Veo líneas

Recuerdo que un entrenador de baloncesto me dijo que le costaba disfrutar del juego porque no podía dejar de ver las tripas. Aunque no quiera, explicó, veo las jugadas, los errores, las posibilidades… Veo líneas. Recordé esas palabras hace un par de semanas, en la final de la Euroliga. Yo no veía las tripas del baloncesto, sino de la retransmisión. Me fijaba en las repes que pisaban jugadas en vivo, en los tirones de las cámaras, en los balonces fuera del encuadre, etc. Se lo debo a haber trabajado muchos años con la gente de TVE; se lo debo, entre otros, a Jaime y a Juanma.

Me pasa lo mismo con la literatura. En ocasiones, no consigo disfrutar de la lectura y me fijo en cosas como esta:

“Sacó la cartera del bolsillo de su chaqueta y la abrió muy cerca de su pecho. No quería que la azafata se diera cuenta del poco dinero que llevaba. Solo contaba con un billete y algunas monedas. Y lo malo era -la idea le sobrevino de repente, como una revelación; la revelación de algo que ya sabía, pero que había relegado a un rincón de su mente- que aquello era casi todo su capital. Sí, el dinero iba a ser su problema”. (página 41)

“En vez de ir directamente al autobús -faltaban unos cinco minutos para la salida-, entró en el supermercado y compró todo lo que se le iba ocurriendo mientras pasaba por delante de las estanterías”. (página 73)

¿En qué quedamos?, ¿tiene dinero o no?, ¿le preocupa el dinero o no?
La culpa la tiene, sobre todo, Magdalena, pero también, Alfonso, Javier, Nacho, Mariana o Juana.

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