Henry Ford, di algo, coño

El mundo en el que hemos vivido se resume en una frase de Henry Ford: “Quiero que mis trabajadores puedan comprar mis coches”. Habitualmente, se pone el foco en la producción y se destaca que avances técnicos, como la cadena de montaje, permitieron a Ford reducir costes y abaratar su producto hasta el punto en que pudo ser asequible para un público masivo. El enfoque tradicional olvida a la otra parte: el comprador, que también es factor importante en una venta; en este caso, los trabajadores de empresas como la de Ford.

Los trabajadores industriales constituían un grupo que, por decirlo en lenguaje poético, las había pasado putas desde el inicio de los tiempos. Descendían de trabajadores semiesclavos de fábricas preindustriales o de campesinos semisesclavos, siervos, de todo el continente europeo o de otros grupos sociales cercanos a la miseria (mercenarios, religiosos mendicantes, vagabundos, etc.). Descendían, en fin, de gente que no podía destinar nada a cosas que no fueran estrictamente de supervivencia: comida. En los casos más afortunados, comida, bebida, casa y vestido.

A un europeo del XVIII-XIX, como a un bangladesí del XXI, lo mejor que le podía pasar era la emigración a una ciudad industrial para vivir en una chabola húmeda y oscura, trabajar en una fábrica doce horas al día, seis días a la semana, inhalando cualquier porquería. Que toda la familia, desde el niño de seis años a la abuela de cincuenta, trabajasen en la fábrica era la lotería. Significaba huir de la miseria absoluta del campo, donde una mala cosecha o una epidemia podía matar a todo el mundo. La posibilidad de que la fábrica se derrumbase era nada comparado con las obligaciones de la servidumbre. Como trabajadores, eran algo; como siervos, no eran nada. Conviene no olvidarlo. La vida en las colonias textiles catalanas del XIX era parecida, o peor, a las de las colonias textiles del sudeste asiático del XXI. Y había hostias por entrar.

De ser algo, pasaron a ser alguien. Y, entonces, se unieron. Principalmente, en sindicatos, pero también en mutuas o hermandades. A través de esos instrumentos colectivos, fundados en ideologías diversas, marxismo, sí, pero también revisiones del cristianismo o el duro pragmatismo, comenzaron una labor de coacción, real o potencial, algo que no era posible en el campo. Los campesinos viven alejados unos de otros, no disponen de más herramientas que las de labor, la casa del señor está bien defendida, hay más esquirolismo y es complicado encontrar algo para hacer presión. No recoger las cosechas o quemar las tierras afecta más al campesino que al señor. En la ciudad, se pueden formar grupos amplios, hay acceso incluso a armas, se puede controlar más a los esquiroles y la huelga o la quema de la fábrica sí afecta al empresario. También, perdón por la obviedad cruda, se puede matar al empresario o a sus familiares.

A través de la coacción, conviene no olvidarlo, los trabajadores comenzaron a equilibrar el reparto de recursos: cobrar más, a tener algunos días libres, a disponer de mejores condiciones laborales, etc. Las chabolas pasaron a ser casas y, en esos barrios, comenzó a haber un médico un día a la semana, un maestro, una sala de lectura, etc. La coacción se encauzó políticamente y los gobiernos dispusieron de instrumentos para la mejora de las condiciones de vida de este sector, como la democracia, los derechos, las leyes o los impuestos. La escuela, el consultorio y la biblioteca pasaron a convertirse en derechos, sanidad, educación y cultura, y a ser financiados por las administraciones.

Esa mejora no trajo las utopías que las idelogías fundadoras habían previsto. No provocó la revolución, ni el falansterio, sino el consumo. A finales del XIX, por primera vez en la historia, grandes grupos de población, compuestos por esos trabajadores industriales, comenzaron a disponer de excedentes de renta para dedicarlos periódicamente a cosas no imprescindbles, como un coche cada cinco años. Esa prosperidad social más que económica, y no la cadena de montaje, fue la base de la evolución. Por decirlo resumidamente, la sociedad de consumo le debe casi todo a las revoluciones, comenzando por la Francesa y siguiendo por la Soviética.

Un trozo de esa prosperidad es el que están tocando los trabajadores del Sudeste Asiático, pero sería tramposo dejarlo ahí. La gran diferencia es que ellos no tienen la capacidad de coacción de los europeos del XIX porque carecen de todos sus instrumentos y los empresarios han reducido sus debilidades; ya no son presionables. Los campesinos bangladesíes mejoran económicamente cuando van a las ciudades, pero las similitudes con la revolución industrial finalizan ahí. No van a prosperar en otros aspectos, no van a cambiar sus países, como sucedió en Europa en el XIX cuando el paquete democrático (derechos, leyes e impuestos) acabó con la impunidad del grupo dirigente. La prosperidad de los trabajadores de Sudeste Asíatico solo va a ser económica y no está garantizada. Es más, lo más probable es que se rompa

La sociedad de consumo no se puede centrar en la productividad tal y como la entienden los licenciados en MBA, el ahorro de costes a través de precariedad, despidos y deslocalizaciones, porque no se basa en la producción, sino en el consumo. Su fundamento es que haya grandes grupos de población con excedentes de renta para gastar periódicamente y esos grupos se están reduciendo drásticamente por la ausencia de coacción que lleva a un reparto excesivamente desigual de los recursos. Es algo que, en la práctica totalidad de especies provoca el colapso.

Los excedentes se han logrado tradicionalmente por tres vías. La primera es la actualización de los salarios (y la seguridad laboral, familiar y generacional); la segunda, los impuestos redistributivos (servicios sociales incluidos); la tercera, el crédito (barato, fácil o reversible). Ninguna de las tres funciona bien hoy. Los salarios se devalúan, la precariedad aumenta, lo mismo que la seguridad familiar y generacional (¿tendré pensión?, ¿podrán estudiar mis hijos?). Los impuestos universales y redistributivos están siendo sustituidos por tasas lineales y discrecionales o por la impunidad impositiva para algunos grupos. Por último, el crédito a cualquiera de las fases del sistema productivo (materias primas, industria o consumo) es débil porque la (auto)rentabilidad del sistema financiero es mayor. La reversibilidad del crédito privado estrangula domesticamente y ni siquiera funciona la inflación, el lubricante del consumo.

Hoy en día, el mundo está lleno de corporaciones anti-Ford, es decir, quieren producir cosas que sus trabajadores no puedan comprar. Son corporaciones que quieren producir en Bangladesh, pagar los impuestos en Bermudas y vender en Europa, ¿a quién? Está comenzando a dejar de haber compradores porque se busca reproducir el marco laboral bangladesí en Europa a través de las zonas económicas especiales.

Esos trabajadores han dejado de ser alguien, ya no son un actor, están volviendo a ser algo. Carecen de instrumentos colectivos y, por tanto, han perdido su poder de coacción. El reparto de recursos, que alcanzó cuotas de equidad nunca vistas en el XIX y XX (entre la toma de la Bastilla y la Caída del Muro), está volviendo a desequilibrarse, como ha sido norma en la historia. La humana es una especie donde el reparto excesivamente desigual de los recursos no lleva necesariamente al colapso. También, en el aspecto político. El paquete democrático (derechos, leyes e impuestos), como el coche cada cinco años, no está garantizado. Conviene recordarlo.

PD: Como decían los electroduentes, “no somos revolucionarios, solo queremos un horario”.

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