Política

En la primavera de 2007, algunas decenas de miles de estadounidenses comenzaron a tener problemas para pagar sus hipotecas y usaron la posibilidad de la dación en pago para entregar las llaves de sus casas. Seis años después, el Sur de Europa está condenado a una depresión cuyo alcande se desconoce. España, por ejemplo, tiene más de seis millones de parados, decenas de miles de ciudadanos están en la calle porque no pueden pagar sus hipotecas y ha suicidado su tejido financiero como paso previo para su desindustrialización.

¿Cómo coño ha podido pasar? Globalización, política neoliberal, ladrillazo, exceso de crédito, problemas estructurales, ausencia de reformas, etc. Suelen utilizarse muchas palabras que colocan los hechos en el ámbito de lo inevitable o de lo conspirativo y se deja una de lado: política.

La crisis, iniciada en EEUU hace seis años, está arrasando con el Sur de Europa por decisiones políticas concretas en momentos concretos. No ha sido un proceso inevitable, ni tampoco algo preparado. Personas concretas en días concretos tomaron decisiones concretas por motivos concretos que modificaron el alcance y la geografía de la crisis hasta llegar al punto en el que estamos. El Sur de Europa tenía problemas, muchos, pero no eran peores que los de otras zonas del mundo. Su única debilidad ha sido política. Por expresarlo con más precisión, la fortaleza de los demás ha sido política.

Los primeros reportajes sobre la crisis subprime estadounidense llegaron durante el verano de 2007 (cuando aquí debatíamos sobre las actas de ETA y el cheque-bebé) y se referían a las entidades especializadas en la concesión de hipotecas. El tsunami tardó un año en formarse pasó de ser solo hipotecario a afectar a todos el sistema financiero anglosajón a través de los productos derivados.

Este proceso ha sido expllicado muchas veces y lo único interesante es señalar que no fue producto del liberalismo, ni del capitalismo, ni de la globalización, sino de una evolución de estos tres conceptos hacia otro modelo que está por definir: el estado corporativo. El sistema productivo regional en el que se basaba en capitalismo ha sido sustituido por una industria financiera globalizada que subordina a la estructura estatal limitada a sus fronteras. Esa industria financiera, que emplea el sistema de cártel, se basa en la especulación directa, llamada creación de valor, y no es enemiga del estado, como el liberalismo, porque necesita de sus recursos para mutualizar sus pérdidas periódicas.

Eso fue lo que sucedió en 2008. La industria financiera había comercializado, entre otros productos, titulizaciones hipotecarias. Cuando esas decenas de miles de estadounidenses dejaron de pagar, comenzó el efecto dominó; de las entidades que habían concedido las hipotecas a las que las habían comercializado a través de productos financieros. Fue la segunda vida de la crisis, la de los activos tóxicos. Afectó primero a EEUU; casi inmediatamente, a Reino Unido; siguió por los sistemas financieros globalizados (Irlanda o Islandia) y, por último, a los países ahorradores europeos (Benelux, Alemania, Austria y la zona nórdica).

El dinero desapareció. Las entidades financieras descubrieron que los apuntes contables que salían en sus ordenadores valían menos que la placa base. En todos esos países, o sistemas regionales, los gobiernos, decidieron mutualizar las pérdidas del sistema financiero a causa de las terribles consecuencias de no hacerlo anunciadas por el propio sistema financiero (directamente, o a través de organismos, instituciones, consultorías o universidades). Además, entre el dinero desaparecido, había depósitos o pensiones y nadie quería un problema social que se pudiera solucionar poniendo dinero sobre la mesa. Se habló de la refundación del capitalismo, de la recuperación de los controles y del fin de los paraísos fiscales. No se hizo nada. El único objetivo compartido era “joder al vecino“; es decir, que otro se quedara con la crisis.

En Europa, la profundidad del agujero provocó la movilización de mecanismos de rescate que llegaron a alcanzar 1′6 billones de euros. En ocasiones, acuaron los gobierno; en otras, el BCE solo o en combinación con la Reserva federal o el Banco de Inglaterra. Se decía que era eso o el caos. Lo interesante es que todo ese dinero se puso en la mesa sin intervención, ni mecanismos de control, ni quitas a los depositantes. Se llamo acción combinada, fondo de solidaridad o escudo del euro. En otoño de 2008, cuando los bancos holandeses estaban en quiebra y España, según consenso generalizado, tenía el mejor sistema financiero de Europa, no había troika, ni memorandos. Entonces, se decía que era un problema común.

Los países mediterráneos podían haber pedido la intervención del derrochador Benelux, un grupo de países con un sistema financiero desmesurado. También, haber forzado una quita para los ahorradores, relevado presidentes o modificado la constitución. No se hizo porque no hubo voluntad política de hacerlo. Era algo que no le encajaba a nadie; decisiones que pertenecían al grupo de cosas que no se pueden hacer.

La mutualización provocó que los problemas del sector privado pasasen al público y, por ejemplo, la deuda alemana pasó del 64,9% del PIB en 2007 al 83,2% del PIB en 2010. Nadie dentro del Eurogrupo planteó entonces intervenciones o poner límites a las cifras.

