Las cosas pasan

En España, si uno dice que va a pasar algo, es probable que se le acuse de desearlo, promoverlo o instigarlo y, si pasa, puede suceder que se le trate de listillo o que las acusaciones anteriores se intensifiquen. Son resortes basados en un partidismo de raíz infantil que domina la política desde hace años. Quizá desde que Aznar decidió que la derecha dejara de leer a pensadores e historiadores europeos y se centrará en estrategas electorales estadounidenses. Zapatero extendió esa decisión al PSOE y, durante años, hemos vivido en la idea de que bastaba con desear una cosa para que sucediera o que, para que no existiera, sólo había que dejar de hablar de ella. Busquen sus propios ejemplos.

Sin embargo, las cosas pasan.

Por ejemplo, es probable que la escalada de ira y tensión que vivimos no nos lleve a nada bueno y que, al final, pase algo. El problema no es la crisis, sino su gestión: el reparto desigual del sacrificio. Las crisis se aceptan porque venimos de un mundo agrícola y la idea de los ciclos está metida en la mentalidad colectiva de todas las culturas. La prosperidad sostenible es otro crecepelo del honesto John. Lo que no tiene tan buena aceptación es la desigualdad cuando no existen recursos lenitivos, como la religión (danza de la muerte para todos; cielo para los pobres) o el ocultamiento. La desigualdad se acepta si no hay contacto físico entre desiguales; en palabras de Sennet describiendo el París prerrevolucionario“La desigualdad se convirtió en una provocación que la gente podía percibir cuando se desplazaba por la ciudad. (…) En la calle Varenne, en la orilla izquierda, que se había llenado de nuevos palacios privados, el viajero habría visto grupos de casas miserables entre los palacios, cabañas construidas al borde de sus jardines. (…) Sedimentos de pobreza en las grietas de la riqueza. (…)”.

Hoy, la ciudad de grandes espacios diseñados para el ocio que acaban usando las multitudes es internet. La desigualdad se convierte en una provocación: La secretaria general del PP pide sacrificios viviendo en una casa valorada en 2,5 millones de euros.

O se puede retirar la prestación a un parado con la sospecha de fraude mientras se invita a los grandes defraudadores a lavar su dinero. En el primer caso, hablamos de 400-800 euros imprescindibles para la subsistencia de un grupo y cuya ausencia puede provocar problemas sin solución, como el deshaucio.

España bulle en ira y twitter. Las palabras van subiendo de tono. Las instituciones de masas, como los sindicatos o los partidos, han sufrido un desprestigio, propio y provocado, que los inhabilita para encauzar la protesta. (Ya hemos dicho aquí que la derecha acabará echando de menos a UGT y CCOO; basta leer un poco historia). El mantenimiento del orden depende de gente que no da la sensación de tener la capacidad de gestionar lo imprevisto; en algunas ciudades importantes, como Barcelona o Valencia, están inmersos en casos de corrupción.

La ira bajaría de tono con una gestión del sacrifico más equitativa. Es decir, que las cúpulas directivas de las cajas de ahorros fueran detenidas o que los casos de corrupción no quedaran impunes. Es necesario un símbolo lenitivo y no basta la bandera ni la palabra dignidad. Si Rajoy existiera, hoy por la tarde debería dimitir Andrea Fabra. Nada de esto es probable.

Esperemos que no pase nada porque, si pasa algo, será un punto y aparte.

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