo al Valle de los Caídos, y evitar cualquier disensión: toda crítica es una traición. Sobre Andalucía, la patronal apuesta fuerte en el referéndum preautonómico y repite en las primeras elecciones a la Junta, con carteles propios muy duros y amparando a un partido con apellido socialista, el de Pacheco. El fracaso andaluz se interpreta como origen del estatal y queda como una espina. Hoy, tras 30 años de desarrollo autonómico, hay dos naciones legales en España: España y Andalucía.

La travesía del desierto. La victoria socialista provoca un giro. La derecha ve cómo se le escapan las élites porque buena parte de ellas descubre que los nuevos gobernantes no son cocos, que se puede tratar con ellos y que se manejan en los mismos términos que los antiguos. Yo te ayudo y tú me ayudas; yo te hago una donación, tú me das esa obra y yo te coloco mañana en el consejo de administración. Pura historia de España. El referéndum de la OTAN sale caro. Por su parte, la derecha se centra en resistir. No hay que perder las donaciones. El tesorero Ángel Sanchis, alabado por su “capacidad empresarial”, es el hombre que tiene que trabajarlas y es quien introduce a Bárcenas en el partido en 1982. Es razonable pensar que, en esa época, nace el sistema de sobresueldos. Para captar a gente notable, hay que ofrecer algún incentivo.
El partido Alfa. Tras la victoria del PSOE en el referéndum de la OTAN y las elecciones posteriores, la derecha descarta ya el golpe de mano, las ocurrencias del huracán Fraga, y opta por la carrera de fondo: hay que crear un partido fuerte, vertical y disciplinado, lo que Enric Juliana llama el partido Alfa. El sistema de sobresueldos, además de para captar a notables, sirve para mantener la disciplina y avivar la entrega al partido. Nada de tránsfugas, filtraciones o deserciones como en la UCD. Es Aznar. Su primer problema, una semana después de ser presidente del PP, es el caso Naseiro. Por casualidad, en una investigación por narcotráfico, se descubre el sistema donaciones-favores. Aznar opta por la resistencia y gana. El caso se esfuma por la anulación de pruebas y es la primera muestra de un nuevo modo de hacer política y tribunales.

La gran comilona. El PP se hace con el poder y el sistema se amplia porque la capacidad de tomar decisiones políticas es más amplia. Más aún, con la Ley del Suelo, que multiplica el dinero como la calculadora del 1, 2, 3. Álvaro Lapuerta y Luis Bárcenas, tesorero y gerente, reciben a los donantes y, posteriormente, el primero pide el favor al gobernante concreto y el segundo hace el reparto interno (y apunta). Ambos han leído el episodio de la uvas del Lazarillo y, de cada dos para la caja común, cogen otras tantas para ellos. En 2009, Lapuerta dijo que tenía más patrimonio que Bárcenas que, de momento, está por los 50 millones de euros.

El sistema donaciones-favores también se ajusta al mapa autonómico y los PP regionales lo asumen para financiarse. Dentro del partido, nadie dice nada porque el sobre, o la caja de puros, llega con puntualidad y permite despreocuparse; no hay que mancharse las manos. La autojustificación es que “lo hace todo el mundo” (todo el mundo dentro del partido y todos los partidos como el nuestro) y que, en caso de problemas, el partido logrará anular el caso. La sensación de invulnerabilidad hace a la gente estúpida.

Con la mayoría absoluta y el PSOE descabezado, el PP se siente indestructible. Aparecen Rinconete y Cortadillo. Correa, Pérez y otros muchos, como constructoras locales, donan a cambio de contratos, concesiones o reclalificaciones. Todos aceptan la existencia de la trama porque se sienten intocables. Los éxitos judiciales confirman su invulnerabilidad y amplían el campo de la estupidez: pago de fiestas, bolsos, trajes, etc. A Bárcenas, Correa le llama Luis el Cabrón porque no es como los demás; el resto se conforma con una pulsera o con un Jaguar, pero él quiere un porcentaje de la taquilla. El problema es que la invulnerabilidad lleva a la indiscrección y hay mucha gente que ve pasar mucho dinero por delante. Uno de ellos, concejal de un pueblo de Madrid, se enfada y comienza a grabar a gente.

El postre y la resaca. La red crece hasta que llega la inesperada derrota electoral de 2004. Pierde el inesperado Rajoy. De los tres delfines de Aznar, según El Mundo, era el mejor relacionado con la red Lapuerta-Bárcenas. Es, quizá, la única sorpresa de esta historia. Pese a la derrota, todo sigue funcionando con normalidad. Lapuerta y Bárcenas recaudan, reparten y, como el Lazarillo, se quedan con algo. Y lo apuntan todo. En 2008, según El País, se registró el mayor flujo de donaciones. La red de Correa y Pérez tiene que olvidar sus expectativas y centrarse en autonomías y ayuntamientos.

