Yo me quedo (mejor Antonio Gramsci que Paulo Coelho)

Como, supongo, otros compañeros de IU, tenía preparada mi carta de baja para este día. Como, supongo, otros compañeros, no la he enviado. Ninguna de las dos acciones son relevantes porque mi trabajo de militante es casi nulo; si me fuera, nadie me echaría de menos. Lo que me decidió a quedarme (además del coordinador de Alcorcón) fue un manifiesto lanzado por diversos abajofirmantes (Almodóvar, Ramonet o García Montero) en el que hablaban de recuperar la ilusión para la izquierda. Yo no quiero ilusión, quiero pensamiento y acción, quiero ideología y política; no quiero cambiar a Antonio Gramsci por Paulo Coelho.

No sé cuál es la solución pero nuestro futuro no pasa por lanzar encuestas públicas, por preguntar a todo el mundo qué tenemos que hacer, por vampirizar a los movimientos sociales buscando nuestra propia identidad porque siempre será una careta prestada. El futuro, si lo hay, pasa por dar la batalla de las ideas. No basta con denunciar o resistir porque todos los sitiados acaban conquistados o suicidados. Hay que atacar. El partido debe ser la vanguardia de los trabajadores, no la retaguardia. Yo me quedo.

Escribí este rollo el 17 de marzo de 2008, tras las Generales. Creo que apenas necesita retoques.

IU ¿Qué hacer?

El mundo se divide en esquizofrénicos y paranoicos; entre gente que oye voces y gente que se siente perseguida; entre gente que cree que tiene la culpa de todo y gente que siempre echa la culpa de todo a los demás. Habitualmente, los problemas son culpa de uno, del entorno y del azar, en una combinación débil y confusa de la que es complicado aprender grandes cosas. Sin embargo, en IU se ha (hemos) optado por combinar esquizofrenia y paranoia en grandes cantidades haciendo un descomunal calimotxo de culpabilidad y conspiración.

Tras cada derrota, hace falta un cabeza de turco, o varios, sobre los que cargar una responsabilidad que es de todos porque, en 22 años (servidor, 11 de votante y cinco de afiliado), no hemos conseguido conformar una personalidad propia, un relato. ¿Qué queremos ser?, ¿un partido polí­tico que participe en la confección de las leyes o un refugio moral que proporcione referentes a los actores polí­ticos?, ¿una organización definida con una dirección fuerte y un discurso ideológico claro o una organización lí­quida que permita la suma de movimientos colaterales y una mayor adaptación territorial? Todo no puede ser. En estos 22 años hemos ido dando bandazos buscando un hueco por el que colarnos. De la teorí­a de las dos orillas y el sorpasso al PSOE, con el que no se podí­a pactar nada, nos fuimos al acuerdo preelectoral de 2000; del unionismo que significó perder a ICV o federaciones como la gallega hemos pasado a albergar todo tipo de particularismo estableciendo acuerdos preelectorales con formaciones diminutas para que nos den un apellido local; de no poder llegar a acuerdos con el PSOE por la obsesión por el programa, cediendo incluso poder al PP, nuestro mayor error, hemos derivado a establecer acuerdos de gobierno con la democracia cristiana vasca (entendibles en 2000 por la ofensiva del PP pero no hoy) o, incluso, con formaciones que apoyan el terrorismo. No creo que casi un millón de votos sea un mal resultado. Tenemos un millón de personas que nos lo han aguantado casi todo. ¿Qué más les podemos pedir?

La conspiración tiene dos vertientes: el voto útil y el sistema electoral. La segunda parte no tiene más recorrido porque lleva siendo el mismo desde 1977. Es injusto y, sin tocar la constitución que exige proporcionalidad y circunscripción provincial, podrí­a haber otros que incorporen un colegio nacional de restos pero son las reglas que ha habido en los últimos 31 años. Si ahora son una soga es porque nosotros nos la hemos puesto en el cuello. En su momento, cuando contábamos con 17 o 21 diputados, no dimos la batalla del sistema electoral; hacerlo ahora es evitar el problema. Tampoco puede echarse la culpa al voto útil. Hemos perdido los dos escaños en circunscripciones, Madrid y Valencia, en las que también ha bajado el PSOE. Y la única subida se registra en Baleares, donde también lo hace el PSOE. El voto útil es un factor pero sólo es uno más en una lista que nos debe llevar a una autocrí­tica razonable que termine en una definición clara de qué tipo de organización queremos para defender qué polí­ticas.

El dí­a de las elecciones, el coordinador indicó que estaba convencido de la existencia de un espacio a la izquierda del PSOE, un espacio para el pacifismo, el ecologismo y el feminismo. De una cosa no viene la otra y los tres ismos propuestos son tan lí­quidos que, en una situación de polarización, se van de las manos como la arena. Pero podrí­a ser una apuesta. El coordinador dice ”un espacio a la izquierda del PSOE”. ¿Cómo podemos competir en pacifismo con el partido que sacó las tropas de Irak?, ¿cómo podemos competir en derechos sociales con el partido del matrimonio gay?, ¿cómo podemos competir en feminismo con el partido de la Ley de Igualdad?, ¿cómo podemos competir en ecologismo con el partido de Narbona, atacada dí­as antes de las elecciones por los cazadores y jurado de los concursos de El Refugio? Claro que se puede pero requiere no sólo decir que se apuesta por esos ismos, sino lanzar mensajes concretos y no dar bandazos. No podemos decir que apostamos por el ecologismo y mantener una polí­tica dubitativa sobre, por ejemplo, los toros, donde se cruzan mensajes de prohibición y de defensa. Es muy posible que incorporar al programa la abolición nos cueste mucho poder territorial de un golpe o que borrarnos del debate nos cueste el exí­guo apoyo verde con el que contamos pero seguir en un terreno de nadie nos irá costando pequeñas sangrí­as. Quizá bastarí­a con hacer de nuestras ciudades un ejemplo de la gestión de los Centros de Acogida (como Rivas) pero algo hay que hacer, no basta con decirlo. También sucede lo mismo en cuestiones más delicadas sobre las que no hemos sabido articular un mensaje claro y hemos perdido la batalla (como el resto de la izquierda) del marco mental: la seguridad o la inmigración. Si no damos argumentos y sólo aportamos lugares comunes, el miedo seguirá avanzando.

