Élites extractivas y tomadores de tributos

El pasado domingo, César Molinas publicó un interesante artículo en el que sostenía que la clase política española nacida en la Transición se ha convertido en “una élite extractiva”.

Una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones, se caracteriza por:

Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio

Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch”.

Abominar la ‘destrucción creativa’, que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter “la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo”.  Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político.

El antropólogo marxista Eric Wolf llamaba tomadores de tributos a las élites extractivas y, en su libro Europa y la gente sin historia, situaba el origen en el modelo de la Reconquista:

En el curso de las guerra que sostuvieron contra estados musulmanes en la península ibérica, Portugal y Castilla surgieron como organizaciones venturosas de tomadores de tributos. En ambos reinos, el control real del comercio acrecentó el poder de la monarquía y dio a la élite tomadora de tributos riqueza suficiente para comprar mercancías en el exterior sin alterar con ellos la estructura tributaria interna. Sin embargo, en ninguno de esos dos países, tal riqueza bastó para cubrir los costos de la administración y la guerra. Las bancarrotas y las deudas de la monarquía transfirieron el control de la Real Hacienda y el comercio a manos de banqueros extranjeros. (…) En 1550, la Corona española sufrió su primera quiebra; en 1575-1576, la segunda, que arrastró a las casas comerciales de Baviera.

(….)

Castilla, que marchaba contra los árabes en Andalucia, acabó aprisionada en un papel militar y las tierras se distribuían entre los nobles militares que capitaneaban la conquista. Esto produjo, a fines del siglo XV, que el 2-3% de la población tenía el 97% de la tierra. La ocupación dominante en las tierras de Castilla fue la ganadería, sobre todo, la cría de ovejas, cuya lana de merino se exportaba a Holanda, donde se convertía en finas telas.

Por el contrario, las tierras de la Corona de Aragón fueron colonizadas gradualmente por individuos que creaban comunidades pequeñas donde la tierra se distribuía con mucha más uniformidad que en Castilla. Al mismo tiempo, La Corona de Aragón había conjuntado el Principado de Catalunya, muy orientado hacia el comercio y un Aragón que primordialmente era rural. En los siglos XIII y XIV, Cataluña fue un próspero estado comercial que tenía conexiones marítimas hasta el Levante. Sin embargo, en el siglo XV menguó ante la competencia de Génova, que la superó al entrar en relaciones comerciales y financieras con Castilla (Los comerciantes genoveses aparecieron en Portugal en el XIII y, en el XV, llegaron a Sevilla familias como los Spinola, Centurioni, Guistiniani o Doria; Colón trabajaba para los Centurioni). Esta coalición de financieros genoveses y nobles castellanos productores de lana ahogó el crecimiento comercial de Cataluña y minó la eficacia de la producción y exportación de textiles de Cataluña. A fines del siglo XIV y durante el XV se deterioró aún más la economía de Cataluñañ debido a una serie de fieros levantamientos de campesinos contra los impuestos tributarios (feudales) y a conflictos abiertos en la ciudades entre el patriciado mercantil y los pequeños artesanos y comerciantes.

La unión de Castilla y Aragón unció dos socios muy desiguales y aseguró el predominio de Castilla sobre Aragón, que ya era una sociedad en retirada. Otorgó un papel destacadísimo en el nuevo estado a los nobles propietarios de inmensos hatos de ovejas. Se habían organizado en una poderosa asociación, la Mesta, que podía promover sus intereses sociales y políticos relacionados con el Estado, a cambio de pagar impuestos a la Corona. La exportación de lana castellana por los puertos del norte ligó esta periferia cantábrica a los intereses de la nobleza militar castellana.

La decisiva inclinación castellana hacia una economía pastoral no sólo ahogó el desarrolló industrial de España, sino que redujo la aptitud de otras clases para poner en jaque el dominio de los tomadores de tributos. La guerra y apoderamiento de pueblos y recursos, no el desarrollo comercial e industrial, llegó a ser el modo dominante de reproducción social. Vistas así las cosas, la conquista del Nuevo Mundo no es más que una prolongación de la Reconquista. La afluencia de la plata del Nuevo Mundo a partir del siglo XVI redujo todavía más el desarrollo industrial de España, pues produjo alzas de precios e inflación, lo que hizo que no pudiera competir con los precios industriales de Holanda.

Sin embargo, la plata del Nuevo Mundo acrecentó los ingresos de la Corona. Juntas, las ovejas de España y la plata de las Américas, costearon grandes operaciones militares de España en Europa y el crecimiento de una burocracia real que excedía con mucho las posibilidades de la economía española. Se compensó el déficit en los gastos mediante préstamos de financieros extranjeros, a los que halagaba en extremo prestar sobre futuras importaciones de plata o sobre impuestos que se cobrarían sobre la venta de lana. Fue así como España nunca contó con una política económica coherente. La burocracia imperial se limitó a actuar como conductores de la riqueza hacia los cofres de Italia, el sur de Alemania y los Países Bajos. La expulsión entre 1609 y 1614 de 250.000 musulmanes no conversos que vivían en el sur de España debilitó más la agricultura del país, pues detuvo los pagos por renta a los señores que, a su vez, no pudieron pagar sus deudas e hipotecas. A mediados del siglo XVII hasta las exportaciones españoles de lana empezaron a perder terreno ante la competencia inglesa. Declinó la navegación y, para fines del siglo XVI, los navieros españoles ya no podían competir eficientemente con las nuevas técnicas de los astilleros del norte de Europa. El capital fluyó más y más hacia préstamos privados y bonos del gobierno que ofertaba más intereses que las inversiones directas en empresas productivas. La España de 1600 era ya es mundo en descomposición y de desencanto que Cervantes describe en el Quijote.

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