La amargura y el cabreo

Se habla poco de Escocia. Incluso, en Barcelona. La Vanguardia le ha concedido un espacio limitado y, sobre todo, ha evitado unir destinos. No hay vidas paralelas. No se ha buscado poner el espejo de Londres ante Madrid para forzar al Gobierno a aceptar la consulta sobre la independencia. No se ha buscado poner el espejo de Escocia ante quienes afirman que no hay sitio para nuevos países en la UE y que todo cambio en las fronteras es imposible, que es España o la nada. No tenemos ningún motivo para pensar que hemos llegado al fin de la historia y que estas entidades administrativas van a pervivir eternamente. Las fronteras cambiarán, como lo han hecho siempre, unos países desaparecerán y otros verán la luz bajo las formas de organización que hemos conocido o con otras; vaya usted a saber. Aunque, ojo, para poder, primero hay que querer. Catalunya quiere plantear una consultasobre el derecho a decidir; Escocia decide y punto.

La explicación de que no se haya ofrecido el relato de vidas paralelas es que la solución escocesa es muy fría: referéndum a fecha marcada con una pregunta muy simple y condiciones claras. Ofrece realidad a un relato emotivo, algo siempre desaconsejable, una fecha a una profecía, un presupuesto por hacer más allá del arco irís, una hora de llegada al puerto de Ítaca. La solución británica es aséptica y ordenada porque, allí, el problema territorial tiene esas características. Hace tiempo, el Scottish Party abrió una web sobre la posible independencia y prácticamente todas las preguntas que había eran administrativas; nadie se cagaba en el cadáver de William Wallace. La cuestión territorial española no es aséptica ni ordenada porque no se basa en la razón; es exhaltada y bulliciosa porque se basa en sentimientos. Por eso, es probable que la metáfora del timo para explicar el actual estado de tensión territorial sea demasiado simple porque, además de presuponer una inteligencia difícil de encontrar, no tiene en cuenta el factor emotivo. No podemos olvidar que el motor de El Golpe no era el dinero, sino la venganza.

La relación de Catalunya con España… Un momento. ¿Se puede simplificar así? No. La relación de las élites (políticas, económicas y culturales) asentadas en Barcelonan con las élites (políticas, económicas y culturales) asentadas en Madrid ha sido de regeneracionismo, incluso antes de que esta palabra se inventara. En los últimos dos siglos, Catalunya (usemos la metonimia de aquí en adelante) ha ofrecido a España proyectos, modernización, ideas, renovación; en una palabra, regeneracionismo. Desde las sociedades económicas de amigos del país del XIX hasta la la entrada en la UE, coincidente (marco mental) con los Juegos de Barcelona, pasando por el plan de estabilización de Franco o el de los 90. Las relación de las élites españolas con las élites catalanas ha sido una una mezcla de admiración e insulto. No es una combinación extraña porque el castellano adquirió con la contrarreforma la fe en la razón de la fuerza y, como dijo Machado, desprecia cuanto ignora. En Catalunya, la autoimagen de superioridad moral, más que el rendimiento material, enjugaba el posible dolor de ese desprecio.

El problema que tenemos es que esa relación se ha roto simultáneamente por varios sitios. Catalunya ha perdido liderazgo, músculo, fuelle, como quiera llamarse, y ya no es una referencia imprescindible, ya no es la puerta de entrada de las ideas, Barcelona ya no es la ciudad más europea (ojo, frase reducida a chascarrillo chanante). El análisis es complicado porque, ante cualquier situación, los católicos (todos los somos, incluidos los que también somos ateos) buscamos la palabra culpa y volvemos al ruido que impide pensar.

Catalunya ha perdido importancia quizá por la ausencia de grandes objetivos colectivos (el último, el Fórum, la globalización vista desde la antiglobalización o viceversa), quizá por el ensimismamiento de la construcción nacional, quizá por la debilidad de las cuatro últimas legislaturas, quizá por el cansancio que provocó la guerra por el Estatut (en la oposición, la derecha no pelea por nada, destruye y punto), quizá por el nuevo sistema autonómico multipolar que ha creado 17 sistemas con redes propias, quizá porque Ryanair permite viajar desde Valladolid, Santander o Granada a Londres por menos dinero de lo que cuesta un billete a Barcelona o quizá por factores cíclicos o azarosos que se nos escapan. Barcelona, dice un amigo, ya no compite con París o Berlín, sino con Valencia o Bilbao. Hay decepción, frustración, pesimismo o desesperanza; sentimientos, en definitiva. La idea estaba en el ambiente, pero la alarma saltó, aunque cueste creerlo, el 15-M. No sólo porque fuera Madrid el origen del movimiento, sino porque fue aceptado sin proporcionarle un carácter propio. Barcelona imitaba a Madrid.