Merece la pena detenerse en Alemania, un país con más de 2.000 entidades financieras. Además de los grandes bancos, hay 400 cajas de ahorros, 7 bancos estatales de los länder (Landesbanken), 1.200 de los llamados bancos populares (Volksbanken) y cooperativas (Genossenschaftsbanken). Las 2.000 entidades, captadoras de depósitos y fondos de pensiones, invirtieron en todo tipo de productos; desde cédulas hipotecarias estadounidenses, españolas o húngaras; activos tóxicos anglosajones, bálticos o islandeses o deuda pública de toda Europa.

Ha habido muchas bankias alemanas. Hypo Real Estate fue rescatado con más de 100.000 millones de euros y en 2009 fue nacionalizado en un 90%; el Industriebank (IKB), con 10.000 millones de euros; el Dresdner Bank, segunda entidad del país, quebró y fue absorbido por el Commerzbank, que a su vez recibió un rescate de 100.000 millones. Según un informe del supervisor financiero alemán, filtrado en 2009, los activos tóxicos del país en 2009 eran de 800.000 millones.

Las 2.000 entidades financiaron fiestas por todo el mundo; de California a Letonia; de Islandia a Canarias. California e Islandia optaron por sistemas, directos o indirectos, de impago (quiebras, reestructuraciones, quitas etc.). Quedaban el Sur y el Este.

El dos de marzo de 2009, nueve países del Este de Europa (Chequia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania) solicitaron mercanismos de ayuda a la UE en una cumbre de urgencia convocada por el presidente checo, Topolanek. Todos estos países habían tenido su propia burbuja financiera (e inmobiliaria) financiada con dinero centroeuropeo, Austria, Alemania y Benelux, y estaban optando por otro método de impago: la devaluación de la moneda. Entre el uno de enero de 2009 y el 20 de marzo, el Florint húngaro cedió un 8,74; el Zloty polaco, un 6,78. Si alguien tenía algo en florines, como deduda pública o cédulas hipotecarias, en esos tres meses tenía casi un 10% menos.

La UE se negó inicialmente a la petición, pero cedió en menos de un mes por el riesgo de castillo de naipes. Los bancos belgas, ya muy tocados, tenían una exposición crediticia en Europa central y del Este, así­ como en Turquí­a, de una tercera parte de su PIB. Austria, 216.000 millones, poco menos de su PIB. El 21 de marzo, se decidió la movilización de 50.000 millones para las economías del Este. De nuevo, sin intervención, ni mecanismos de control. Los países del Sur podrían haber vetado esta partida o haber exigido algo a cambio a los países ahorradores. No sucedió así.

En verano de 2009, se pusieron en marcha las pruebas de esfuerzo de la banca europea, de las que Alemania excluyó a la práctica totalidad de sus entidades. Solo permitió el examen de sus grandes bancos. Nadie dijo nada. Ni siquiera cuando, ese año, se filtró un informe del supervisor alemán que situaba en 800.000 millones de euros los activos tóxicos dentro del sistema financiero. Activos tóxicos quiere decir que no sabes lo que tiene, pero es muy probable que no tengas nada.

En España, se hablaba del estallido de la burbuja del ladrillo y de los problemas que comenzaban a tener las cajas, con muchos activos inmobiliarios sobrevalorados. Se hablaba de España, mucho en Reino Unido, donde las empresas españolas habían invertido mucho, aunque la situación era mucho menos peligrosa que en Europa Central. El gobierno español decidió reestructurar el sistema financiero uniendo esas entidades en nuevos bancos, más débiles, a los que sometió a exposición.

Y llegamos a otoño de 2009. El nuevo gobierno griego informó de la manipulación de sus cuentas. Goldman Sachs había asesorado a Grecia para ocultar su deuda. La cantidad solicitada era pequeña comparada con las que se habían movido, pero la UE no repitió el esquema de la ayuda al Este, ni el de la banca de países ahorradores porque se ofrecía a ese grupo la posibilidad de transformar una crisis de activos tóxicos en una de deuda pública. Eso fue lo que sucedió.

Los gobiernos de los países ahorradores, Alemania, Austria, Finlandia y el Benelux, con la ayuda de Francia, optaron por “joder al vecino” del Sur. Se dilató la ayuda, se exageró el problema, los bancos de los países ahorradores apostaron contra Grecia y el resto de países del Sur para hinchar los intereses y el presidente de Goldman Sachs Europa, responsable de la manipulación de las cuentas, fue nombrado presidente del BCE. Alemania, Austria, Finlandia y el Benelux, con la ayuda de Francia, comenzaron un plan que podía poner en riesgo al euro (aún está) para salvarse ellos mismos. Lo extraño fue que el resto aceptara su suicidio con tanta sumisión.

