Retirémonos a la costa suiza

Nuestra desgracia no comenzó con los gobiernos de Reagan y Thatcher o con los de Clinton y Blair, sino muchos años antes, en 1947, en un plácido pueblecito de la costa suiza, como diría Krahe. Allí, en el hotel du Parc de Mount Pelerin, 36 intelectuales, como Ludwig Erhard, Ludwig von Mises o Karl Popper, acudieron a la llamada de Frederich von Hayek para construir un corpus ideológico que defendiera el liberalismo en un momento en el que disfrutaba de un prestigio notablemente bajo. Para entendernos, similar al que tiene hoy la social-democracia. Las diversas fórmulas de intervención y planificación política y económica, desde el keynesianismo o el estado social prusiano, al populismo paternalista o el socialismo real disfrutaban de una hegemonía ideológica fundamentada durante el fin de siglo anterior, la edad dorada del liberalismo. Todas ellas se habían puesto en práctica, bien tras la Gran Depresión, bien tras la II Guerra Mundial y, en el caso de los regímenes democráticos, su objetivo era la creación de una sociedad cohesionada que impidiera nuevos conflictos y el ascenso de nuevos totalitarismos.

En Mount Pelerin, todo eran miedos y buenas intenciones. El principal temor de los asistentes era la evolución política del siglo. Casi todos habían luchado contra el totalitarismo centroeuropeo y muchos de ellos, como Hayek, lo habían sufrido. A pesar del carácter democrático del sistema de partidos occidental, veían una imparable deriva hacia un nuevo totalitarismo en el prestigio de las fórmulas de intervención y planificación. Sabían que no era cuestión de articular una opción política que se presentase a las elecciones, sino de dar la batalla de las ideas y construir un corpus ideológico que colonizase a las fuerzas mayoritarias. No se trataba de formar un equipo ganador, sino de dibujar un nuevo campo de juego. Es la idea del propio Keynes que pueden leer en la columna de la derecha: “Las ideas de economistas y filósofos, tanto cuando son acertadas como cuando son equivocadas, son más potentes de lo que se suele creer. En realidad, el mundo no se gobierna por otra cosa. Los hombres prácticos, que se creen del todo exentos de influencias intelectuales, son normalmente los esclavos de algún economista difunto. Los locos en el ejercicio del poder, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí de un escribidor académico de algunos años atrás”. En los primeros años, todos esos centros de pensamiento liberales, como el Institute of Economic Affairs de Antony Fisher, eran mirados con escepticismo desde la política o la intelectualidad. Sin embargo, los pelerins no desistieron y publicaron libros e informes, realizaron seminarios y conferencias y entraron, poco a poco, en los gabinetes, en las redacciones, en los despachos o en las universidades.

Su oportunidad llegó en los 60, justo cuando la izquierda teórica alcanzó su hegemonía. El mundo bullía en corrientes intelectuales, culturales o artísticas de diversos ámbitos de la izquierda que fundamentaban movimientos revolucionarios, descolonizadores, emancipadores o terroristas de diverso pelaje. Había una sensación dentro de la izquierda de que se podía cambiar el mundo. La derecha también se lo creyó. La derrota en Vietnam, por poner un hito, hizo pensar a la derecha estadounidense que esos movimientos feministas, ecologistas, pacifistas, contraculturales o por los derechos civiles iban a debelar la democracia occidental y a permitir el ascenso de otro modelo, probablemente, el socialista. Era necesario un rearme ideológico y llegó con la convergencia entre los movimientos conservadores con los centros de pensamiento liberal, que se vieron obligados a renunciar a su carácter democrático, abierto y laico para asumir conceptos como el autoritarismo, el elitismo y el providencialismo. Su programa se fue haciendo más concreto: acabar con las instituciones, salvo las religiosas y nacionalistas, implicadas en la construcción de la sociedad para fomentar la lucha entre individuos. Las instituciones eran todas las que tuvieran que ver con el estado social, democrático y de derecho, desde las coberturas sanitarias a las universidades públicas, pasando por la regulación financiera o el libre acceso a la justicia.

Sus primeras acciones fueron exteriores. Chile, por ejemplo. Es poco alentador comprobar cómo intelectuales de gran talla, que no habían avalado medidas como el New Deal o el Plan Marshall por intervencionistas, colaboraron activamente con regímenes dictatoriales que, en muchos casos, se acercaban al totalitarismo centroeuropeo contra el que habían luchado en los años 30 sólo porque esos regímenes les permmitían poner en práctica sus teorías económicas. En el 79 y 80 dieron el salto al primer mundo con Reagan y Thatcher y el resto es historia conocida. El vigoroso empuje del nuevo programa de la nueva derecha fue colonizando todas las áreas de pensamiento frente a una izquierda que había desplazado su punto fundacional, la creación de la sociedad, bien por un programa de máximos (Escuela de París, por ejemplo), bien por particularismos (Estudios Culturales, por ejemplo). La derecha se hizo optimista y la izquierda, nostálgica; la derecha buscaba cambiar cosas y la izquierda, defenderlas.
En los años 90, los pelerins terminaron de definir su campo de juego, que es en el que tenemos hoy. Se llamó Consenso de Washington: desregulación del sistema financiero y del comercial, disciplina presupuestaria y consolidación fiscal, sustitución de impuestos directos y retristributivos por indirectos, eliminación de cualquier beneficio social, privatización del estado, en especial, de los sistemas de control sobre la economía como la emisión de deuda o los tipos de interés. Planificación e intervención fueron reducidos a tabúes. Allí donde se ha aplicado, América-Latina o Rusia, el Consenso ha provocado miseria y autoritarismo, que es el camino que llevamos.

La solución, como en los años 40, no pasa por articular una nueva formación política. El triunfo de los social-demócratas en las elecciones de Francia y Alemania puede ser un pequeño bálsamo pero no es una respuesta porque esos partidos están llenos de intelectuales que han crecido en el campo de juego que se empezó a dibujar en 1947, en un pequeño pueblecito de la costa suiza. Allí debemos retirarnos para comenzar a establecer una nuevas reglas de un nuevo modelo de democracia, seguramente basado en las implicaciones socio-culturales de la red. Por ejemplo, centros de poder más pequeños y mucho más interconectados. La historia de la humanidad tiende al progreso; en perspectiva, cada época es mejor que la anterior aunque todo parezca muy oscuro si nos fijamos en un hecho concreto. Para aprender, usamos el ensayo y error y erramos mucho porque ensayamos muchas cosas. Somos inquietos; se llama inteligencia. Es probable que no veamos el nuevo modelo pero tal cosa nunca ha sido problema para seguir luchando como se tiene que luchar, pensando.

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