Crónica de una psicopatía

El problema, como explicaron los filósofos franceses de los 60 que aún no entendemos del todo, está en el ojo, no en la imagen. Cuando surge el debate sobre los toros, siempre hay alguien que explica que los animales de consumo están peor cuidados en las granjas, que viajan en condiciones penosas y que son sacrificados violentamente. También, que hay gente que lo pasa mucho peor que los animales, como los niños que viven en los basureros o los mineros africanos. Sí, pero no hay un ojo. Es decir, no se retransmite el sufrimiento ni se hace una fiesta de él. No hay un canal que ofrezca matadero 24 horas, ni tampoco existe un reality con trabajadores esclavos de las tenerías brasileñas, aunque todo es dar ideas. Si quiere liberar a Zé Manoel, llame al taltaltal; si cree que Mauro merece unos latigazos, envíe LATIGO al taltaltal. El problema, insisto, es el ojo. La crueldad con los animales es un tema insoluble porque lo es la crueldad con las personas. Por más que subamos las penas, por más que cientos de miles de cuentas de twitter se ofrezcan para fumarse el cigarro hecho con el escroto del tipo granadino, seguirá habiendo gente capaz de planificar y ejecutar el asesinato de sus hijos. La cuestión es el ojo que no empatiza con el sufrimiento, sino que disfruta; se llama psicopatía.

Hoy, leemos la crónica de una psicopatía:

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Decenas de lugareños –unos ataviados con bermudas, sandalias, camisetas de tirantes y gorras de beisbol; otros, con el uniforme de peñas y mascarillas o pañuelos cubriéndoles la cara- echaron mano de sus lanzas y se aproximaron expectantes a clavárselas al morlaco. Antes, un lancero experimentado pero demasiado mayor para echar a correr si la ocasión lo requiriera, aleccionaba a los más jóvenes: “No os olvidéis de golpear. Golpear a la vez que claváis, que la piel la tiene muy dura”.

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Dos lanceros a caballo, saltándose las normas sobre cómo debe torturarse al animal hasta darle muerte, le asestaron sendos pinchazos en una zona en la que no debieron haberlo hecho.

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En Tordesillas las críticas por la barbarie de semejante práctica se viven como una afrenta. Hay una especie de jaculatoria que se invoca ante el menor atisbo de desaprobación: “Es la tradición”. Y ya no hay más argumento. A él recurren un grupo de adolescentes y niños que esperan recostados sobre una pared el paso de Volante. “No. No nos da pena el animal”, contestan a coro. “Yo no soy el toro, ¿a mí qué más me da que sufra? Y los que tiran cabras o corderos desde el campanario, igual. Yo no soy la cabra ni el cordero. Me da igual”. ¿Cuántos años tienes? Trece, responde él. A su lado, un chaval que no pasa de los ocho, comenta: “Apunta que el año que viene gané yo el trofeo. Yo voy a matar al toro?”. ¿Por qué tiene tantas ganas? No lo sabe. Es la tradición.

Juan Pablo ronda la treintena y se supone que dispone de más argumentos para justificar los detalles más controvertidos del torneo. “No, no es por demostrar hombría. No es eso. Es, no sé, porque nos gusta. Es la tradición”. También era tradición por estas mismas tierras y más o menos por la misma época quemar brujas con la Inquisición. Mira asombrado y dice: “Pero eso es mentira. Aquí no se ha quemado nunca a ninguna bruja. Eso es leyenda. Lo de nuestro toro, no. Lo nuestro es tradición”.

Han leído bien: normas sobre cómo debe torturarse al animal hasta darle muerte. Un poco más al sur, hay normas sobre cómo deben lanzarle las piedras al condenado hasta darle muerte. Esperemos que a nadie le dé por intercambiarlas. El problema es la psicopatía; la víctima, toros, perros, adúlteras, herejes, da igual.

PD: El expresidente Aznar explicaba, no sé si lo sigue haciendo, que, en una de esas cumbres a las que tanto le gustaba ir, un mandatario asiático, creo que japonés, le preguntó por la principal exportación española. Coches, dijo Aznar. No, respondió el japonés que, probablemente, esperaba algún producto primario como cereal, aceite o vino. Coches, insistió Aznar, Citroen, Opel, GM, Renault, Mercedes, Wolkswagen, todas tienen sus fábricas en España, también Nissan. Aznar completaba su explicación afirmando: él tenía la idea de que España era un país atrasado, el país de los toros y las sevillanas; Carmen y la Guerra Civil; el país del sudor, el polvo y la sangre. Es complicado hacer entender que un país donde la fiesta es sajar a un animal hasta que se desangra es capaz de diseñar tecnología. Eurovegas se ajusta más.

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