El Wojtyła de Sudamérica

Según los cálculos del historiador Léon Cahen, cuando Luis XVI accedió al trono quizá había en París 10.000 clérigos, 5.000 nobles y una burguesía de manufactureros, comerciantes acaudalados, médicos y abogados que alcanzaba la cifra de unos 40.000. El resto de la ciudad, unas 600.000 personas o más, vivían al borde de la pobreza”. (…)

Rudé estima que en la última década del Antiguo Régimen se construyeron diez mil casas y un tercio de París. Mercier [cronista del País del XVIII] nos deja entrever lo agradable que era la vida en el nuevo París. (….)

Para que esta vida fuera posible, hacía falta un número creciente de artesanos, sirvientes, empleados y obreros de la construcción. No hacía falta que estuvieran bien pagados y, de hecho, no lo estaban. (…) Los salarios reales disminuyeron de 1712 a 1789.

La desigualdad se convirtió en una provocación que la gente podía percibir cuando se desplazaba por la ciudad. (…) En la calle Varenne, en la orilla izquierda, que se había llenado de nuevos palacios privados, el viajero habría visto grupos de casas miserables entre los palacios, cabañas construidas al borde de sus jardines. (…) Sedimentos de pobreza en las grietas de la riqueza. (…)

Carne y piedra, Richard Sennet. Alianza (1994).

Roma ha leído bien. Las revoluciones no estallan por las desigualdades, sino por su evidencia. En un mundo mísero, el poder tiene que ser austero (la austeridad es una elección; la miseria, no). Es una poderosa línea de defensa, como todo lo que no es explícito. Francisco es el hombre de la austeridad pública, la sencillez y la bonhomía. El hombre de los zapatos negros y la cruz de madera. Es algo que, afortunadamente para los revolucionarios, todavía no ha entendido el poder en España. Antes de pedir penitencia, ayuno y abstinencia, el público tiene que ver un buen Auto de Fe. Unas cincuenta personas, Urdangarin, Rato o Mafo tienen que ir a la cárcel. La frase “si tu mano te escandaliza, córtatela” es una metáfora.

Francisco también es hombre de caridad, que es dar peces y no enseñar a pescar; más concretamente, dar la morralla y quedarse con el barco, las redes, el puerto y el mar. La caridad siempre ha sido la gran defensa del poder contra su cuestionamiento. La sanidad o la educación, antes derechos, están en vías de volver a ser de caridad. Francisco no cuestionará (en serio) nada, no cambiará (en serio) nada; todo será aparente porque, conviene no olvidarlo, es peronista. Su misión no es cambiar nada, sino defender al grupo de poder de su propia estupidez (representada, por ejemplo, en Berlusconi o Sarkozy). Hay que vestirse de negro y no salir mucho de casa para guardar la caja.

PD: Francisco sí atacará el único proyecto que sí cuestiona la estabilidad de los grupos de poder: el bolivariano. Más que un Juan XXIII, será el Juan Pablo II de Sudamérica. Lento, claro, no piensa en las elecciones del mes que viene en Venezuela.

1 comentario sobre “El Wojtyła de Sudamérica”

  1. tarantamocos dijo:

    No se llega a los 2000 años de historia sin saber leer el contexto

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