Antonio Romero, del PCA, posible futura dirección, señaló que tení­amos que apostar por ser una fuerza anticapitalista, republicana y federal. El primer concepto es absurdo. Ser anticapitalista, como ser antiglobalización, es como ser geocentrista. El capitalismo y su derivada, la globalización, son realidades que ni podemos destruir ni podemos jugar a que no existen. No podemos dirigirnos, más allá de la retórica, a campesinos y obreros, como sostienen los compañeros del PCA. Desde hace algunas décadas, ya no estamos en una sociedad de producción, sino de consumo, por lo que el concepto de clase ya no existe; no porque no haya una división económica de las sociedad, sino porque los miembros de esa sociedad no tienen conciencia de pertenecer a un grupo concreto. La clase baja (trabajadora-consumidora) es capaz de disponer, mediante los sistemas de créditos y bajo coste, de un nivel de consumo (electrónico, automóvil, ocio) similar al de la clase media (trabajadora-consumidora) o alta (trabajadora-consumidora). Hay compañeros que repiten mapas geográficos y sectoriales para definir los posibles electores y, por ejemplo, suponen que los trabajadores del sector de los oficios de la construcción son un nicho cuando el el boom del ladrillo ha elevado los ingresos del sector proporcionando a esos trabajadores un nivel de consumo elevado, también en los servicios (educación, seguridad o sanidad), donde siempre apuestan por el sector privado.

¿Hay esperanza? Claro pero no podemos seguir jugando a que la realidad no existe o que la gente no es lo que es, ni seguir dando bandazos para tratar de, algun día, componer la canción del verano que nos dé un éxito fulminante.

Ya no estamos en una sociedad de producción donde las clases estaban definidas según su situación en la cadena. Hemos evolucionado, desde el fin de los bloques, a una sociedad de consumo profundamente individualista porque el ciclo nace con una idea que tiene una persona y muere con la compra que realiza otra persona. En medio, sólo hay más personas. Podemos seguir pensando que hay gigantescas corporaciones impersonales con un poder omní­modo (bastarí­a decir P2P) pero precisamente son éstas las que están profundizando en la individualización de sus trabajadores. Es una sociedad en la que ya no hay cosmogoní­as, ni ideologí­as, ni religiones que proporcionen una explicación global a un grupo numeroso. Cada persona toma lo que quiere de cada sitio en cada momento. Ya no existe un ciclo de la vida, sino un Proyecto Individual Inmediato que pasa, ay, por el consumo o la globalización, nuestros grandes enemigos. Los problemas del PII despiertan frustraciones y requieren soluciones individuales e inmediatas. El PP ha lanzado un mensaje de miedo a toda la gente que cree que la desaceleración económica (y la inmigración) iba a cuestionar su PII y el PSOE ha optado por lanzar un mensaje de tranquilidad acompañado por cheques que reactivan el PII, comprar un piso, hacer un viaje, ir a un concierto o apuntarse a un curso de reiki. ¿Y nosotros? Lugares comunes. No a la precariedad, sí­ a la vivienda pública. ¿Qué quiere decir exactamente?

Los trabajadores ya no son una clase social homogénea destinada a culminar el proceso histórico, sino un grupo heterogéneo que busca cosas concretas e inmediatas. No se trata de abandonar el marxismo; justo lo contrario. Recuperarlo y usar las herramientas del materialismo histórico para analizar el mundo que nos rodea. Creo que el futuro de la izquierda pasa por tres polí­ticas: servicios públicos, infraestructuras de calidad y cohesión social. Pero lo anterior tiene que concretarse, y más en una campaña, en propuestas concretas. Cifras, creaciones, anuncios. Soy consciente de que dentro de la organización hay un gran rechazo a entrar en el circo electoral; creo que el circo es inevitable y lo más importante es no acabar haciendo el payaso. No sé cuál es la solución. IU ha (hemos) hecho la mejor campaña que recuerdo. Por primera vez, el lema elegido no pedí­a perdón por existir (ahí­ está, es necesario, es posible) y sustituí­a la grave seriedad por el humor, aunque con el problema de no hacer propuestas concretas. No sé cuál es la solución. Si esto se va a dividir entre dos trasuntos de republicanos y demócratas, podrí­amos ocupar el lugar que en EEUU tiene Ralph Nader como defensor de los consumidores. No sé cuál es la solución. Si intensificar el verde y violeta o recuperar el rojo.

Lo que tengo claro es que, como nos sigamos matando (polí­ticamente, claro), vamos a acabar todos muertos. Los esquizofrénicos suicidarán y los paranoicos matarán a los que no quieran seguirlos. Feliz torrija a todos.

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