Menos mal que perdimos

Recuerdo habérselo oído a un tipo de un movimiento guerrillero de los 70. Añadía que su política se basaba en el movimiento constante en busca, no tanto de un gran objetivo estratégico, sino del debilitamiento del poder a través pequeñas escaramuzas tácticas que, incluso, podían ser contradictorias. La victoria habría sido el desastre porque éramos un movimiento basado en destruir y, de haber llegado al poder, concluía, lo habríamos destruido todo. Me he vuelto a encontrar con esta imagen al leer los artículos que analizan los 115 días del nuevo Gobierno (no es que cada día tenga su afán, como decía el personaje de Landero, sino que tiene su marrón).

Casi todos los problemas son heredados, como sucede casi siempre en todos los gobiernos, pero llama la atención la agitada y confusa gestión de los mismos. En las últimas semanas, son incontables los mensajes que hemos recibido sobre cuestiones tan importantes como, por ejemplo, la salud. Un mismo día tuvimos a un portavoz del partido desmintiendo al ministro de Economía que había desmontado  una entrevista previa de la ministra de Sanidad. Las declaraciones del portavoz caducaron en un par de horas, cuando Moncloa publicó una nota de prensa anunciando, en el tercer párrafo, nuevas medidas (de ajuste, claro). Hoy (18 de abril), la ministra se desmiente a sí misma (8 de abril); sólo diez días. Antes, habíamos tenido la cifra del déficit, un dato sobre el que opinó hasta el ministro de Interior y que culminó con la circense gestión del dato de déficit en el Consejo Europeo que ha provocado el acoso actual (sostener que todo comenzó en Andalucía, sólo se entiende desde la mirada ideológica o la pulsión estética).

Incluso teniendo un alto nivel de benevolencia por las circunstancias, es complicado no tener la sensación de desbarajuste. Se mire como se mire, es complicado entender que se presente un cambio tan importante en los datos económicos sin haber buscado apoyos previos y, sobre todo, de una forma tan sorpresiva. Recordemos, Rajoy lo explica con la cumbre acabada y presumiendo de no habérselo comunicado a los socios por ser una decisión soberana (socios a los que ahora se pide ayuda para solucionar el problema de Repsol). Para sostener que hay un rumbo, que hay un gobierno, es necesaria la devoción, que nace de la fe, que nace de lo que no se puede ver.

Es posible que la clave esté en las palabras del guerrillero. El grupo que ahora está en el poder basó su política de oposición en el movimiento constante en busca, no tanto de un gran objetivo estratégico, sino del debilitamiento del poder a través pequeñas escaramuzas tácticas que, incluso, podían ser contradictorias. Durante los siete años anteriores, el PP buscó que el gobierno Zapatero estuviese siempre en estado de crisis creando una sensación de agitación que llegó a ser habitual. Todo servía: la política antiterrorista, la territorial o el secuestro de cooperantes (por cierto, ahora mismo, hay cinco). Cuando la crisis se puso seria, incluso, jugó a derribar el Gobierno (12 de mayo de 2010), no apoyando medidas solicitadas por la UE y, lo más interesante, desoyendo a dirigentes e instituciones a los que hoy se pide audiencia. No se presentaban medidas. Todo pasaba por conceptos abstractos como sentido común, generar confianza o hacer las cosas bien. Se consolidó un pensamiento mágico: bastaba el cambio de gobierno para que todo volviera a funcionar. No ha sido así.

Cambiar las rutinas es complicado. No es fácil pasar de ser mosca cojonera a laboriosa abeja; de destruir a construir. En la oposición, todo son expectativas y es grande la tentación de ampliar el terreno de la lucha. Se puede desgastar al gobierno usando las previsiones de organismos y empresas, los conflictos con otros países o los sucesos; se puede bloquear todo. En el poder, todo son realidades y existe una necesidad de estrechar el terreno de la lucha porque, cuantos más frentes, más posibilidades de derrota y, aún peor en política, de ridículo. Pero las previsiones de organismos y empresas, los conflictos con otros países o los sucesos siguen estando ahí y, si uno los ha usado, se vuelven en contra. Es la maldición del Gólem. Si uno lo ha bloqueado todo es probable que siga bloqueado (si se busca el camino rápido del cambio legislativo, también se volverá en contra). Han sido 115 días eternos. Esperemos que no se cumpla el vaticio del guerrillero: lo habríamos destruido todo.

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