La madrileñización de La Vanguardia

El problema de la prensa española viene del franquismo. A pesar de lo que se suele pensar, es un fenómeno que no tiene que ver con la ausencia de libertad de expresión, sino con el funcionamiento estructural. Cuando el resto de Europa veía nacer sus sistemas de diarios modernos, aquí teníamos el parlamento de papel, un conjunto de diarios que eran órganos de expresión de las diferentes familias de la dictadura: monárquicos, católicos, falangistas, militares, etc.

Su objetivo no era tanto la defensa de sus ideas, sino de las personas defensoras de esas ideas; es decir, su pelea no era establecer el marco mental o la principal corriente de pensamiento, sino lo mesurable, los despachos. Cada diario buscaba cortar las cabezas de los enemigos y promocionar a los suyos. Así, no había línea editorial porque esta podía cambiar dependiendo de las circunstancias, sino campañas concretas con objetivos concretos. A por fulano, hasta que caiga, o hay que colocar a mengano en este ministerio.

Este sistema se extendía a la financiación. El dinero entraba a través de publicidad institucional, que era toda por la ausencia de libertad de empresa, grandes paquetes de suscripciones y óbolos directos a través de subvenciones o deducciones. Tener que responder ante el lector o el anunciante es el principal equilibrio de los sistemas modernos de medios de comunicación y su ausencia, como en España, siempre es nociva.

Los dos principales nombre de este sistema fueron Emilio Romero y Luis María Anson, mentores de Juan Luis Cebrián y Pedro José Ramírez, que perpetuaron la estructura, aunque limitada a Madrid.

A partir de la Transición, Grupos como Joly, Prensa Española o Vocento y miles de buenos profesionales han logrado establecer en sus territorios un sistema de prensa bastante más moderno que el madrileño. Son empresas rentables y El Norte de Castilla, Levante o La Vanguardia son diarios más europeos que los de Madrid. La Opinión de Zamora, aunque no se lo crean, tiene una línea editorial más independiente que La Razón, ABC o El Mundo.

En la Corte, donde el dinero, pervivió soterradamente el parlamento de papel. Primero, monopolizado por Cebrián y, después, en pugna con Ramírez. Recordemos las características de este sistema: financiación institucional, irresponsabilidad ante el lector, carencia de línea editorial y pelea por los cargos. Se renunciaba a explicar el mundo, los hechos, en beneficio de los objetivos concretos.

Los ejemplos de todo lo anterior son innumerables. El País se cargó a Borrell para poner a Almunia y las páginas de latinoamérica de  este diario responden a los intereses empresariales de la empresa editora; personas con vinculación política manifiesta han firmado páginas de opinión. Para ABC, abuchear a un cargo del PSOE es la justa ira, pero abuchear a un cargo del PP es atacar a la democracia. Parecen insultos a la inteligencia del lector y lo son, pero la prensa madrileña se dirige a militantes, no a lectores.

Como lector, llevo años leyendo La Vanguardia, que ha logrado ser el mejor diario estatal. Sin embargo, estamos asistiendo a un fenómeno curioso: su madrileñización.

Hace diez años, por poner una fecha, era el principal diario europeo del kiosko. Tenía una línea editorial que no estaba vinculada a ningún proyecto político concreto. Podía posicionarse tras analizarlos, pero una cosa es particiar de una opción y otra, implicarse. En los huevos con bacon, la gallina participa; el cerdo se implica. Hoy, La Vanguardia está implicada en un proyecto político concreto. No hay análisis, sino pelea

No hay un punto de inflexión. Seguramente, la evolución estuvo relacionada con la asimilación de que era necesario volcarse en el cambio de gobierno autonómico y, después, estatal para solucionar las diversas crisis. La Vanguardia renunció a explicar el mundo y se vinculó a proyectos políticos concretos. En una extraña pinza, muy madrileña, el diario que publicó el editorial sobre la sentencia del estatut se vinculó al partido que promovió el recurso sobre el estatut para desgastar a los gobiernos, autonómico y estatatal, que promovieron el estatut.

Una vez logrado el objetivo político, se trataba de influir en el nuevo gobierno y La Vanguardia actuó de mensajero. Se recordó a Rajoy que La Vanguardia había sido el principal diario en apostar por él en el proceloso 2008 (el editorial No se vaya, señor Rajoy). En lugar de explicar el mundo o de plantear un proyecto político, se evolucionó hasta ser una portavocía. El nuevo gobierno no escuchó.

Para salvar la sordera, se optó por aumentar el ruido y el partido político del Govern optó por un salto adelante que unía groseramente el futuro del país con su proyecto político concreto. La Vanguardia, mejor dotada intelectualmente, se puso a la cabeza para dar forma al mensaje: un ordago, Hor Dago, palabra vizcaína muy usada en sus páginas para explicar la política madrileña. La prensa madrileña cogió el guante y se situó en el otro bando. Todo se madrileñizó, golpe por golpe, mensaje por mensaje. La Vanguardia, finalmente, ha pasado de explicar el mundo a contestar a El Mundo.

Es muy complicado salir del parlamento de papel, de los pasillos, de la pelea, porque, cuando se toma la decisión de salir, de apartarse un poco para volver a mirar las cosas con otra mirada, la periodística, siempre queda algún golpe por responder, algún duelo pendiente; la cla puede gritar “cobarde”. El ruido solo dura un instante.

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