Partisanos de nuestra miseria (La lucha de clases explicada desde un taller literario)

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Se precisa docente de creación literararia y literatura para diversos talleres en centros culturales de Madrid capital.

1. CC Buenavista: lunes de 10 a 12, curso de Club de Lectura (lectura y crítica literaria); de 12 a 14, curso de Literatura.
2. CC Puerta de Toledo: lunes y miércoles de 19:30 a 21 horas, Creación Literaria.
3. CC Valle-Inclán: martes de 17:30 a 19:30, Creación Literaria.

Por estos 4 cursos (7:30 horas semanales) se ofrece un salario fijo mensual (no se descuentan festivos) de 303,20 ¤ brutos mensuales.

Hagamos cuentas. Hay que restar la retención a profesionales que, tras la última subida, es del 21%. Son 63,7. Quedan 239,5, a lo que, seguramente, habría que restar material y el transporte porque son tres puntos de Madrid diferentes, pero seamos positivos y supongamos que el material lo aportan los centros culturales. Nos queda el transporte, donde no cabe el optimismo. Son ocho viajes cada semana, 32 viajes al mes, tres abonos y pico; para redondear, 39,5. Nos quedan 200 euros por 7:30 horas a las semana, que son 30 horas al mes. 6,6 euros por hora, a lo que habría que añadir por el tiempo empleado en preparar la clase o en desplazamientos. A estos 200 euros hay que recortar todas las tasas indirectas que afecten al candidato, idénticas a las que paga, por ejemplo, el dueño de la empresa concesionaria.

Sigamos. En el curso de Valle Inclán, por ejemplo, el profesor cuesta a la empresa 67,36 euros al mes. No he encontrado la cantidad que cuesta el curso, pero sí que se cobra porque se afirma que el  último día de pago es el 26 de julio. Si hay 10 alumnos, cifra normal, que pagan 50 euros al mes, cantidad baja para un taller, pero posible para un curso  municipal, son 500 euros. Habría que eliminar, quizá, algún tipo de pago por uso de infraestructuras; pero, teniendo el cuenta que se trata de locales municipales y talleres organizados por el  Ayuntamiento, es probable que este pago sea cero. Se ofrecen cuatro cursos: 2.000 euros brutos al mes.  Quitando la retribución del profesor, son 1.730,56 al mes de saldo positivo bruto para la empresa de gestión cultural (20.766,72 al año). No sabemos cuánto paga al Ayuntamiento por la concesión, pero tampoco si el Ayuntamiento le da algún tipo de canon por alumno.

Sí podemos calcular lo que representa en este saldo la retribución del profesor, la fuerza de trabajo, según los marxistas; el valor añadido, según los posmodernos: 15%. El que pone el esfuerzo, el conocimiento y el trabajo es el 15%. El que pone los contactos y el saber hacer para llevarse la concesión, el 85%. Ambos pertenecen a una clase diferente, pero sólo el segundo lo sabe.

El proceso que ha seguido el Ayuntamiento de Madrid ha sido el siguiente. Existe un cuerpo de docentes o animadores vinculados al área de cultura del Ayuntamiento. Normalmente, es gente con formación y que ha accedido al puesto pasando por algún tipo de filtro abierto y cuya vinculación es contractual y reglada. La empresa pública contrata de forma fija atentiendo a su convenio: salarios de 15.000 euros al años más gastos sociales (seguridad social, desempleo, etc.) y, quizá, algún tipo de beneficio relacionado con servicios públicos, como descuentos en el transporte.

Llega la crisis. El Ayuntamiento contrata a nuevos cargos de confianza, sin filtro, para la racionalización de los servicios. Esos cargos de confianza contratan a su vez, por concurso de urgencia, a una consultora que elabora un plan de racionalización de los servicios. La conclusión imaginativa es echar a gente. El Ayuntamiento despide a los docentes y saca a concurso la concesión. A diferencia de la oposición, filtro abierto y transparente, el concurso es un filtro cerrado y opaco: no todo el mundo tiene acceso.

Lo más probable es que, tras el shock inicial, sea el propio docente quien gane la oferta y acepte pasar de 1.000 euros al mes a 200. También es probable que, tras la indignación incial, los alumnos no le den importancia a nada. Quizá antes no pagaban y ahora, sí y, además, les han subido los impuestos (el valor del producto se ha disparado). Por lo menos, siguen teniendo el curso e, incluso, es probable que con el mismo profesor. Si no es así, y la calidad baja, se achacará a la desidia del nuevo profesor. La cultura del esfuerzo, se dirá. La transferencia de renta es clara entre los productores (profesor y ciudadanos que acuden a sus clases) y élites extractivas (cargos de confianza, consultora y concesionaria, etc)

Para la institución pública, el negocio parece redondo. Pierde un coste fijo, el empleado, y gana un ingreso, la concesión; además de los nuevos cargos de confianza y el coste de la consultora. Menos empleados, menos preocupaciones, en línea con los valores de la cultura del esfuerzo. La cuestión es si al Ayuntamiento le interesa dejar de existir y lanzar el mensaje de que estaba haciendo una cosa innecesaria, que la calidad de la formación pública es una cosa innecesaria y que él mismo es innecesario porque todo puede ser subcontratado. Tampoco sé si a las instituciones les interesa que la sociedad experimente una devaluación tan fuerte. El nivel de gasto de una persona que cobra 200 no es el mismo que el de una que cobra 1.000 y, si no hay gasto, no hay consumo y, si no hay consumo, no hay sociedad de consumidores.

