Política antipersona

Hace algunos meses, José María Lassalle, secretario de estado de Cultura, publicó un magnífico artículo titulado Antipolítica y multitud donde alertaba de los peligros populistas de la antipolítica. Era una pena que sus sólidos argumentos flaquearan por estar cimentados en un partidismo, más visible en los silencios que en las menciones. Buscando alertar sobre los perjuicios de la antipolítica, el artículo se convertía en parte de ella. Sus silencios reforzaban el muro de impunidad e irresponsabilidad, la base de la desafección política. La antipolítica no nace en el exterior, sino dentro. Todos los regímenes se cuartean por lo que sucede dentro, no por el acoso exterior.

Ayer, el filósofo Daniel Innerarity publicaba otro gran artículo que flaqueaba por silencios parecidos y, también, por las menciones. Entre otras cosas decía:

Cabe destacar entre las expresiones de nuestro malestar la performance de rodear el Congreso, un gesto que tiene menos sentido que la vieja ley británica que prohibía a los representantes morir en el edificio del Parlamento. ¿No habría que rodear más bien al resto del mundo —especialmente a los poderes económicos o mediáticos— para que el Parlamento ejerciera las funciones que esperamos de él en una sociedad democrática?

¿Es lo mismo? Diría que no, que los poderes económicos y mediáticos son privados y el Parlamento, público, pero puede que esté equivocado y ya estemos en el Estado Corporativo. Hemos tirado la puerta giratoria para que sea más cómodo el tránsito entre lo público y lo privado.

También decía:

La pregunta que yo me hago es cómo pueden encontrarse todavía candidatos para una actividad tan vilipendiada, dura, competitiva, discontinua, escrutada y poco comprendida.

La historia de Ángel Carromero es ejemplar. Desde los 23 años, es cargo de confianza del Ayuntamiento de Madrid. Sus ingresos rondan los 50.000 euros al año. Más que un médico o un profesor universitario. Su repatriación tardó medio año, cuando la media que tienen que esperar los presos españoles en el extranjero es de dos años. Durante su estancia en prisión con condena firme, el Ayuntamiento siguió ingresando su sueldo. El Ayuntamiento de Madrid gasta 10 millones al año en más de 200 cargos de confianza elegidos. Esa cantidad equivale prácticamente a lo que el Ayuntamiento gastará en 2013 en fomentar la creación de nuevas empresas, y supone casi el doble de lo que se dedicará a los museos municipales o a ayudar a buscar empleo a los 254.700 parados de la capital.

Creo que Innerarity ya tiene su respuesta. Dame pan y dime tonto es un fundamento moral con larga tradición en España.

Y llegamos al meollo, la desafección.

A lo que estamos aludiendo cuando tomamos nota de la desafección política es a la crítica hacia cualquiera que esté desempeñando esa tarea (“todos son iguales”, etcétera) y aquí el problema adquiere una naturaleza más grave. […] En cualquier democracia asentada hay multitud de representantes políticos que realizan honradamente su trabajo, pero solo es noticia la corrupción de algunos.

La generalización no se hace desde fuera, sino desde dentro. Unos son corruptos, pero los demás callan y, cuando la corrupción es noticia, los partidos se dividen entre los que defienden numantinamente al corrupto y los que optan por el silencio. La aquiescencia interior es granítica. Todo el mundo asume que, en la política, puede haber el porcentaje de delincuentes, lo que es extraordinario es la creación de una zona de impunidad, una red a la que nunca le pasa nada.

Cuando hace varios años salió la trama Gürtel, no hubo nadie importante dentro del PP que dijera esto es una vergüenza y todo el que haya cogido dinero tiene que dimitir. Nadie. Unos se unieron a la teoría de la conspiración de la secretaria general y otros, como Lassalle, optaron por el silencio; cómplice, como suelen ser los silencios. Cuando hace algunos días estalló el caso Bárcenas, tampoco nadie optó por la autocrítica. Tampoco ha habido respuesta de la Fiscalía o de la Policía. Y eso es lo que se señala desde fuera y, por eso, se generaliza.

Es obvio que la desafección aumenta por la situación de crisis. Hace años, todo el personal disfrutaba del dinero producto de la ausencia de control y, con perdón, moral. Ahora, que ese modelo ha quebrado, la desafección política es solo la codificación del cabreo por la impunidad. Hay gente a la que todavía no ha tocado la crisis y es algo que, para un país que camina a la miseria, se hace insoportable.

Pero ese cabreo solo es una reacción. El movimiento principal es desde dentro de la política. A la clase dirigente le ha podido el miedo a corto, perdón por repetirme, y se ha obsesionado con la impunidad, económica, social y jurídica. Es decir, no verse afectado por la crisis: colocarse en algún puesto, llevarse dinero, comprar cosas, bloquear investigaciones, sobreseer casos, indultos, etc. Esa discrecionalidad es la antipolítica. Mientras tanto: eres, despidos baratos, obstáculos a cualquier subsidio, deshaucios, reducción de becas, subida de tasas, etc. Es decir, políticas antipersona. ¿Qué respuesta cabe esperar?

Poner el foco en la ciudadanía, como hacen Lassalle e Innerarity, es detener al niño que dijo que el Emperador iba desnudo. La respuesta ha de salir de dentro porque los regímenes se joden en el interior. En su libro El poder y el delirio sobre Hugo Chávez, Enrique Krauze descubre que, de entrada, el comandante no tuvo que cambiar muchas leyes, solo aprovechar los mecanismos que había puesto en marcha el bipartidismo previo para controlar el descontento y tapar la corrupción.

PD: Innerarity tiene un gran final: “Es imposible que unas élites tan incompetentes hayan surgido de una sociedad que, por lo visto, sabe perfectamente lo que debería hacerse”. Lo que hay es lo que se ha votado. En todas las elecciones, hay muchos taquitos con papeletas. No solo dos. Pero se equivoca en una cosa. A la gente que rodea el Congreso le interesa mucho la política, mucho. Tanto, que quieren cambiarla.

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