Somos la frontera

Los que ahora tenemos cuarenta años somos la frontera. Nosotros conocimos, al principio de nuestra vida laboral, cosas como becas pagadas, contrato indefinido, comité de empresa, convenio colectivo, horas extras remuneradas, complemento de fines de semana o disponibilidad, actualización salarial, etc. Los que vienen detrás, no.

Esa es la brecha de la que hablan todos los estudiosos de la estructura laboral española. Insiders, los que están dentro, los que tienen todo lo anterior, y outsiders, los precarios. Se habla de insolidaridad intergeneracional para justificar las reformas laborales, pero ese concepto suele olvidar cuántos insiders tienen que ayudar a sus hijos outsiders (pata negra o ex insiders).

Esta dualidad no se resolverá con el contrato indefinido, ni con ninguna reforma laboral, sino gracias a la biología. Los nacidos en los 50, 60 y 70 se irán jubilando y, por fin, llegará la sociedad feliz de Esade: todos los trabajadores serán precarios. España será más competitiva, productiva y bla, bla, bla.

Si yo fuera un defensor de la sociedad de consumor, estaría muy intranquilo porque esta evolución biológica provoca varias dudas. Una importante es financiera. Los insiders son la base de Hacienda; es decir, los asalariados que cobran entre 30.000 y 60.000 euros representan el 90% de la recaudación impositiva directa. Cuando se jubilen, cobrarán menos (hoy, según las estadísticas, un 20%) y, cuando se reformen las pensiones, aún bajará más esta cantidad. Si cobran menos, tributarán menos. Primera caída. Segundo, a medida que se hagan más mayores, irán consumiendo menos y ahorrando más. Segunda caída. Después, se morirán, nos moriremos, y ya no tributaremos ni consumiremos. Tercera caída.

Ni ayudaran. Y esta es la duda más importante, la social. Ya hoy, con todos esos insiders en la estructura laboral, el salario bruto más frecuente es de 16.490 euros. La media es de 22.790,20 euros, pero ambas cantidades convergerán y a la baja, y sin el apoyo de la generación anterior. Con esos datos, o hay una deflación brutal, o no se puede mantener la sociedad de consumo. Alguien que cobra 890 euros no puede gastarse 9 ¤ en una película; ni 20 ¤, en un libro; ni 120 ¤, en una bici; ni 15.000 ¤, en un coche. No es solo que la pobreza o la miseria vayan a extenderse, sino que la sociedad de consumo interna no funcionará.

España será competitiva hacia fuera. Si queremos ser el tercer mundo, como dice el gran Ramón Muñoz, este es el camino.

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