A la lista anterior, hay que añadir la explosión del Gran Madrid (Madrid se nos va, dijo Maragall). Operación, o improvisación, realizada gracias al dinero público (presupuesto públicos y cajas de ahorros), desde las infraestructuras radiales a las zonas industriales o los PAUs. Madrid no sólo ha engullido toda la meseta central, por acción u omisión (AVE u olvido), sino que su poder de atracción gravitatoria se deja notar en incluso en Valencia, convertida en el nueva alternativa a la Sierra tras su sueño veneciano. El mapa ferroviario se transformó en marco mental y el Gran Madrid se ensimismó viéndose en el centro de todo. Uno ya no proponía y el otro no escuchaba. También se cerraron otras vías por la dimisión de quienes antes se situaban en medio de la lucha emocional de las élites; grupos fuera de la derecha que tenían en Catalunya el antiguo referente de modernidad. Fueron expulsados hace dos años. Después desgañitarse en círculos públicos o privados, vieron cómo las élites catalanas abrazaron a quienes habían sostenido que eran poco menos que nazis. Ya no se volverían a poner en el medio. No lo están haciendo. Se construía, lo dije hace un año, un horizonte de sucesos emotivo: una hipersuperficie frontera del espacio-tiempo, donde los eventos a un lado de ella no pueden afectar a un observador situado al otro; qué poética es la física.

Y hay que completar el cuadro con la sensación de desesperanza aportada por el propio Mas, pionero en el suicidio social. El nuevo Govern, con numerosa presencia de las escuelas de negocios, ha aplicado tres tandas de recortes basados en el consenso neoliberal que, como ha sucedido siempre en todos los lugares del mundo, han abierto el camino de la miseria y la tensión social. Crece el grupo de gente que no tiene nada que perder ni que ganar. Se propone dignidad y aguante, pero, en las aldeas protestantes, todos visten de negro y los Millet o Prenafeta visten una cinta blanca; no son defendidos. El mensaje no es coherente. La autoimagen es cada vez más borrosa.

Pese a la pérdida de liderazgo, a Catalunya le quedan resortes; por ejemplo, un club deportivo, un grupo financiero o un grupo parlamentario. La pasada legislatura, cuando la crisis comenzó a apretar, volvió a hacer un ejercicio regeneracionista ayudando al gobierno de Zapatero a aplicar las primeras medidas de suicidio obligadas por Alemania, en lugar de apostar por el caos del PP. Ofreció también su colaboración para, como en el 93, confeccionar un plan económico que sirviera para ambos gobiernos y facilitara la transición. El Gran Madrid no escuchó. Zapatero se centró en gestionar su paso a la historia y Rajoy dio el partido por ganado; además, pensaba, los intereses son coincidentes, todos somos la CEDA. Antes de las elecciones, La Vanguardia, que había hecho un duro trabajo de humanizar al PP, recordó a Rajoy que, en su momento, había sido el diario más importante en apostar decididamente por él como líder de la derecha española frente a la operación Aguirre. Ni por esas. Catalunya enviaba mensajes. Por ejemplo, el famoso editorial o la gran sensibilidad ante las muestras de afecto que le llegaban del Vaticano, diferenciádolo muy bien de la Conferencia Episcopal Española, otro actor del Gran Madrid.

Tras las elecciones, más incomunicación. La clave estuvo en Bankia, financiadora de la explosión del Gran Madrid y de la Valencia Veneciana. Catalunya (élites barcelonesas, insisto) vio cómo se despreciaba a La Caixa como solución (¿qué esperaban?, ¿no recordaban el antes alemana que catalana?) y se prefería dejar estallar una bomba a ceder los mandos; la voluntad de poder del Gran Madrid optaba por el desastre, el rescate, y que la factura, no sólo económica, fuera compartida, antes que perder importancia. Por ese pozo fecal se irá buena parte de lo que nos rodea y de lo planeado; desde los servicios públicos a las infraestructuras, como el famoso corredor mediterráneo, alternativa económica y mental al sistema radial. El norte y el noroeste, sus últimos tentáculos, no peligran. La conclusión es obvia: no sólo nos desprecian, sino que nos hunden. A la decepción, frustración, pesimismo o desesperanza, sentimientos introspectivos, se unen la indignación o el cabreo, sentimientos proyectables. Después, el fondo autonómico. En lugar de optar por la formula mutualizadora que se defendía fuera, se jugó con posibilidades que introducían un factor más emotivo que administrativo, la intervención. Se dio marcha atrás, pero el mal estaba hecho.

