La cantidad de mierda que podemos aceptar

Hace unos treinta y tantos años, los grupos de pensamiento conservadores pusieron en marcha la leyenda de la madre soltera negra, similar a la chica de la curva. Se trataba de un batallón de madres solteras negras que llevaban años y años viviendo a cuerpo de rey gracias a las ayudas sociales que las diversas administraciones blandas habían establecido. Nunca habían trabajado y se dedicaban a todo tipo de vicios; sobre todo, tener hijos que tampoco hacían nada, salvo delinquir, porque también vivían de las generosas ayudas sociales. El relato triunfó; sobre todo, porque había un grupo social muy receptivo: los obreros blancos que sufrían la desindustrialización de finales de los 70, producto de la crisis del petróleo.

En España, la madre soltera negra ha sido el parado jeta que vive del cuento, el jornalero andaluz que está todo el día en el bar, el jubilado con stock de medicinas en casa o el inmigrante que solo abandona el consultorio médico para cobrar alguna ayuda social. Todos estos relatos son mentira, pero triunfan y son reproducidos porque siempre es más accesible, y más corto, echar la culpa a gente parecida a nosotros que asumir nuestra responsabilidad por haber elegido y sustentado un modelo socio-económico que nos sodomiza.

En Estados Unidos, la leyenda de la madre soltera negra fue la base del desmantelamiento del sistema de estado del bienestar, que había, auque sin seguridad social. Aquí, lo mismo. El Gobierno, admitiendo su incompetencia, ha contratado a una consultora para que controle que nadie reciba una prestación indebida. Llama la atención que no lo haya hecho para controlar, por ejemplo, los sueldos de los directivos de las empresas del Ibex (una promesa del actual gobierno, no de los comunistas) o de la banca rescatada.

No lo hace porque no es una medida económica, sino ideológica. Se trata de que los trabajadores no sientan el dinero de la prestación como propio (cuando lo han pagado durante su etapa laboral). Y, también, se trata de que los trabajadores luchen entre ellos por una pequeña cantidad de recursos y asuman que el resto, casi la totalidad, está fuera de su alcance. También, es un paso más en la privatización del Estado; otra consultora podría tener la concesión, por ejemplo, de la recaudación de impuestos. Se trata del Estado corporativo, que deviene del democrático, pero ya no lo es.

PD: Y no habrá estallido social, ni revolución. Podemos aceptar una cantidad de mierda que no nos hacemos una idea.

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