Este proceso se llama sistema maquila. Una empresa privada, Nike o Apple, solo acoge en su sede una alta dirección. y, quizá, innovación y comunicación. Todo lo demás se subcontrata a través de empresas, habitualmente, situadas en países sin regulación laboral, zonas de sombra. Los trabajadores no tienen ninguna capacidad de coerción porque no existen, no son visibles. Si se deciden tener voz, el sistema permite trasladar la producción con agilidad y vuelven a dejar de existir. En un principio, el sistema se estableció entre Canadá y EEUU con México, pero ya está globalizado. Si en Honduras quieren cobrar más de un euro al mes por coser botas, se traslada la producción a Filipinas.

Como era de esperar, el proceso se ha extendido. Ya no solo son grandes multinacionales, sino instituciones públicas y empresas medianas o pequeñas y, lo más interesante, las zonas de sombra aparecen dentro de los países sede. Ya no es necesario irse fuera porque el coste salarial ha descendido drásticamente. Una empresa es un logo, una alta dirección y un grupo heterogéneo de subcontratas y autónomos.

El proceso de los talleres de escritura del Ayuntamiento de Madrid es el modelo de los servicios públicos. Hoy, nos parece imposible que la enseñanza de la Complutense pueda subcontratarse a una empresa externa o que los hopitales tengan médicos que cobren por consulta u operación. Seguro que, hace años, los 200 euros también nos parecían imposibles.

No estamos hablando de desequilibrio en el reparto de los recursos, no se trata de caridad hacia los débiles o los desfavorecidos. Se trata de élites extractivas que utilizan todos los resortes para captar las rentas de los productores. El principal es el cambio en el modelo de tributación: de impuestos proporcionales, directos y controlables a tasas indirectas, extractivas y discrecionales. Son élites extractivas que construyen zonas de impunidad siguiendo el modelo de las zonas de sombra sin regulación laboral. Los derechos legislados y tutelados dejan de existir; ese es el objetivo de, por ejemplo, los cambios legales sobre el derecho de reunión o, más evidente, el sistema de tasas judicial. Son élites extractivas que no se constituyen a través del esfuerzo, sino de las transferencias de renta. Un ejemplo: en la ciudad de Alcorcón, una multinacional ha quedado exenta de pagar el impuesto de bienes inmuebles; el resto tendrá una subida cercana al 100% en los próximos años. Otro ejemplo: en la ciudad de Alcorcón, 300 trabajadores municipales van a tener una reducción del 50% de empleo y sueldo y 60 serán despedidos; 51 cargos de confianza cobran una media de 60.000 euros.

El proceso es imparable porque está asumido por toda la sociedad. No es una cuestión de partidos políticos, sino de pensamiento global; no es una partida concreta, sino las reglas de juego. No se trata de los discursos, sino de los conceptos que se usan. No se puede hablar de la gravitación universal cuando todo el mundo tiene claro que la tierra es plana.

La solución pasaría por recuperar el equilibrio perdido entre los grupos sociales. Para llegar a ese punto, hay dos caminos, el largo y el corto. El primero requiere un cambio en la hegemonia cultural, una modificación de las reglas de juego, entender que la tierra no es plana y que gira sobre sí misma y alrededor del sol. A partir de ahí, se puede entender la gravitación universal. Se trata de un tránsito largo y que requerirá que los productores tomen conciencia de serlo y creen nuevos resortes de equilibrio. Confiar en la recuperación de los viejos, como la legislación o las instituciones colectivas, es una lucha inútil. No se trata de resistir, sino de atacar. Será un camino lento; es probable que no lo veamos.

El otro camino, el rápido, pasa por la eliminación de zonas impunidad, la desaparición de espacios ajenos al sufrimiento, la extensión de la crisis a todos los ámbitos y revertir las transferencias de renta. El proceso actual se produce, como todos en los primates, por un desequilibrio en la capacidad de coerción. Los productores la han perdido, mientras que las élites extractivas, gracias a la globalización económica y, sobre todo, a su hegemonia cultural, la han acumulado. Hay que recuperar la capacidad de coerción, ser de nuevo visibles porque, sin existencia, no hay derechos; sin voz, no hay palabras.

Evidentemente, se tratará de un proceso con conflicto porque nadie acepta ceder recursos sin coerción, pero no es una llamada a un estallido concreto porque todos son inútiles. Se trata de compensar la violencia que las élites ejercen con la misma contundencia y sistematicidad. También, usando los resortes institucionales. Todo el mundo se debe sentir implicado por la crisis. No puede haber zonas de impunidad. Es necesario tomar conciencia de que se trata de una lucha constante, que no basta con un día, hay que hacerlo todos los días, palabra por palabra, casa por casa.

Habrá que ir al monte, claro, a buscar a las empresas concesionarias, a las altas direcciones a los cargos de confianza. Habrá que ir al monte a buscar a los partisanos de nuestra miseria. Ya no es lucha de clases. Estamos en guerra, pero solo ellos lo saben.

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