Gins & Cons

Madrid está de Gins & Cons, de conspiraciones fraguadas al socaire de las nuevas ginebras de importación que, como las tramas, permiten un alto grado de combinatoria. Sólo depende de la imaginación de la persona que agita el cóctel. Todas giran alrededor de la Jefatura del Estado que, como sus antepasados, parece haber entrado en una dinámica de torpezas. En los últimos dos siglos, el ritmo ha sido de dos borbones por una república. A Felipe le tocaría irse al exilio, como antes lo hicieron Isabel II y Alfonso XIII.

La conspiración más audaz, con aroma a cominos, busca derribar la monarquía para sustituirla por una República presidencialista dirigida por un hombre fuerte, un cirujano de hierro, palabra que se oían mucho en el Madrid pre23-F. Su diagnóstico es que las instituciones (monarquía, Gobierno, Cortes, Autonomías, Justicia, etc…) atraviesan una grave crisis que las incapacita para liderar la respuesta a la gravísima situación económica. Para ellos, estamos a las puertas de una intervención de la UE que terminará con las multinacionales españolas vendidas, la salida del euro junto con Grecia y Portugal y un nuevo descuelgue histórico (esto es probable que suceda pero no es culpa del Rey). La nueva República debe dar un rumbo firme a la economía, buscar apoyos sólidos en el exterior, recentralizar el estado y terminar con las protestas callejeras. Sobre el papel, o la servilleta, el guión es impecable. El gran problema es cómo. Haciendo un ejercicio de imaginación, es probable que imaginen la abdicación del Rey, la llegada de la República a través de una pinza Faes-Izquierda y la posterior aclamación popular de una figura como Aznar o Aguirre que arrasaría en las urnas. Es más probable una invasión ovni pero imaginemos que se puede poner en práctica. Sin el apoyo de varios gintonics aderezados con cominos, es imposible entender cómo un pollo institucional puede ayudar a mejorar la estabilidad interior y recuperar la credibilidad interior.

La segunda es la de la buena voluntad, la hispánica, la del pepino andaluz y el enebro navarro. El diagnóstico es parecido pero insisten en la debilidad de la institución monárquica y, sin citarlo, se intuye el miedo a que un PSOE sin tierra se eche en manos de IU y, aún peor, de los insensatos indignados y este nuevo Frente Popular engendre una República inestable e ideologica. No es necesario que expliquemos el final de este temor. Su propuesta es que el Rey abdique y ambos partidos aprovechen la coronación de Felipe para consolidar la institución desarrollando el articulado constitucional: estatuto para el heredero, eliminando la preferencia del varón, y una mayor claridad en las funciones, agendas y actividades públicas y privadas del monarca y su familia. El carisma del Rey, fruto de su personalidad y de ser la encarnación de la recuperación democrática, debe ser sustituido por la Ley. Todo está impecablemente fundamentado y desarrollado en artículos de prensa, más explícitos que los de los cirujanos de hierro, pero olvidan algunos detalles. El primero es que siempre habrá una dependecia del carisma del ocupante porque se trata de una institución personal; no es posible un Rey de perfil bajo. También, que sólo la inteligencia y la formación previenen las meteduras de pata. La Ley no evita la estupidez personal. Para tal cosa, están los asesores. Alguien debió prohibir el safari, alguien debió espantar a la famosa Corina, alguien debió para los pies a Urdangarin hacer una década.

Ambas conspiraciones se enfrentan en los kioskos, las radios, las televisiones y, sobre todo, en los pasillos y en los reservados de los restaurantes. Frente a ellos están los que, con la clásica rodajita de limón, dicen que todo lo anterior son tonterías que sólo socavan la institución y dejan la puerta abierta a todo tipo de oportunistas. Decía ayer José María Carrascal que, en el caso de una abdicación, la izquierda no tardaría el tomar el poder, tanto si Felipe es coronado, como si se establece una República. La derecha siempre ha confiado mucho más en las posibilidades de la izquierda que la propia izquierda.

Frente a esto, lo más interesante y de lo que menos se habla es el silencio gubernamental. Ayer, cinco días después del accidente, un miembro del Gobierno, Jorge Fernández Díaz, reconoció que sabía dónde estaba el Rey. El ministro de Interior adornó sus palabras con grandes elogios, completadas por el portavoz Floriano que, por primera vez en varias semanas, no fue desmentido inmediatamente por algún otro cargo popular. El País dice que “el sábado, conocido el accidente del Rey mientras cazaba elefantes en el país africano, desde La Moncloa no fueron tan explícitos como hoy lo ha sido el ministro”. Es una forma educada de explicar que Moncloa dejó en ridículo a Zarzuela. Recordemos: se admitió que Rajoy sabía que don Juan Carlos no iba a estar en España pero sin confirmar si conocía todos los detalles del viaje, esto es: el país y el objetivo. No encaja. El Jefe del Estado siempre informa al Jefe del Ejecutivo de sus desplazamientos fuera de España y no habría sido la primera vez que un Presidente modifica la agenda de la Corona. La cuestión de los desmentidos es quién carga la responsabilidad; Moncloa no quería otro problema y lo trasladó a Zarzuela. Tampoco se habla del contraste con la anterior cacería polémica, la del oso Mitrofán. En ese caso, Moncloa aceptó comerse el marrón e hizo de pararrayos llevando a los tribunales a dos revistas de humor, una decisión impopular que detraía las críticas a la actuación del monarca. Pura política. Esta semana, Moncloa ha actuado homenajeando a José María García: ni una mala palabra, ni una buena acción. En menos de tres meses, muchos despachos de Madrid se han dado cuenta del peligro de tener a un presidente que cree que las cosas se arreglan solas.

Madrid hierve de embozados, conspiraciones y gintonics, como siempre. La diferencia ahora es que la cosa no está para frivolidades. Como hace 300 años, volvemos a tener a toda Europa esperando la señal para repartirse el botín. Fue el Imperio construido con El Dorado; hoy, el Ibex sustentado en el ladrillo. No pinta bien. Como siempre, espero equivocarme.

Deje un comentario