La situación de Grecia se dejó pudrir políticamente para que afectara al resto de la periferia mediterránea, Portugal, Italia y España. Todos esos países tenían problemas, pero eran bastante menores que los del Norte (activos tóxicos y hundimiento del Este); bastaba con poner el foco sobre ellos. De todas las zonas donde los países ahorradores habían financiado fiestas, el sistema financiero anglo-sajón, los sistemas financieros globalizados y el Este habían optado por sistemas de impago. El único que podía responder era el Sur de Europa.

Tras meses y meses de discusiones, cumbres, reuniones, planes de ajuste y llamadas de auxilio en los que solo se hablaba de los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España), el 25 de marzo de 2010 Francia y Alemania acordaron un plan para rescatar las finanzas griegas. Seis meses en ayudar a un país de la zona euro; la ayuda al Este había tardado 19 días. El plan griego tenía mucho menos dinero, la participación de otros actores, como el FMI, intervención política, mecanismos del control y condiciones que condenaban a Grecia al desastre. Que Alemania invadiese Grecia, que el Norte ahorrador interviniese en el Sur perezoso y derrochador sí era algo admisible. Era algo que se podía hacer.

Los países mediterráneos no resistieron y el plan funcionó. Mientras el Sur se freía en medio de tensiones de deuda, Alemania (el país y su sistema financiero) se financiaba a costes, incluso, negativos y tenía cifras récord de empleo (una situación con todo el aspecto de ser una futura burbuja). La sumisión mediterránea permitía a Alemania establecer normas para garantizar el hundimiento económico de la Periferia, como las políticas de austeridad.

Por ejemplo, el 23 de octubre de 2011, la UE admitía que los activos tóxicos, los que los países del Norte habían adquirido (recordemos, 800.000 millones de euros en el sistema financiero alemán, según su supervisor), pudieran valorarse al 100% en la contabilidad, mientras que se recortaba el valor de la deuda soberana periférica, que era la base de la banca periférica. El rescate del renovado sistema financiero español se convertía en inevitable. Y así sucedió.

La red descentralizada de cajas, músculo de un país basado en la pequeña empresa, se convirtió en oligopolístico, atrofiando la economía. En 2008, teníamos 49 bancos y 45 cajas de ahorros en España. Ahora, hay tres (Santander, BBVA y Caixabank) con un 70% de cuota de mercado. Las primeras decisiones del nuevo gobierno, subidas de impuestos, recortes, reforma laboral y mutualización de la deuda, aseguraron que la crisis económica evolucionara a depresión, que es en el punto donde estamos.

Los países ahorradores, ya con el timón, siguen forzando el suicidio del Sur para salvarse. El pasado 17 de abril, Alemania ha vuelto a lograr condiciones especiales para su sistema financiero y está reclamando al BCE una subida de tipos, beneficiosa para controlar su inflación, pero desastrosa para la mayor parte de la UE.

Sin embargo, el problema sigue ahí. Los activos tóxicos no han desaparecido y siguen provocando problemas. Holanda nacionalizó en febrero el cuarto banco del país, SNS Reaal y, en noviembre de 2012, Francia y Bélgica aportaron 5.500 millones a Dexia, ya que sus fondos se habían desvanecido (de 19.200 millones a 2.700 millones entre 2010 y 2011). Era la tercera vez que esta entidad estaba al borde de la quiebra.

El problema sigue ahí. En 2011, el volumen de los activos de los bancos privados europeos era 3,5 veces el PIB de los 27 países miembros de la Unión Europea. La deuda tenía una hipertrofia similar. En Reino Unido, las deudas del sector financiero británico son 11 veces el PIB. Según el Consejo de Estabilidad Financiera, la actividad fuera de balance del sector financiero de la zona euro era de 22 billones de euros.

Es probable que la crisis tenga una nueva reencarnación en la que los activos tóxicos recuperen protagonismo. La chispa puede ser, precisamente, el parón económico provocado por la depresión del Sur y el pinchazo de la burbuja de la deuda pública de los países ahorradores. El nivel de maniobra de los estados será mucho menor y habrá un factor social importante. Una proyección razonable, nada alarmista, incluye problemas en el Centro y el Norte con los grupos de inmigrantes (por ejemplo, españoles, cierre de fronteras, radicalización de la política y aparición de formas blandas de totalitarismo. Sería la evolución lógica del estado corporativo.

Pero las proyecciones pueden esfumarse en cualquier momento mediante acciones políticas concretas en momentos concretos. Por ejemplo, la reestructuración del sistema financiero euro en entidades de tamaño limitado, el reestablecimiento de controles exhaustivos y el cierre de fronteras a operaciones financieras de fuera de la zona euro. Por ejemplo, la aplicación de sistemas de impago sobre la deuda pública y la creación de fondos para el crecimiento económico. Claro que se puede hacer; los últimos seis años han abierto mucho el espectro de lo posible. Otra cosa es que no se quiera.

Esa sigue siendo la clave. Todo se cambiará mediante la política y, previamente, mediante la acción intelectual. No ha habido nada inevitable, ni ha sido una conspiración. No se trata de grupos coordinados que tienen un plan establecido, sino personas que van tomando decisiones. El objetivo tiene que ser sustituirlas para tomar otras decisiones y, sin política, sin acción intelectual, no se logrará nunca.

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