Las empresas tienen que ganar dinero (y lo dice un comunista)

El Banco de España dice que el problema son los márgenes de beneficio y ha pedido a las empresas que los sacrifiquen para no destruir más empleo. Todo el mundo, o casi, se ha felicitado por esta decisión, aunque es manifiestamente errónea. El problema no son los márgenes empresariales (y lo dice un comunista), sino la presión que existe sobre ellos por parte del sistema financiero y, más concretamente, de los elementos más improductivos del sistema financiero. No hablamos de bancos tradicionales, sino de instituciones de inversión, analistas, gestores de fondos, agencias de calificación y prensa especializada. Elementos parasitarios que no sólo no producen nada, sino que joden a quien sí lo hace.  Hace tiempo que dejaron de ser el avituallamiento del sistema productivo; controlan el dopaje y las apuestas. Aunque nos parezca difícil de creer porque pensamos que las multinacionales son todopoderosas, están sometidas a la misma presión vampírica que el sector público. Incluso, también, hasta su destrucción.

El problema no son los márgenes de beneficio, sino que éstos tienen que realizar una progresión geométrica. Es decir, las cifras no tienen que ser buenas, sino mejor que el período anterior en porcentaje. Una buena cifra de facturación o, incluso, de beneficios, puede ser despreciada si no representa una mejora porcentual significativa. Se trata de una escalada suicida fácilmente comprensible. Dentro de la vida en pareja, dos polvos semanales de tres cuartos de hora cada uno es una cifra razonable. Pero, si un agente externo nos obliga a que cada semana aumentemos el porcentaje en un 20%, podemos acabar teniendo que echar unos siete diarios, cifra que, se mire como se mire, es desmesurada. No hay tiempo para que sean de tres cuartos de hora, luego hay que bajar mucho la calidad y, después, el cuerpo da lo que da, luego habría que subcontratar o, aún peor, deslocalizar. O, quizá, fusionarse. O, también, despedir y pasar del coito al onanismo (por ejemplo, lo está haciendo Juan Luis Cebrían en Prisa). La presión externa terminaría por hundir el ya maltrecho colchón. En el caso de las empresas sucede algo muy similar. La presión externa para que los beneficios aumenten geométricamente provoca todas estas decisiones, subcontrataciones, deslocalizaciones, fusiones o despidos (ahí ganan dinero los parásitos que asesoran o gestionan los movimientos de dinero), que destruyen la solidez que debería tener el sector productivo. La gestión queda reducida a la aplicación de recortes y se produce una feudalización de la empresa: estratos con gran diferencia de privilegios con fuerte tendencia al conservadurismo: los de arriba no quieren perder su estatus.

A la presión geométrica se une la de la periodicidad. Las empresas tienen que ofrecer sus balances trimestralmente, algo absurdo porque es imposible analizar decisiones estratégicas en noventa días. Ni siquiera sirve para analizar la marcha de un kiosko de prensa o una panadería; ya no digamos Telefónica o Nokia. Es un lapso que sólo es útil a los que no hacen nada, a los  parásitos. Las empresas no pueden centrarse en nada porque cada tres meses son destripadas de un plumazo y, una mala decisión, puede ser la muerte; Nortel, por ejemplo. Las empresas cambian de CEO con una facilidad que, cada día, se acerca más al terreno del deporte (HP ha tenido más consejeros delegados en los últimos años que muchos equipos de la NBA) porque el cambio provoca la euforia de la posibilidad. Pero una vez que la posibilidad se concreta y el nuevo CEO toma decisiones en base a su idea, la euforia desaparece y, habitualmente, deja paso a la decepción. Si la empresa cede a la presión externa y cambia de CEO, su sustituto desanda el camino del anterior para emprender otro, con el coste que conlleva (beneficioso para los parásitos), que será igualmente decepcionante en cuanto se pase la euforia. No hay examen, sino sentimientos, expectativas, burbujas, humo, especulación, nada, en definitiva. La inversión, la investigación, la creatividad o la audacia estén proscritas. Todo ello provoca una bajada generalizada de la calidad; todo es de bajo coste, todo es una ñapa. Aunque cueste creerlo, estamos en unos años de fuerte parón tecnológico y lo que nos queda.

El problema no son los márgenes, sino la presión que existe sobre ellos. Las empresas tienen que ganar dinero (y lo dice un comunista) porque es parte importante de nuestro modelo. Ese dinero sirve (o servía) para pagar impuestos, para convertir ese dinero en masa salarial, para invertir en investigación, para crear subsistemas productivos, etc… Actualmente, la presión parasitaria del sistema financiero hace que ese dinero se detraiga de esos objetivos y pase, a través del chantaje (malas noticias, bajas calificaciones, ataques especulativos, espirales negativas) o la gestión de la incertidumbre (subcontrataciones, deslocalizaciones, fusiones, despidos o cambios de estrategia), al sistema financiero, donde desaparece en medio de bonus alcaloides y festivas burbujas.

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