Llegamos a finales de agosto. Elecciones en Galicia y País Vasco. Era lógico pensar que, para evitar hablar del rescate otoñal, los recortes sociales, la extensión de la miseria o la destrucción del centenario sistema financiero gallego, la CEDA buscaría hablar de banderas; prepararía una puesta en escena para que el debate se centrara en la cuestión territorial: pedir el voto contra ETA en Porriño. Catalunya tenía un papel menor en la escenografía con una manifestación el 11-S. Los sentimientos acumulados (decepción, frustración, pesimismo, desesperanza, indignación o cabreo) se desbordaron. La manifestación logró que la autoimagen comenzara a dejar de estar borrosa y, además, encauzó la tensión social ofreciendo un culpable exterior y recuperó la calle, perdida en los últimos años. Ante la falta de respuesta (salvo en los medios orgánicos) por otras preocupaciones, creció la escalada hasta que el tema, un mes después, es de lo único que se habla (le ha costado). Hace dos años, La Vanguardia, advertí­a sobre la amargura y el cabreo constituidos en entidad polí­tica. Ya se ha producido.

Es complicado hacer previsiones. Si esto fuera en serio, CiU rompería esta semana todos sus múltiples pactos municipales con el PP y comenzaría contactos con Escocia para abrir una oficina en Bruselas para diseñar y negociar las transiciones. Trataría de unir destinos poniendo a Madrid ante el espejo de Londres. Además, claro, de ir buscando apoyos más allá de la emotividad. No es probable que suceda lo anterior. Lo primero, quizá, y sólo en lugares simbólicos como la alcaldía de Badalona, pero lo segundo, no. El objetivo no es la independencia porque sería un proceso exhaltado y bullicioso con consecuencias económicas y sociales imprevisibles. El objetivo, tras la victoria electoral, es la recuperación de la autoimagen, la redefinición del sistema España hacia la desautonomización para que Catalunya no sea sólo una entre 17, para que vuelva a ser regeneracionista e intervenga en las decisiones.

Probablemente, la estrategia tiene dos modelos, el vasco y el andaluz. Euskadi, violencia aparte, siempre se ha manejado en el terreno del órdago, el Or Dago, ahí está, expresión vizcaína que combina la fanfarronada con el amor por las apuestas; Andalucía tiene fama de terreno movedizo desde que fue el Waterloo de Adolfo Suárez y su UCD. La primera tiene un concierto económico y la segunda es una nación a efectos legales, las dos cuestiones que fueron emasculadas del Estatut. Catalunya irá navegando en el órdago y no se conformará con volver a influir en las decisiones, sino que buscará una cabeza que cortar. Queda saber cómo se gestionarán las expectativas, las ilusiones, las esperanzas, cómo se vuelve a situar el barco en medio del océano, otra vez camino de Ítaca. El PSC está hundido porque prometió un salto en el bienestar y otro, en el encaje en España que se frustraron por la crisis y el Constitucional. No basta el ‘ya se verá’. Hará falta mucho músculo comunicativo para embridar esta situación. Hay situaciones creadas que son irreversibles, muros construidos, puentes derribados, incomunicación, horizontes de sucesos. Y, sobre todo, será difícil reparar el daño intelectual producido.

1 comentario sobre “La amargura y el cabreo”

  1. gormenghast dijo:

    un articulo muy desarrollado pero “ple” de un sentimiento de inferioridad ante la gran catalonia que no se si da pena o miedo

    uno que lleva viviendo aca como diez años no reconoce ni una sola de las tan cacareadas virtudes de las que hace gala el articulo a este pueblo
    no he visto mas zafiedad, incultura, provincianismo y catetismo que en la ciudad de los milagros
    y eso combinado con quizás la izquierda mas dolorosamente exquisita, clasista y pija del orbe mundial con permiso de los demócratas de hollywood y la gauche divine parisina componen un escenario pa salir corriendo

    de estos no aprendemos mas que lo que no hacer…empezando por el forunculo ICV-EUIA marikon.com

    y a pesar de todo el problema sigue llamandose Madrid aunque nadie se atreva a mencionarlo, ese modelo parisino-bonaerense, agujero negro de kriptonita hormigonera para el resto de regiones/naciones ( que si no alguno se me cabrea,,)
    y hasta que no se desarbole ese tumor espantoso y se vaya a una cosa entre la RFA y el centro norte de Italia con multiples capitales socioeconomicas y una sede administrativa -politica no acabaremos con el problema

    y lo demás está de más

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