El partido de Ítaca

No hay nada más terrible que ser devorado por una metáfora, como le sucede a Catalunya. Ítaca, la isla de Kavafis, traducida por Carles Riba y cantada por Lluís Llach, se estableció en los 70 como forma de reproducción política completando, no sustituyendo totalmente, al regeneracionismo decimonónico. Ocho meses después de la Diada, seis meses después de las elecciones, Catalunya sigue camino de Ítaca.

Todo era previsible. El Conde, lógico, no quiso convertirse en el de Cavour y prefirió seguir siendo el de Godó. Entre soflamas y órdagos, los Garibaldis volvieron sus despachos y los bardos afinaron su lira para entonar un nuevo verso: “reza para que el viaje sea largo”; “más lejos, debemos ir más lejos”.

No parecía probable que la Caixa (donde son consejeros el Conde de Godó y López Burniol, coautor del editorial sobre el Estatut), con más de 6.000 oficinas en territorio español, estuviera por la independencia; tampoco, Abertis, Gas Natural o Agbar. CiU y La Vanguardia, como portavoces de ese grupo dirigente, defendieron hace medio año posiciones que nunca llevarían a la práctica por un exceso de amargura y cabreo. El objetivo era un nuevo acuerdo fiscal, una reordenación del mapa autonómico, algo que tuviese el aspecto de “uno de los puertos que”, dice le poema, “tus ojos ignoraban”.

El horizonte de Catalunya es la independencia. Es tan absurdo pensar que el mapa de España cambiará en los próximos cuatro años como creer que no va a hacerlo en lo que queda de siglo. No tenemos ningún elemento que nos haga pensar que esta distribución de fronteras y formas de estado es definitiva. Además, estamos en un mundo en el que lo más importante no se ajusta a las fronteras nacionales. Los sistemas administrativos se tendrán que adaptar para controlar los flujos que los desafían.

La independencia, eso sí, no será con CiU porque es un partido de viaje, del no destino, de Ítaca. Le da pavor decir ya hemos llegado y construir algo que no esté basado en la frustración, en el desideratum, en el viaje. Los sentimientos de frustración, fatalismo, victimismo o agravio o son tan esenciales dentro del catalanismo del siglo XX que acabar con ellos mediante una decisión firme no es una opción sensata. Salvo casos excepcionales, todo grupo busca su supervivencia (a veces mediante el orden, a veces mediante el desorden), no su muerte. La consulta, no digamos ya la independencia, sería el fin de CiU. La discusión sobre el derecho a decidir es nostalgia del futuro; el que quiere decidir algo, lo hace. Y no es el caso.

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