Los cambios orgánicos del Congreso de Valencia no provocan un cambio brusco en el funcionamiento del sistema. Sí lo hace la denuncia del concejal enfadado que no ha encontrado respaldo en el partido; ni en el viejo (Cascos-Acebes), ni en el nuevo (Cospedal). El nacimiento del caso Gürtel en febrero de 2009, va para cinco años, ralentiza, no detiene, la estructura de donaciones-favores-sobresueldos. El caso cae en manos de Garzón que puede ordenar cualquier cosa. Por ejemplo, un registro de la sede de Génova. Como siempre el juez provoca un fuerte estallido: detenciones, incautación de documentación y comisiones rogatorias. También, grabaciones, que están a punto de acabar con la investigación.

El PP dice que todo es una conspiración y, como siempre, centra la defensa en la anulación de las pruebas. Logra personarse para obstruir el caso; si no lo hubiera hecho, el calendario habría sido otro. Las noticias se centran en la red de Correa y Pérez, mucho más vistosa, pero perdonable en un país con resaca feliz. Allí también sale una patita de Bárcenas, que es defendido por todos. Garzón puede ordenar un registro y él es el que sabe qué papeles hay que esconder. Solo tiene que renunciar al último juguete, el cargo de Senador. El juez Pedreira, conocido de su abogado Miguel Bajo, trata de salvarlo archivando su causa. Es lo que Bárcenas espera del PP.

Los WikiLuis. Garzón es víctima de su radioactividad, pero deja múltiples procesos en marcha. Llegan las comisiones rogatorias de Suiza y aflora el patrimonio de Bárcenas, el estajanovista del capitalismo. Las cifras del tesorero aparecen en un país que va camino de la miseria y el cabreo 2.0 crece. En el PP aparecen signos del viejo fantasma: la divisón interna. No todo el mundo está de acuerdo en defenderlo, pero hay que cerrar filas. Hay indecisión. El tesorero se inquieta y negocia. Nadie sabe qué documentación se ha llevado a casa. Logra dinero del partido, pero ya tiene mucho. Quiere inmunidad, quiere la anulación del proceso o una garantía de que no le pasará nada, como a los responsables del Prestige o del Yak-42. La desaparición de Trillo, el titiritero judicial, es lo más incomprensible de esta historia.

El tesorero se inquieta aún más y, para que vean que va en serio, comienza a filtrar documentos, lo que Martínez Abarca llama los WikiLuis. Salen los papeles de El País. Confusión interna. Él dice que son de Cospedal y esta, que son suyos. La negociación no se rompe, pero se tensa y, más aún, cuando nadie toma una decisión dentro del partido. Viendo el organigrama actual del PP, se entiende el desbarajuste. La explicación de la indemnización en diferido acaba, ella sola, con el prestigio del Cuerpo de Abogados del Estado, al que pertenece Cospedal.

Bárcenas quiere algo concreto. No entiende cómo el PP, con mayoría desbordante, no es capaz de cambiar a las fiscales, meter al juez en vereda o anular las pruebas. Lo ha visto muchas veces ya. Esperanza Aguirre, presidenta gracias a otra trama, acude con disfraz de Evita Vip-Express. Carece de apoyos fuera de Madrid, pero es la hora de los zascandiles y puede pasar cualquier cosa. Hay mucha gente que tiene miedo a quedarse sin trabajo en las próximas municipales y autonómicas.

El deseo de cerrar filas se come la reflexión y la toma de decisiones. No hay plan cerrado; la única norma es resistir. La realidad de hoy (SMS, recibos, etc.) desmonta las declaraciones de ayer y, ante la desaparición de la credibilidad, queda la fidelidad, el gran valor español. La prensa de la CEDA se divide entre los que defienden periódicamente la versión del partido, la que sea, y quienes afirman que todo es una conspiración confusa que debería arrinconarse en aras de la estabilidad. En poca estima se tienen los que prefieren el gobierno de los corruptos, pero esa es la historia de España.

Fin de la historia. Como no hay conspiración, sino intereses personales concurrentes que cambian, es imposible conocer el final o hacer una proyección. Bárcenas puede hablar más y presentar papeles con la firma de Rajoy o conversaciones telefónicas grabadas o callarse, aceptando o no, los tratos insinuados por la prensa. Es improbable que Rajoy dimita en medio del ruido porque es un hombre que no quiere ser humillado (El hombre sin atributos, de Musil y Las aventuras del soldado Schweik, de Hasek son dos buenos libros para entenderlo), pero es posible que no repita y, tras tener la sensación de que ha encauzado la economía, deje el camino libre a Soraya Sáenz para que dirija una renovación generacional que no cambiará nada.

Porque sí tengo claro, perdón por el fatalismo, que esta escena se repetirá dentro de unos años. España es un país construido por la Reconquista/Conquista de América y la Contrarreforma. Lo primero configura un sistema de élites extractivas que ahoga cualquier iniciativa empresarial o comercial. La segunda afirma la virtud de la fidelidad por encima de la honradez, el esfuerzo o la inteligencia y persigue el pensamiento crítico o novedoso. Para acabar con la corrupción, debería dimitir buena parte del país y eso no va a pasar.

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