Fernández Ordónez, superrojoquetecagas.

Leo:

El mayor riesgo es una cuarta posibilidad. Que no nos propongamos nada. Que consideremos polí­ticamente la crisis como una coartada para una inacción melancólica. Que profeticemos las dificultades como un hecho externo que se trata de conjurar y no un desafí­o que puede ser asumido y respondido. Fundamentalmente se va a plantear un proceso de adaptación al cambio y todo va a depender de la capacidad y la voluntad colectiva de aceptar sus consecuencias. Jamás la historia ha sido una lí­nea recta. De crisis en crisis, de desafí­o en desafí­o, quizá también de fracaso en fracaso, los hombres han avanzado trabajosamente, tratando de ofrecer respuestas nuevas a las nuevas situaciones: la inteligencia es la capacidad de adaptarse a circunstancias nuevas, porque el presente tal vez no existe y el hombre llega al mundo cada mañana.

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Hay que comenzar por afirmar que la lista de derechos fundamentales y libertades es el resultado de una apasionante lucha histórica. Cada una de esas libertades ha sido conquistada. (…) Estos derechos, estas declaraciones de nuestra Constitución, tienen el valor de una planta frágil, trabajosamente cultivada, crecida en un ambiente hostil, vulnerable ante el fanatismo, la intolerancia, el integrismo, o sencillamente, ante ese deseo español de acercarse, de cuando en cuando, al vértigo de grandes precipicios.

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La moral social no puede nunca instalarse de espaldas a la realidad histórica, si no se quiere apoyar en una caricatura. Los códigos de valores sociales no siempre coinciden con los valores de una u otra religión. (..) La secularización de la moral social puede configurar un modelo de convivencia que sirva para todos, los creyentes y los no creyentes, y sólo desde esta plataforma podrá construirse una sociedad libre, es decir: plural y abierta. En suma, no es libre, en su sentido pleno, el joven sin trabajo, o el enfermo y anciano desvalidos, como piezas rotas del aparato productivo, o la mujer discriminada en su remuneración y en su papel ante la sociedad, o el padre que tiene que pagar un alto precio por la enseñanza mediocre de sus hijos. Hay una lucha planteada para afrontar la eliminación de todas las formas de dominio, o de injusticia, que impiden el desarrollo de la libertad en su sentido positivo, es decir, en las raí­ces de la profunda libertad del hombre. Este sentido positivo del concepto de libertad es absolutamente fundamental para entender el proyecto progresista, que impone básicamente una profundización en la existencia real de las libertades, tanto individuales, como colectivas y que, paradójicamente, no quedan aseguradas con un planteamiento puramente abstencionista.

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Por tanto, la emancipación social, con la transformación de todo el conjunto de fuerzas limitativas o de represión que subsisten en los Estados democráticos modernos, obliga a un esfuerzo diferente que al de la recuperación de las libertades clásicas, y consiste en el juego de contrapoderes que equilibren la tendencia totalizadora de las sociedades avanzadas, en el reconocimiento de espacios propios de libertad más personal, en las autonomí­as regionales, en la valoración de los elementos no materiales de la actividad económica. La sociedad industrial moderna exige una redefinición de los antiguos valores y derechos, que están más amenazados desde ella.

¿Formas de dominio?, ¿emancipación social? Es interesante cómo se ha movido el pensamiento político. El moderado Fernández Ordónez (el texto es de su libro La España necesaria), ministro con la UCD antes de serlo con el PSOE, parece un superrojoquetecagas.

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