La Deriva III

Un amigo se preguntaba cómo Nicolás Mauro había podido saltarse dos veces la constitución venezolana; la de su partido, añadió. Recordé el libro de Enrique Krauze sobre Venezuela, El poder y el delirio (título desafortunado), donde explicaba cómo el sistema bipartidista previo a Hugo Chávez fue el que se cargó todos los resortes tradicionales, como el cumplimiento de la ley. En el libro, se explicaba que, para defenderse de los numerosos casos de corrupción, los miembros del sistema bipartidista (social-demócrata/demócrata-cristiano) habían cambiado las leyes, dando más poder al ejecutivo, e, incluso, habían forzado esas mismas leyes. Maduro no ha hecho nada nuevo, sino algo casi convertido en costumbre.
No quiero hacer una comparación porque allí no es aquí, pero, en las últimas semanas, hemos visto al presidente de un legislativo expulsar a varios electos y a la fiscalía ejercer la defensa. También, a la policía detener discrecionalmente a dos periodistas y no hacer nada con la comisión de delitos flagrantes.

Es una deriva. Con las dictaduras sucede como con las orgías, uno no se da cuenta de que está en una hasta que no siente algo bajando por la espalda.

En diciembre, escribí un texto titulado La Deriva que acababa:

En nuestro sistema, no hay nada más importante que los procedimientos, nada, ni el orden, ni la unidad del estado, ni la economía, ni nada. No se puede estirar la ley hasta donde sea posible y un poco más allá. O hay ley o no la hay. Si gente de buena voluntad permite o promueve vulneraciones de derechos debe saber que que, en otras circunstancias, los derechos vulnerados pueden ser los suyos. Si el procedimiento es arbitrario por razón de estado, basta con leer historia, esta se va ampliando hasta que solo queda el poder y cualquiera puede hacer lo que quiera, siempre que disponga de la capacidad necesaria para hacerlo. Es algo que sucede en las derivas autoritarias. El camino no es reversible; hay que comenzar otra vez.

Deje un comentario