El 18 de Brumario en Barcelona (de la CEDA al Somatén)

No es que las cosas se repitan dos veces, como decía Marx, ni que al destino le gusten las simetrías, como decía Borges. Es más simple. Antes unas circunstancias parecidas, personas parecidas es posible que actúen de forma parecida. Nunca igual ni, tampoco, debemos olvidar que se trata de una fórmula contingente. Puede ser pero puede que no. La gente se ha vuelto loca comprando casas muchas veces en la historia y, en incontables ocasiones, ha comprado papelitos pensando que eran oro: acciones de la compañía de los mares del Sur, del ferrocarril de Louissianna, fondos Madoff o participaciones de Rumasa. La similitud no siempre se reduce al binomio drama-comedia. Posiblemente, lo que nos hace ver la repetición como algo bufo es el directo. La historia da a los nombres una dignidad que nunca tuvieron, elimina el azar de las decisiones y su carácter cerrado permite activar el mecanismo mental del relato donde el vencido siempre encuentra compasión. El carácter buresco lo da el directo, el tener delante a las personas en acción. La cercanía nos permite ver el factor humano de las decisiones (improvisación, contradicción, torpeza, etc…) y el carácter abierto de la escena nos evoca el circo, las variedades o el reality-show; el espectáculo.

La crisis es una de las circunstancias parecidas antes las que personas parecidas actúan de forma parecida. Un clásico es la contracción del grupo directivo. Ante una situación de debilidad económica e incertidumbre general, el grupo directivo busca dotarse de mecanismos que garanticen su seguridad psicológica y material. Hay medidas clásicas, como eximirse de las contribuciones y centrarlas en los otros grupos, tutelar todos los sistemas de control, destruir todos los mecanismos de ascenso social y limitar el espacio público. Tanto si estas medidas provocan protestas como si no, los grupos directivos también buscan la seguridad física mediante recursos como la criminalización preventiva de los posibles discrepantes, la amenaza de exclusión o la limitación del espacio público físico. Este marco mental suele provocar una contracción legal en forma de endurecimiento de las penas vinculadas a otros grupos y una contracción política en forma de sistemas autoritarios. En ese proceso estamos.

Los cambios legales propuestos por la CEDA, el ministro de Interior o el conseller d’Interior, no buscan la seguridad pública, sino la criminalización preventiva de los posibles discrepantes, la amenaza de exclusión o la limitación del espacio público físico. Es decir, no son leyes para los que queman contenedores, sino para los grupos de padres que protesten porque ha cerrado la guardería de sus hijos, para los familiares de pacientes que se quejen del cierre de quirófanos o para grupos especialmente activos como los médicos catalanes o los docentes madrileños. Toda protesta queda encuadrada dentro de un contexto de violencia y con la amenaza de exclusión posterior. 15 días de prisión preventiva como los que llevan Ismael Benito y Daniel Ayyash, detenidos la mañana de la Huelga General, son 15 días de baja que abren la puerta a despidos baratos o, en el caso de funcionarios, diversos grados de sanciones. A Benito y Ayyash les puede costar sus respectivas becas.
Habrá una espiral de miedo pero, como cualquiera que haya visto la Guerra de las Galaxias sabe, el miedo conduce a la ira. Como cualquiera que haya leído historia sabe, la contracción legal y política acaba provocando un choque con, claro, resultado incierto. El problema no es el resultado, sino el choque.
PD: En muchas ocasiones, los mecanismos que activa una clase directiva para defenderse son aprovechados por la siguiente. Enrique Krauze explica en su libro sobre Venezuela que Chávez no cambió demasiadas leyes. Se limitó a aprovechar todos los cambios legales que sus predecesores (el turno COPEI-AD) habían realizado para tutelar todos los sistemas de control, criminalizar preventivamente a los posibles discrepantes, etc…

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