El objetivo es la universidad

Hoy leo:

Esperanza Aguirre abre el debate sobre la gratuidad de la educación

La cuestión, claro, no es la primaria; ni siquiera la secundaria, sino la universidad.

Hace meses, escribí:

A un lado, Alcalá, Autónoma de Madrid, Carlos III, Complutense, Politécnica de Madrid, Rey Juan Carlos y UNED; al otro, Alfonso X el Sabio, Antonio de Nebrija, Camilo José Cela, CEU San Pablo, Europea de Madrid, Francisco de Vitoria, Pontificia Comillas y UDIMA. No acaban de arrancar. No son ESADE, La Salle, Deusto  o el Químico de Sarrià. Para ser rentables, tienen que abrir puertas y, si abren puertas, no tendrán nombre. La única solución, que se hundan las públicas. Se está trabajando en ello.

Siete universiadades públicas y siete privadas en la Comunidad de Madrid. De las segundas, leemos cosas como:

El colectivo de dentistas alzó el hacha de guerra contra el curso de la Universidad Europea de Madrid por existir, según ellos, ‘indicios de ilegalidad’: se obtenía el título de graduado acudiendo a clase tan sólo los fines de semana y pagando 15.000 euros anuales de matrícula.

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Para realizar el curso cada aspirante tuvo que abonar una suma de 33.000 euros, que entregó a la Universidad Camilo José Cela, quien ha actuado en el proceso como coordinador de esta nueva fórmula privada del acceso a la profesión de controlador aéreo.

En la próxima legislatura, la universidad pública va a sufrir (cierres, asfixia económica y subida de tasas) por tres causas.

La primera es económica. La universidad pública tiene prestigio gracias a su historia, buenos profesores, correctas instalaciones y, en algunos casos, grandes posibilidades de investigación. La privada no suele tener nada de lo anterior y acostumbra a ser una escoba de gente que se ha quedado fuera por la selectividad o busca un título rápido. Hay que eliminar ese prestigio (lo que lo produce) mediante reducción del presupuesto, cierres (en algunos casos) y la creación de crispación (no hay que ser muy listo para prever que la subida de tasas provocará movilizaciones).

La segunda razón es socioeconómica. La universidad era (aún es) un elemento clave de ascenso social y no hay para todos. Hay que reducir el número de licenciados para que mejoren los sueldos. Actualmente, los master cumplen esa función de cuello de botella pero el cupo sigue siendo grande. Además de que es necesario que las universidades públicas pierdan prestigio para que los títulos de las privadas sirvan para algo, también hay que reducir el número que entra en la universidad pública (las cosas no pasan de un día para otro, salvo los impuestos de los liberales).

La tercera razón es ideológica. El fondo es insistir en que lo público es desastroso, que está mal gestionado, que está lleno de vagos y que no sirve para nada (lo público para todos, claro, no será usted tan ingenuo como para creer que las universidades privadas no reciben dinero público). Y, para que haya más fondo, hay que crearlo. Hay que  descabezar un lugar de producción intelectual que, habitualmente, suele estar vinculado a la izquierda (impuestos redistributivos, regulación estatal, sociedad, ciudadanos, clase media) y sustituirlo por otro que diga las cosas en las que se basa nuestro proyecto (libertad individual, esfuerzo, emprendedores, propietarios, creación de riqueza).

No es original; sólo, una mala copia casposa. Esperemos que no funcione.

PD: Naturalmente, las movilizaciones no servirán para nada. Es un problema político y hay que resolverlo en la política, en el debate de ideas y en los procesos electorales.

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