El suicidio de Europa (Sacrificar la Periferia para salvar al Este)

El problema de los libros de historia es que, la mayoría de ocasiones, se leen como novelas. Es decir, se interpretan los hechos sucedidos como inevitables, lo que nos condena a repetirlos, y perdurables, lo que nos condena a repararlos. La memoria no actúa como mapa del tiempo colectivo que sirve para evitar los callejones sin salida, sino como una pesada carga que necesita de redención. Es probable que el callejón sin salida en el que nos encontramos tenga su origen en no haber leído los libros de historia como enseñanza y sí, como amenaza. Aún más, en el gusto alemán por la teoría del tiempo circular que Marx resumía así: la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.

El problema comenzó hace cinco años, con las primeras convulsiones en el mercado hipotecario estadounidense. De ahí, saltaron al sistema financiero estadounidense y, después, al europeo, en el verano de 2008. Se trataba de una crisis del sistema financiero vinculada a activos tóxicos y, en Europa, afectaba a los países con un sistema financiero globalizado, RU, Irlanda o Islandia, y a los países ahorradores, Alemania, Benelux o Austria. Recordemos los bancos que estaban en el punto de mira: Northern Rock, Lloyds y RBS (RU), Hypo Real Estate, IKB, Sachsen Landesbank y WestLB (Alemania) y Dexia, Fortis e ING (Belelux). En Europa, la profundidad del agujero provocó la movilización de mecanismos de rescate que han llegado a alcanzar 1′6 billones de euros. Sin intervención, ni mecanismos de control. Las primeras declaraciones sobre ‘refundación del capitalismo’ o ‘control del sistema financiero’ fueron olvidadas inmediatamente.

Pero el callejón sin salida se decidió un año después. El dos de marzo de 2009, nueve países del Este de Europa (Chequia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania) solicitaron mercanismos de ayuda a la UE en una cumbre de urgencia convocada por el presidente checo, Topolanek. Todos estos países habían tenido su propia burbuja financiera (e inmobiliaria) financiada con dinero centroeuropeo, Austria, Alemania y Benelux. El directorio franco-alemán se negó inicialmente a la petición, pero cedió en menos de un mes. El 21 de marzo, la UE movilizó 50.000 millones para las economías del Este. De nuevo, sin intervención, ni mecanismos de control. Probablemente, en la mente del directorio estaba la quiebra del banco austriaco Creditanstalt en 1931, suceso que provocó un fatal efecto dominó en Alemania y el Este de Europa. De nuevo, se pensaba, las convulsiones en el Este podían provocar una catástrofe que, de nuevo, comenzaría en Austria, el mayor acreedor de la zona y había que evitarlo a toda costa. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.

El escenario se completó ese año con Grecia. La denuncia de la manipulación de las cuentas en octubre de 2009 ofreció la posibilidad de trasladar el foco desde el Este a la Periferia y transformar una crisis de activos tóxicos en una crisis de deuda pública. El directorio franco-alemán no repitio el esquema de la ayuda al Este. La crisis de Grecia se dejó pudrir para que afectara al resto de la Periferia, Portugal, Irlanda, Italia y España. Se trataba, salvo el caso de Italia, de una explosión más controlada porque no provocaba efecto dominó. Tras meses y meses de discusiones, cumbres, reuniones, planes de ajuste y llamadas de auxilio, el 25 de marzo de 2010 (19 días - seis meses) Francia y Alemania acordaron un plan para rescatar las finanzas griegas. Un plan con mucho menos dinero, con intervención de otros actores, como el FMI, con intervención y mecanismos del control y con condiciones que condenaban a Grecia al desastre.

Como era de esperar, la Periferia se contagió y nadie planteó dudas sobre cómo una crisis de activos tóxicos que afectaba a países ahorradores centroeuropeos se había convertido en una crisis de deuda pública de países gastadores. El marco mental de perezosos mediterráneos trabajando poco y evadiendo impuestos cortó cualquier debate. El hundimiento de la Periferia significó un alivio para el Este y un gran empujón para el Centro, lo que terminó de completar el círculo vicioso. Mientras la Periferia se freía en medio de tensiones de deuda, Alemania se financiaba a costes, incluso, negativos y tenía cifras récord de empleo (una situación con todo el aspecto de una burbuja). El marco mental de Periferia derrochadora y perezosa permitía a Alemania establecer normas para garantizar el hundimiento económico de la Periferia. Por ejemplo, el 23 de octubre de 2011, la UE admitía que los activos tóxicos, de la banca centro-europea, pudieran valorarse al 100%, mientras que se recortaba el valor de la deuda soberana periférica, donde había invertido la banca periférica. El rescate de la banca española se convertía en inevitable y, probablemente, también el de la italiana. Era el objetivo alemán: sacrificar a la Periferia para salvar al Este.

La Periferia está hundida y cada día lo estará más y pudiera ser que su caída coincida con el estallido de la burbuja centroeuropea. Esta semana, se ha publicado que ha habido ventas de deuda pública alemana. Obviamente, la combinación de ambos factores provocará un escenario más tenso, más apocalíptico, que pudiera terminar con el suicidio de Europa, un radical sálvese quien pueda, pero también es probable que sea el inicio de la recuperación. La solución, como en todas las crisis parecidas, pasará por rehacer la democracia y recuperar la soberanía que hemos cedido. Y, también, por considerar la memoria como un mapa de tiempo colectivo y no como una pesada carga que necesita de redención. No estamos obligados a repetir errores pasados, ni a repararlos. No sé cuál es el camino exacto, pero esa es la dirección.

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