Más Marats que Cordays

José María Lassalle publicó ayer en El País un magnífico artículo titulado Antipolítica y multitud. Modélicamente escrito y fundamentado, salvo que cae en la Ley de Godwin, sostiene la preponderancia de las instituciones democráticas (como ente activo, aspecto que no siempre se tiene en cuenta) frente a una supuesta legitimidad autootorgada de la masa, llamada pueblo o nación. Dice, por ejemplo: “Sustituir la institucionalidad deliberativa por el griterío de la población no es democracia, como tampoco lo es defender que la voluntad de un pueblo está por encima de las leyes”, “se tergiversan los defectos que objetivamente pesan sobre nuestras instituciones para transformarlos en sistémicos y deslegitimar así la raíz misma de su vigencia moral” o “una masa (h)alagada por demagogos mediáticos cuyo objetivo era entonces, como ahora, el mismo: desposeer a la democracia parlamentaria de su soporte formal y, de paso, debilitar su legitimidad al cuestionar su fundamento como el gobierno de las leyes y no de los hombres. De ahí que no extrañe cómo la antipolítica organizada repita a través de sus francotiradores que el pueblo es una comunidad virtuosa per se que está por encima de la ley y de sus representantes; especialmente si éstos han sido previamente caricaturizados como una clase parasitaria y prescindible debido a la indignidad de su comportamiento y la falta de merecimiento para desempeñar ejemplarmente su función de representación” o “el buen gobierno solo puede ser aquel donde gobiernan las leyes que los hombres se dan a sí mismos con la voluntad de respetarlas”.

Es una pena que El País lo haya publicado tan a destiempo porque seguro que Lassalle escribió este artículo hace años, cuando varios miembros destacados de su partido frecuentaban la idea de que estábamos ante un  cambio de régimen y que, por lo tanto, cabía la rebelión ante el cumplimiento de las leyes; rebelión cívica era el concepto que se usaba. O cuando varios miembros destacados de su partido frecuentaban la idea teológica de la  preexistencia de una Ley Natural, de origen difuso e interpretación discrecional, que debía condicionar la tarea del legislativo. No sería de extrañar que Lassalle hubiera comenzado a escribir el artículo tras cualquiera de las manifestaciones de la AVT, seis entre 2004 y 2006, en la que se pedía la muerte del Presidente del Gobierno, se sostenía que estaba detrás del atentado del 11M o que tenía vínculos con una organización terrorista. Seguro que Lassalle escribió esta frase, “una masa alagada por demagogos mediáticos cuyo objetivo era entonces, como ahora, el mismo: desposeer a la democracia parlamentaria de su soporte formal” cuando el secretario general de su partido sostenía que las elecciones de 2004 habían sido legales, pero no legítimas o cuando la sucesora del anterior denunciaba sin pruebas una conspiración que involucraba a varios poderes del Estado. Esta frase, ” la antipolítica organizada repita a través de sus francotiradores que el pueblo es una comunidad virtuosa per se que está por encima de la ley” seguro que fue pensada después de uno de los muchos discursos de su presidente en los que habla de “los españoles de bien”. Cuando Lassalle habla de “cuestionar su fundamento como el gobierno de las leyes” seguro que está pensando en los gobiernos autonómicos de su partido que llamaban a la desobediencia civil en diversas leyes de las legislaturas anteriores, desde la de la ampliación del matrimonio a la del tabaco. Cuando escribe ” se utilizan los buenos sentimientos de mucha gente desasistida de esperanza” está pensando en la pasada campaña electoral de su partido. Y al decir que “éstos -los políticos- han sido previamente caricaturizados como una clase parasitaria y prescindible debido a la indignidad de su comportamiento y la falta de merecimiento para desempeñar ejemplarmente su función de representación” seguro que tiene la imagen de los dos militantes de su partido tratando de agredir al ministro de Defensa, a destacados dirigentes de su partido defendiendo a los anteriores, a los comentarios despectivos sobre cualquiera de las ministras de los gobiernos de Zapatero o a la decisión reciente de la secretaria general de su partido de dejar sin partida presupuestaria a los diputados autonómicos de Castilla-La Mancha.

Pero quizá, no. Es posible, aunque decepcionante, que el artículo se refiera a lo que parece referirse. Es probable que hable sólo del cabreo de un grupo de ciudadanos, concretado en las manifestaciones de los últimos días o, más ampliamente, en el movimiento 15M, y realice una comparación, ya usada por otros miembros de su partido más pedestres, con los movimientos totalitarios de entreguerras. Comparto su preocupación por la antipolítica, el populismo y la deslegitimación de las instituciones pero, como estudioso de la historia, debe saber que no son las masas quien cambian la historia, sino los grupos organizados y, normalmente, desde el propio poder. Son casi inexistentes los casos de desharrapados que se han hecho con el control de algo. Las invasiones bárbaras, las revoluciones, incluida la rusa, o los procesos de transición o independencia pueden ser una ventana de oportunidad para gente sin acceso a la promoción social, pero siempre son pensados, dirigidos y, sobre todo, aprovechados, por gente que ya ha tenido un contacto previo con el poder. Cuando conquistan los despachos, los revolucionarios no tienen que preguntar por el baño porque ya han estado allí, como subalterno, como oposición o como anterior ocupante. En la historia de los cambios de régimen, hay muchos más Marats que Cordays y, sobre todo, Fouches.

Si Lassalle está preocupado por “la lógica y los mitos que movilizaron a las masas con el fin de derribar la arquitectura institucional sobre la que se sustenta nuestra civilización democrática” debería interesarse por las ocurrencias de la gente que ahora mismo ocupa el poder, la gente de su partido, gente que, con vista corta y garrote largo, pocos libros y muchos titulares, cree que todo se soluciona de una manera, quizá porque son gente que, cuando tiene más de una idea, en lugar de unirlas mediante la operación llamada razonamiento, llama a los antidisturbios. Lassalle debería interesarse por las modificaciones derechos fundamentales, por las presiones del ejecutivo al judicial para imponer cargos y tribunales (debería repartir muchos libros de Montesquieu en su grupo parlamentario), por la discrecionalidad brutal de la policía o la impunidad corporativa de la corrupción. Si le preocupa que la excepcionalidad justifique cualquier cosa, que comience por los presupuestos. Eliminar la partida para los legisladores, manteniendo además la de altos cargos de designación, supone un profundo cuestionamiento de la arquitectura institucional y desposee a la democracia parlamentaria de legitimidad mucho más que cualquier manifestación. Y, ojo, prepara el camino a cualquier cosa.

PD: En su libro El poder y el delirio sobre Hugo Chávez, Enrique Krauze descubre que, de entrada, el comandante no tuvo que cambiar muchas leyes, sólo aprovechar los mecanismos que había puesto en marcha el bipartidismo previo para controlar el descontento y tapar la corrupción.

Nota del domingo: Leo: “pronunció ese comentario el martes en una reunión de trabajo del Consejo de la Ciudadanía Española en el Exterior en Santiago de Compostela, a una de las comisiones de este organismo, la de Educación, a la que le faltaba un voto para formalizar el acta. “No pasa nada. ¿Hay nueve votos? Poned diez… Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”. ¿Qué es antipolítica?, ¿y tú me lo preguntas?

1 comentario sobre “Más Marats que Cordays”

  1. Manu dijo:

    Plas, plas, plas. Bravo. Ha pasado apenas una semana sin ‘posts’ y ya te echábamos de menos.

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